Hemos decidido seleccionar nueve etapas para apreciar lo mejor del conjunto del macizo, aprovechando además la buena red de refugios guardados que permiten que cada uno pueda diseñarse el viaje a su gusto, de manera que con un entrenamiento previo normal, es posible establecer etapas en las que, en promedio, caminaremos unas seis horas diarias. Llevamos una mochila ligera y como estamos en pleno verano, unos bastones de marcha, ya que la escasez de nieve hace que no requiramos de piolet.
Empezamos la travesía en el valle de Chamonix, en el pueblo de Les Houches (1.008 metros). Chamonix ha sido conocido desde hace décadas como la meca del alpinismo. La vista del Mont Blanc, asomando más de 3.500 metros por encima de nuestras cabezas, es de las que no se olvidan nunca, con glaciares como el del Bossons que descienden en una espectacular cascada de hielo hasta los 1.500 metros de altura. El valle ha tenido un crecimiento económico tremendo, donde las actividades tradicionales han dejado su lugar al turismo, que durante todo el año atrae a miles y miles de personas, para la práctica de todas las actividades deportivas que giran en torno a la montaña y el esquí, o simplemente para el descanso.
El número de remontes mecánicos, no sólo aquí en Chamonix, sino en todo el trayecto, es muy elevado, contando incluso con un teleférico que, atravesando el corazón de todo el macizo y pasando por la Aiguille du Midi a 3800 metros, conecta Francia con Italia. Esta concentración ha llevado a las poblaciones locales y a sus autoridades a plantearse la necesidad de una regulación que permita poner un cierto límite a este modelo de desarrollo, a veces poco respetuoso con el paisaje.
Si las consecuencias hasta ahora no han sido peores es por la enorme magnitud física del espacio que estamos considerando, y por las dificultades orográficas de este singular terreno de los Alpes. No obstante, ya en 1989, las autoridades de las tres regiones vinculadas al Mont Blanc, el Valais (Suiza), Alta Savoya (Francia) y Val d’Aosta (Italia) configuraron el llamado “Espacio Mont Blanc”. Ha sido una decisión brillante para hacer realidad lo que llamamos desarrollo sostenible.
Grupos de trabajo transnacionales reflexionan sobre transportes, turismo sostenible, agricultura y protección del medio. Los grupos redactores del documento que recoge los objetivos del Espacio lo han explicitado claramente: “El macizo del Mont Blanc es, sin duda alguna, un espacio natural excepcional que debe ser objeto de la atención más vigilante. ¡Pero, el macizo del Mont Blanc, no es solamente un paisaje! Es un medio vivo, en evolución, que sus habitantes respetan, mantienen y gestionan desde generaciones atrás. Mujeres y hombres, pertenecientes a tres naciones diferentes, somos la primera riqueza de un territorio en el que nos hemos comprometido a una reflexión común. Somos nosotros, que vivimos por elección y por gusto en este medio excepcional, los que debemos afrontar un desafío: mostrar al mundo entero que somos capaces de respetarlo y hacerlo vivir...”
En Les Houches tomamos el teleférico que nos sube hasta Bellevue (1.781 metros). Comenzamos a caminar hacia el vecino col de Tricot (2.120 metros) con un panorama excepcional del glaciar de Bionnassay y de la cara norte de las Dômes de Miage. Descendemos hasta el santuario de Notre Dame de la Gorge, lugar de peregrinaje muy frecuente, por donde pasa una antigua vía romana. La seguimos a lo largo de la orilla de una encajonada garganta. Tras siete horas de marcha llegamos al refugio de la Balme (1.706 metros), emplazado en un paisaje que nos evoca a muchos lugares de nuestro Pirineo.
La siguiente jornada es muy cómoda y agradable. Atravesaremos tres collados: Bonhomme, Croix de Bonhomme y Fours. Desde este último ascendemos a la vecina cumbre de la Tête Nord de Fours (2.756 metros), un excelente mirador sobre los glaciares de la Aiguille des Glaciers. El descenso hasta el refugio de Mottets (1.900 metros) es una sucesión de verdes valles rebosantes de flores multicolores. Cansados, hacemos unos ejercicios de estiramiento y relajación con la ayuda de una compañera fisioterapeuta que viene en el grupo, mientras empezamos a ser conscientes de que el TMB ya nos está revelando su magnificencia, la misma que justifica su prestigio.
