Cuando Julio Llamazares era joven, escuchaba de pasada las historias que le contaba su padre sobre sus vivencias en las importantes batallas de la Guerra Civil. A esa edad, no nos interesa demasiado lo que nos cuentan en casa, y nos arrepentimos cuando los nuestros ya no están. El escritor leonés ha tratado de reconstruir el viaje que realizó su padre desde su pueblo en Castilla hasta la costa del Levante pasando por Teruel. Pensando en su progenitor y en sus compañeros, Llamazares ofrece un homenaje a esos jóvenes que lucharon en las trincheras, a los que volvieron y sobre todo a los que no lo hicieron.
PREGUNTA: No existe mejor resumen para el libro que su título: "El viaje de mi padre"
RESPUESTA: Cuenta exactamente lo que dice. Mi padre apenas viajó en su vida. Fue un maestro de escuela que siempre dio clases en pueblos de la montaña de León, pero cuando tenía 18 años hizo un viaje que le marcó de por vida: el que hizo para ir a la guerra. Le llevó desde su aldea en la montaña hasta Castellón, y por el camino le tocó vivir algunas de las principales batallas como la de Teruel o la de Levante. Lo que yo hago en este libro es replicar o repetir el viaje que hizo mi padre, del cual no hablaba demasiado y yo le escuchaba menos aún. Este es un viaje en la geografía y en el tiempo, al presente y al pasado, al exterior y al interior.
P: Su padre fue alistado como radiotelegrafista, ¿en qué consistía exactamente su labor?
R: Mi padre se apuntó voluntario precisamente para elegir destino. La mayoría de jóvenes eran carne de cañón y los dirigían directos a la infantería, que era mucho más peligroso. En ese sentido, fue muy inteligente. Los radiotelegrafistas eran los encargados de portar un aparato pesadísimo con el que realizaban comunicaciones a través de morse y señales. Mi padre, junto a un amigo suyo, era el que establecía la comunicación entre los jefes militares.
P: ¿Cómo resumiría la vida en las trincheras de la Guerra Vivil?
R: En una palabra, terrible. Cuando hablamos de la guerra y hablamos de los combates en las trincheras, no nos ponemos en el lugar real de lo que fue aquello. En Teruel había -20Cº, estaban mojados y había una ventisca de nieve impresionante. En la Batalla de Teruel, casi un tercio de las 40.000 personas murieron por congelación. En cambio, en la Sierra de Espadán, en la zona de Castellón y Valencia, fue al revés, porque había 40 grados en pleno mes de julio. Es inimaginable.
P: En la Batalla de Teruel, lucharon 200.000 combatientes para ocupar una ciudad de apenas 13.000 habitantes, ¿qué particularidades tuvo esta batalla?
R: La Batalla de Teruel fue la más cruel de la Guerra Civil. Murió muchísima gente y la mayoría eran jóvenes. A medida que morían soldados, se llamaban a edades más tempranas. La Batalla de Teruel no tenía un gran sentido militar, era más bien propagandístico. Cuando cayó el frente norte, Franco ya no tenía ningún enemigo en la retaguardia, así que empezó a concentrar todas sus tropas en torno a Madrid para tomar la capital. El jefe del ejército republicano, lanzó un ataque sobre Teruel, que era una ciudad sin ninguna importancia estratégica, pero sí propagandística, porque era capital de provincia, era muy pequeña y estaba muy desguarnecida. La idea de tomar Teruel era, por un lado, lanzar al mundo un mensaje de que el ejército republicano había conquistado una capital de provincia, y por otro lado, dar un golpe de moral a los propios soldados republicanos. Pero había otro objetivo: desviar la atención de Franco de Madrid. Y así ocurrió.
P: Hace poco estuvo donde se desarrolló esta batalla, ¿qué sintió al estar allí?
R: Un poco de todo. Primero mucha emoción, porque visitar lugares de los que oía hablar a mi padre y pisar una zona que forma parte de tu mitología familiar, pues siempre te remueve. Pero también muchos sentimientos cruzados. Por un lado por ver el cambio que se ha producido en el país en estos años, pero también por la constatación de lo absurda que es una guerra. Piensas en los jóvenes que murieron ahí de forma absurda y es imposible que la cabeza no empiece a dar vueltas.
P: ¿Se ha arrepentido alguna vez de no escuchar más a su padre cuando le contaba estas historias?
R: Yo creo que todos hacemos lo mismo, no solo sobre la guerra, sobre todo. Tarde o temprano nos arrepentimos de no haber escuchado más, sobre todo cuando ya no están. Pero como dice el lenguaje coloquial, es ley de vida. Cuando eres joven, te interesa lo que te cuentan tus amigos. Lo que narran tus padres y abuelos te parece algo que no tiene nada que ver contigo y con el tiempo te das cuenta de que no es así.
P: Las historias de la Guerra Civil hay que contarlas por duras que sean.
R: Sin duda. Uno no puede vivir con normalidad si tiene muchos secretos o desvanes cerrados con llave en sus memorias. Para normalizar el pasado, hay que convertirlo en historia, pero para convertirlo en historia, hay que conocerlo. Pasa con la historia de un país y con la historia de una familia. En todas las familias hay secretos, cuando estos dejan de serlo la vida es más normal.
P: Miles de personas continúan en cunetas sin haber sido identificadas y enterradas dignamente por sus familiares. ¿España puede pasar página sin ese proceso?
R: La Guerra Civil española terminará definitivamente el día que se saque al último muerto de la cuneta. Si te fijas con la guerra en Gaza, los israelíes están pidiendo la devolución de los restos de los rehenes muertos. Si se les deja abandonados, ahí hay una especie de vida que va a seguir sangrando por tiempo. En España se han hecho cosas muy bien en la Transición. Se hizo lo que había que hacer en un momento que existía un riesgo de involución, pero creo que 50 años después de la inauguración de la democracia, no tiene ningún sentido que siga habiendo más de 100.000 cadáveres fuera de los cementerios.
P: ¿Se pueden curar las heridas de la Guerra Civil?
R: Todas las heridas se pueden curar. Pero se curan más rápido si se conocen y se limpian. Si se tapan como se ha hecho durante mucho tiempo en España, no acaban de cicatrizar nunca, porque aunque estén tapadas, siguen ahí.