UNA VISIÓN INDESCRIPTIBLE
La tercera etapa es, sin duda alguna, de las mejores de toda la vuelta al Mont Blanc. Es larga y dura pero las vistas de la vertiente sur del macizo, con sus grandes glaciares y agujas, es indescriptible. Tenemos la suerte de disfrutar de un día soleado y fresco, que hace más llevadera la aventura. Desde el col de la Seigne (2.516 metros), en la frontera franco-italiana, la vista del Mont Blanc es magnífica. En el descenso pasamos junto a los glaciares de la Lée Blanche y de Miage, donde también apreciamos el “trabajo” que la regresión glaciar y el cambio climático están llevando a cabo.
Destacan soberbios los pilares graníticos de la arista de Peuterey, una de las más difíciles y complejas de los Alpes. Nueva subida hasta el col de Chécroui (1.956 metros) donde nos aguarda un refugio, ubicado en un idílico lugar, de ésos en los que no te importaría quedarte varios días, absortos ante la fuerza incontenible del gran glaciar de la Brenva que, frente a nosotros, se descuelga hacia el Val Veni. Saboreamos aquí el placer de la tertulia con los amigos, alrededor de unos genuinos espaguetis, insuperables, de los que te hacen admirar en su terreno a la cocina italiana. Ha sido un día repleto de emociones y sensaciones, de los que te hacen amar aún más la montaña, llenos de la grandiosidad y complejidad de esta cumbre incomparable que es el Mont Blanc. Algo de todo esto –pienso entonces- es también la felicidad, y se aprende que el esfuerzo y la voluntad de superar las dificultades van aparejados de compensaciones indudables.
El nuevo día se presenta tranquilo. Un descenso entre el bosque nos lleva a la localidad de Courmayeur, una estación de montaña de verano e invierno en el valle de Aosta. En su tiempo fue una importante ciudad en la época romana, junto a la vía “alpis graia” que llevaba al col del Petit Saint Bernard. Aquí descansamos unas horas perdiéndonos entre el bullicio de sus calles, antes de tomar un autobús que en veinte minutos nos acerca hasta Arnuva. Proseguimos, caminando de nuevo, hasta el refugio Elena (2.062 metros) por una agradable subida de algo menos de una hora. Se trata de un excelente refugio de construcción reciente, con muy buenos servicios, y una espléndida terraza, desde la que se contempla una vista muy hermosa del vecino glaciar de Pré de Bar y del Mont Dolent, que con sus 3.819 metros de altura es el vértice geográfico en el que convergen las fronteras de Francia, Suiza e Italia.
SINFONÍA DE CUMBRES Y BELLEZA AGRESTE
Nos levantamos muy temprano para iniciar un largo ascenso hasta el Gran Col de Ferret en el límite italo-suizo, desde donde coronamos la vecina cumbre de la Tête de Ferret (2.714 metros), con una extensa panorámica de esta vertiente del macizo del Mont Blanc, muy agreste y bella. La niebla que cubría todo a primeras horas del día, se desgaja en jirones, desvelando la sinfonía de cumbres que nos rodean y haciéndolo todo aún más espectacular.
El descenso por el Val Ferret suizo es totalmente idílico. Nos encontramos caminando por esos paisajes que desde niños veíamos en las típicas postales y calendarios en los que se recogen imágenes de Suiza. Una armónica combinación del verde de prados y bosques, ocres de rocas y montañas, blancos de glaciares inmaculados, policromía de miles de flores por doquier, cascadas, riachuelos, coníferas, fresales silvestres, pueblecitos diseminados con sus casitas de madera y tejados de pizarra, perfectamente encajadas en el entorno, con pintorescas balconadas esculpidas artesanalmente y repletas de flores…
Todo invita al paseo relajado y a vivir una sensación de paz y tranquilidad. Esa sensación que experimentamos mientras tomamos un café en la terraza de un chalet-bar en la aldea de Ferret, agradecidos al destino que nos permite saborear estos momentos en los que vivir merece la pena, aquí en este rincón paradisíaco. Este valle es típicamente de configuración geológica de origen glaciar y lucen muy bellos bosques de abetos. Hacemos noche en el pueblo de La Fouly (1.610 metros).
Suiza es sin duda alguna el país más montañoso del mundo. Hace cien años estos valles alpinos estaban aislados y con graves problemas de desarrollo. Hoy el bienestar y la calidad de vida de estas gentes que los habitan es palpable. Junto al turismo perviven actividades económicas tradicionales como la agricultura y ganadería. Posiblemente esta situación es única en relación a lo que se vive en otros ecosistemas de montaña en la Tierra. Los grandes macizos montañosos especialmente los más altos y atractivos desde el punto de vista deportivo y paisajístico, Himalaya, Karakorum, Andes, Cáucaso, Africa ecuatorial, etcétera son también los más problemáticos desde el punto de vista socioeconómico, enclavados en países muy pobres y subdesarrollados, con graves dificultades, fruto de la explosión demográfica, del hambre y los conflictos bélicos de raíz religiosa o territorial. Por esta razón, la Organización de Naciones Unidas declaró el año 2002 como Año Internacional de las Montañas, con el objetivo de mostrar la importancia mundial que revisten los ecosistemas de montaña y los desafíos que enfrentan sus poblaciones, para concienciar a ciudadanos e instituciones, estimulando una acción a largo plazo para fomentar el desarrollo sostenible de estas áreas.
Por eso cuando recorremos lugares como Alpes o Pirineos, no podemos olvidar la realidad, la triste realidad que es el común denominador de la mayor parte de las áreas de montaña y no podemos olvidar tampoco el reto formidable al que tenemos que contribuir cada uno en la medida de nuestras posibilidades. Porque las montañas son esenciales para toda la vida en el planeta. Éstas albergan a una décima parte de la población mundial y son fuentes de biodiversidad, minerales y bosques. Éstas también constituyen una fuente esencial de agua dulce. Más de tres mil millones de personas dependen de las montañas para obtener el agua necesaria para producir alimentos, generar electricidad, sostener las industrias, y lo que es aún más importante, para mitigar la sed.
Las montañas son extremadamente ricas en recursos, pero son igualmente frágiles, mucho más vulnerables que la mayoría de los ambientes de las tierras bajas. En todo el mundo, muchos ecosistemas de montaña sufren prácticas agrícolas y forestales no sostenibles que, a menudo, son el resultado de la pobreza, la urbanización y del crecimiento de la población.
Buena parte de los ciudadanos que viven en las montañas figuran entre los más afectados por la pobreza y el hambre. Éstos enfrentan obstáculos enormes para lograr el desarrollo: terrenos accidentados, sistemas de transporte y de comunicación insuficientes, marginación política y acceso limitado a la educación y al capital. Sin embargo, obstáculos correlativos como los conflictos armados y el hambre, son hoy en día las principales barreras.
En 1999, 23 de los 27 principales conflictos armados existentes, se combatían en las regiones montañosas. Además, en la actualidad, buena parte de los casi 815 millones de personas subalimentadas en todo el mundo, viven en las zonas montañosas.
En el curso de la inauguración del Año Internacional de las Montañas, el director general de la FAO hizo un llamamiento a los países y a las agencias de las Naciones Unidas, a fin de que busquen la paz en las montañas, enfrentando las causas que originan los conflictos.
De ahí la importancia de esta conmemoración en el año 2002, ya que los países tienen el poder de formular leyes y políticas que garanticen el desarrollo sostenible de las zonas de montaña, con la plena participación de sus pobladores. Los habitantes de las montañas son los guardianes de los ecosistemas correspondientes y son ellos los directamente afectados por su destrucción. Su conocimiento, perspectivas y participación son vitales para el éxito de cualquier esfuerzo destinado a proteger el medio ambiente de las montañas y aliviar la pobreza.
DENSOS BOSQUES Y PRADOS ALPINOS
Una etapa de mucho calor nos traslada desde la Fouly hasta el apacible lago de Champex, a través de densos bosques y de prados alpinos. El entorno del lago es un museo vivo de toda clase de flores. Descansamos largo rato mientras contemplamos los macizos del Mont Combin y del Mont Velan. Por la tarde ascendemos hasta el refugio de Arpette (1.680 metros), a la entrada del agreste valle del mismo nombre.
La nueva jornada se desarrolla en un ambiente de alta montaña espectacular. Remontamos el valle, paulatinamente, en medio de un día gris, muy desapacible, con lluvia constante, hasta alcanzar la Fenêtre d’Arpette (2.665 metros), tras una última subida fuerte, entre grandes bloques de granito y neveros. La Fenêtre es un paso estrecho, muy impresionante, una brecha abierta en plena cresta que nos descubre al otro lado el atormentado glaciar de Trient.
El descenso sigue la traza de la gran lengua glaciar, con su caos de `seracs´ y grietas. La vista es siempre sobrecogedora y produce una fuerte impresión estar tan cerca de un gran glaciar como éste, un fenómeno natural singular y bello, que además es posible aquí apreciarlo cómodamente desde un bien trazado sendero a lo largo de toda la bajada. Escuchamos el ruido ensordecedor producido por el desplome de un gran `serac´ en la lengua terminal y llegamos a un refugio acogedor, empapados por la lluvia persistente, donde un reparador caldo bien caliente nos entona el cuerpo y nos permite recuperar bríos para proseguir hasta el pueblo de Trient (1.320 metros), donde pasaremos la noche.
Poco dura el sol luminoso que nos brinda la mañana siguiente camino del col de Balme (2.191 metros). La niebla nos envuelve en sus proximidades y nos priva del espectáculo de admirar de nuevo la vertiente norte del macizo del Mont Blanc, desde este amplio collado que sirve de frontera natural entre Suiza y Francia. En el vecino refugio nos acomodamos plácidamente, para combatir el frío del exterior y para esperar que la niebla se digne retirarse, dejando al descubierto el tesoro de belleza que oculta. Inútil anhelo. Un par de horas después, y ante las nulas perspectivas de mejoría, iniciamos el descenso hasta el pueblo de Tour (1.463 metros) en el valle de Chamonix, un lugar turístico de primer orden, tanto en verano como en invierno, dominado por los `seracs´ de la lengua terminal del glaciar de Tour. Aquí son frecuentes grandes nevadas invernales y avalanchas de nieve, una de las cuales, en 1999, arrasó varias casas y mató a una docena de personas. Continuamos unos treinta minutos hasta el próximo chalet refugio de Tré-le-Champ (1.417 metros).
LA MAJESTUOSIDAD DE LAS VISTAS
La última etapa nos reconcilia plenamente con el Mont Blanc, tras dos días de mal tiempo. Un día excepcionalmente claro y muy agradable nos llevará a recorrer en unas seis horas el llamado Balcón del Mont Blanc, uno de los más extraordinarios miradores naturales que pueden encontrarse en el mundo. Un excelente sendero, salva 600 metros de desnivel superando algunos pasos muy verticales y aéreos en la roca. Éstos están perfectamente equipados con sirgas y escaleras de acero, para remontarlos sin dificultad, hasta llegar a un punto a 2.132 metros , llamado la Tête aux Vents. Aquí empieza propiamente el Balcon. Las vistas son majestuosas. Imposible olvidar el conjunto de agujas, cumbres y glaciares: Aiguille d’Argentière, Aiguille Verte, Chardonnet, el Dru, la mer de Glace con las Grandes Jorases y sobre todo, la bellísima vertiente norte del Mont Blanc, y a sus pies, todo el valle de Chamonix. Este recorrido termina en Planpraz (2.000 metros), donde se encuentra la estación intermedia del teleférico que sube a Le Brévent. Lo tomamos para descender hasta Chamonix. Esta etapa es un broche magnífico, único, de todo el recorrido circular que hemos hecho en esta parte de los Alpes, donde la grandiosidad del espectáculo de las montañas se complementa con la variada biodiversidad de flora y fauna a lo largo de todo el itinerario.
La vuelta al Mont Blanc es uno de esos trekkings que siempre se está dispuesto a repetir, de ésos que dejan imborrables sensaciones en cada uno de nosotros, cientos de imágenes y momentos que bullen en nuestra mente, de ésos que al partir de regreso a casa dejan un poso de melancolía y de cierta tristeza. Y aunque el alma llore por alejarnos de la montaña, sabemos que, como en los grandes amores y pasiones indestructibles en la distancia, siempre estará allí, esperando nuestro regreso para acogernos cálidamente en la inmensidad de su belleza infinita.
Empezamos la travesía en el valle de Chamonix, en el pueblo de Les Houches (1.008 metros). Chamonix ha sido conocido desde hace décadas como la meca del alpinismo. La vista del Mont Blanc, asomando más de 3.500 metros por encima de nuestras cabezas, es de las que no se olvidan nunca, con glaciares como el del Bossons que descienden en una espectacular cascada de hielo hasta los 1.500 metros de altura. El valle ha tenido un crecimiento económico tremendo, donde las actividades tradicionales han dejado su lugar al turismo, que durante todo el año atrae a miles y miles de personas, para la práctica de todas las actividades deportivas que giran en torno a la montaña y el esquí, o simplemente para el descanso.
El número de remontes mecánicos, no sólo aquí en Chamonix, sino en todo el trayecto, es muy elevado, contando incluso con un teleférico que, atravesando el corazón de todo el macizo y pasando por la Aiguille du Midi a 3800 metros, conecta Francia con Italia. Esta concentración ha llevado a las poblaciones locales y a sus autoridades a plantearse la necesidad de una regulación que permita poner un cierto límite a este modelo de desarrollo, a veces poco respetuoso con el paisaje.
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Hacia el gran col de Ferret |
Grupos de trabajo transnacionales reflexionan sobre transportes, turismo sostenible, agricultura y protección del medio. Los grupos redactores del documento que recoge los objetivos del Espacio lo han explicitado claramente: “El macizo del Mont Blanc es, sin duda alguna, un espacio natural excepcional que debe ser objeto de la atención más vigilante. ¡Pero, el macizo del Mont Blanc, no es solamente un paisaje! Es un medio vivo, en evolución, que sus habitantes respetan, mantienen y gestionan desde generaciones atrás. Mujeres y hombres, pertenecientes a tres naciones diferentes, somos la primera riqueza de un territorio en el que nos hemos comprometido a una reflexión común. Somos nosotros, que vivimos por elección y por gusto en este medio excepcional, los que debemos afrontar un desafío: mostrar al mundo entero que somos capaces de respetarlo y hacerlo vivir...”
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La Fouly |
La siguiente jornada es muy cómoda y agradable. Atravesaremos tres collados: Bonhomme, Croix de Bonhomme y Fours. Desde este último ascendemos a la vecina cumbre de la Tête Nord de Fours (2.756 metros), un excelente mirador sobre los glaciares de la Aiguille des Glaciers. El descenso hasta el refugio de Mottets (1.900 metros) es una sucesión de verdes valles rebosantes de flores multicolores. Cansados, hacemos unos ejercicios de estiramiento y relajación con la ayuda de una compañera fisioterapeuta que viene en el grupo, mientras empezamos a ser conscientes de que el TMB ya nos está revelando su magnificencia, la misma que justifica su prestigio.
UNA VISIÓN INDESCRIPTIBLE
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Glaciar de Trient |
Destacan soberbios los pilares graníticos de la arista de Peuterey, una de las más difíciles y complejas de los Alpes. Nueva subida hasta el col de Chécroui (1.956 metros) donde nos aguarda un refugio, ubicado en un idílico lugar, de ésos en los que no te importaría quedarte varios días, absortos ante la fuerza incontenible del gran glaciar de la Brenva que, frente a nosotros, se descuelga hacia el Val Veni. Saboreamos aquí el placer de la tertulia con los amigos, alrededor de unos genuinos espaguetis, insuperables, de los que te hacen admirar en su terreno a la cocina italiana. Ha sido un día repleto de emociones y sensaciones, de los que te hacen amar aún más la montaña, llenos de la grandiosidad y complejidad de esta cumbre incomparable que es el Mont Blanc. Algo de todo esto –pienso entonces- es también la felicidad, y se aprende que el esfuerzo y la voluntad de superar las dificultades van aparejados de compensaciones indudables.
El nuevo día se presenta tranquilo. Un descenso entre el bosque nos lleva a la localidad de Courmayeur, una estación de montaña de verano e invierno en el valle de Aosta. En su tiempo fue una importante ciudad en la época romana, junto a la vía “alpis graia” que llevaba al col del Petit Saint Bernard. Aquí descansamos unas horas perdiéndonos entre el bullicio de sus calles, antes de tomar un autobús que en veinte minutos nos acerca hasta Arnuva. Proseguimos, caminando de nuevo, hasta el refugio Elena (2.062 metros) por una agradable subida de algo menos de una hora. Se trata de un excelente refugio de construcción reciente, con muy buenos servicios, y una espléndida terraza, desde la que se contempla una vista muy hermosa del vecino glaciar de Pré de Bar y del Mont Dolent, que con sus 3.819 metros de altura es el vértice geográfico en el que convergen las fronteras de Francia, Suiza e Italia.
SINFONÍA DE CUMBRES Y BELLEZA AGRESTE
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Trient |
El descenso por el Val Ferret suizo es totalmente idílico. Nos encontramos caminando por esos paisajes que desde niños veíamos en las típicas postales y calendarios en los que se recogen imágenes de Suiza. Una armónica combinación del verde de prados y bosques, ocres de rocas y montañas, blancos de glaciares inmaculados, policromía de miles de flores por doquier, cascadas, riachuelos, coníferas, fresales silvestres, pueblecitos diseminados con sus casitas de madera y tejados de pizarra, perfectamente encajadas en el entorno, con pintorescas balconadas esculpidas artesanalmente y repletas de flores…
Todo invita al paseo relajado y a vivir una sensación de paz y tranquilidad. Esa sensación que experimentamos mientras tomamos un café en la terraza de un chalet-bar en la aldea de Ferret, agradecidos al destino que nos permite saborear estos momentos en los que vivir merece la pena, aquí en este rincón paradisíaco. Este valle es típicamente de configuración geológica de origen glaciar y lucen muy bellos bosques de abetos. Hacemos noche en el pueblo de La Fouly (1.610 metros).
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Aiguille d´ Argentière |
Por eso cuando recorremos lugares como Alpes o Pirineos, no podemos olvidar la realidad, la triste realidad que es el común denominador de la mayor parte de las áreas de montaña y no podemos olvidar tampoco el reto formidable al que tenemos que contribuir cada uno en la medida de nuestras posibilidades. Porque las montañas son esenciales para toda la vida en el planeta. Éstas albergan a una décima parte de la población mundial y son fuentes de biodiversidad, minerales y bosques. Éstas también constituyen una fuente esencial de agua dulce. Más de tres mil millones de personas dependen de las montañas para obtener el agua necesaria para producir alimentos, generar electricidad, sostener las industrias, y lo que es aún más importante, para mitigar la sed.
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Aiguille Verte |
Buena parte de los ciudadanos que viven en las montañas figuran entre los más afectados por la pobreza y el hambre. Éstos enfrentan obstáculos enormes para lograr el desarrollo: terrenos accidentados, sistemas de transporte y de comunicación insuficientes, marginación política y acceso limitado a la educación y al capital. Sin embargo, obstáculos correlativos como los conflictos armados y el hambre, son hoy en día las principales barreras.
En 1999, 23 de los 27 principales conflictos armados existentes, se combatían en las regiones montañosas. Además, en la actualidad, buena parte de los casi 815 millones de personas subalimentadas en todo el mundo, viven en las zonas montañosas.
En el curso de la inauguración del Año Internacional de las Montañas, el director general de la FAO hizo un llamamiento a los países y a las agencias de las Naciones Unidas, a fin de que busquen la paz en las montañas, enfrentando las causas que originan los conflictos.
De ahí la importancia de esta conmemoración en el año 2002, ya que los países tienen el poder de formular leyes y políticas que garanticen el desarrollo sostenible de las zonas de montaña, con la plena participación de sus pobladores. Los habitantes de las montañas son los guardianes de los ecosistemas correspondientes y son ellos los directamente afectados por su destrucción. Su conocimiento, perspectivas y participación son vitales para el éxito de cualquier esfuerzo destinado a proteger el medio ambiente de las montañas y aliviar la pobreza.
DENSOS BOSQUES Y PRADOS ALPINOS
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La Mer de Glace |
La nueva jornada se desarrolla en un ambiente de alta montaña espectacular. Remontamos el valle, paulatinamente, en medio de un día gris, muy desapacible, con lluvia constante, hasta alcanzar la Fenêtre d’Arpette (2.665 metros), tras una última subida fuerte, entre grandes bloques de granito y neveros. La Fenêtre es un paso estrecho, muy impresionante, una brecha abierta en plena cresta que nos descubre al otro lado el atormentado glaciar de Trient.
El descenso sigue la traza de la gran lengua glaciar, con su caos de `seracs´ y grietas. La vista es siempre sobrecogedora y produce una fuerte impresión estar tan cerca de un gran glaciar como éste, un fenómeno natural singular y bello, que además es posible aquí apreciarlo cómodamente desde un bien trazado sendero a lo largo de toda la bajada. Escuchamos el ruido ensordecedor producido por el desplome de un gran `serac´ en la lengua terminal y llegamos a un refugio acogedor, empapados por la lluvia persistente, donde un reparador caldo bien caliente nos entona el cuerpo y nos permite recuperar bríos para proseguir hasta el pueblo de Trient (1.320 metros), donde pasaremos la noche.
Poco dura el sol luminoso que nos brinda la mañana siguiente camino del col de Balme (2.191 metros). La niebla nos envuelve en sus proximidades y nos priva del espectáculo de admirar de nuevo la vertiente norte del macizo del Mont Blanc, desde este amplio collado que sirve de frontera natural entre Suiza y Francia. En el vecino refugio nos acomodamos plácidamente, para combatir el frío del exterior y para esperar que la niebla se digne retirarse, dejando al descubierto el tesoro de belleza que oculta. Inútil anhelo. Un par de horas después, y ante las nulas perspectivas de mejoría, iniciamos el descenso hasta el pueblo de Tour (1.463 metros) en el valle de Chamonix, un lugar turístico de primer orden, tanto en verano como en invierno, dominado por los `seracs´ de la lengua terminal del glaciar de Tour. Aquí son frecuentes grandes nevadas invernales y avalanchas de nieve, una de las cuales, en 1999, arrasó varias casas y mató a una docena de personas. Continuamos unos treinta minutos hasta el próximo chalet refugio de Tré-le-Champ (1.417 metros).
LA MAJESTUOSIDAD DE LAS VISTAS
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Vertiente norte del Mont Blanc |
La vuelta al Mont Blanc es uno de esos trekkings que siempre se está dispuesto a repetir, de ésos que dejan imborrables sensaciones en cada uno de nosotros, cientos de imágenes y momentos que bullen en nuestra mente, de ésos que al partir de regreso a casa dejan un poso de melancolía y de cierta tristeza. Y aunque el alma llore por alejarnos de la montaña, sabemos que, como en los grandes amores y pasiones indestructibles en la distancia, siempre estará allí, esperando nuestro regreso para acogernos cálidamente en la inmensidad de su belleza infinita.