Hemos dejado nuestros vehículos un poco más arriba de la villa de Benasque, cerca del llamado Puente de San Jaime, en una zona de aparcamiento junto a unos barracones, a unos 1.300 metros. Nos hemos reunido un grupo de viejos amigos que, como cada principio de verano en los últimos años, nos citamos para hacer alguno de los picos de tresmil metros de esta zona del Pirineo aragonés: Modesto Pascau, gerente de Prames, Manuel Giménez Abad, Consejero de Presidencia del Gobierno de Aragón, que suele venir habitualmente con sus hijos y su hermano, Sebastián Esteban, director de la estación de esquí de Cerler, Gonzalo Albasini, buen amigo y antiguo presidente del Consejo de Protección de la Naturaleza, y Pepe Chaverri, excelente alpinista y mejor persona, sin olvidar otros amigos y familiares que se añaden cada año. Todo surgió unos años antes en una agradable sobremesa en el comedor de las Cortes de Aragón, cuando Manolo y yo mismo –a la sazón portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en el Parlamento autónomo- decidimos organizar una ascensión al Aneto, con los anteriormente citados. Aquella inolvidable salida montañera nos emplazó para repetirla en sucesivas temporadas.
En este principio de julio, todavía con abundante nieve en las alturas, recorremos una vez más el acogedor valle de Estós, entre abedules, abetos y hayas, para encontrarnos con Turmé y Joaquín, los guardas del refugio de Estós, que preparan la cena, mientras desde la terraza asistimos a una maravillosa puesta de sol sobre el macizo de los Vallibierna, que forman un magnífico telón de fondo hacia el este del valle.
Nos levantamos, de noche todavía, para empezar la larga travesía por un sendero que partiendo del mismo refugio nos lleva a cruzar el barranco de Perdiguero, ganando altura por su orilla izquierda, pasar junto a un pequeño ibón y alcanzar, tras fuerte subida, el collado de Ubago (2.703 metros). Mientras el sol domina ya el horizonte, los verdes multicolores de este hermoso verano componen una sinfonía dulce en los valles a nuestros pies, mientras emergen cumbres muy bellas como las tucas de Ixeia.
Una enorme manada de sarrios ha seguido nuestras evoluciones atentamente, observándonos desde las estribaciones de la vecina cumbre del Perdigueret. He contado no menos de veinte unidades, siempre con un gran ejemplar vigilante de nuestros movimientos. Nos encaramamos por la larga cresta que, en dirección noroeste, lleva hasta la cima de Perdiguero. Desde allí, un extenso panorama de cumbres, desde el Aneto y Posets, hasta las más próximas del Pico Royo, Crabioules y Malpás, con el pequeño glaciar de Literola a nuestros pies, en trance de desaparición a causa de la fuerte recesión geológica, y al norte, en la vertiente francesa, el lago del Portillo d’Oô.
Regresamos al collado. El descenso lo hacemos por el poco frecuentado, pero encantador, valle de Literola, rodeando los ibones del mismo nombre, todavía prácticamente helado el más alto de ellos; un valle donde se respira tranquilidad y una gran sensación de soledad, donde nos encontramos con abundantes marmotas y una hermosa perdiz nival que aún no ha mudado el ropaje de armiño del invierno.
Cansados, siguiendo el río Literola, llegamos al puente sobre la carretera (1.570 metros) que desde Benasque lleva a los Llanos del Hospital. Es el punto y final de nuestra travesía de este año. Todavía con tiempo suficiente nos reunimos en Benasque, en torno a unas cervezas, satisfechos de lo que una vez más, las montañas tan hermosas de estos lugares nos ha deparado, de los lazos de amistad renovados, y hacemos votos por nuevas aventuras en próximas temporadas.
Pero el destino puede ser muy cruel en ocasiones. Tremendamente cruel. Jamás pude imaginar que este punto y final era el definitivo para este grupo que compartíamos una noble afición. Un año después, Pepe Chaverri moría en la cara norte de las Grandes Jorasses, en el macizo del Mont Blanc, arrastrado por un gran desprendimiento de hielo y roca, cuando estaba a punto de culminar una gran ascensión de dificultad. Fue un mazazo. Pepe era una de esas personas generosas, entregadas a una pasión, por la que todo se da, a cambio de respirar la belleza y la armonía de la naturaleza. Uno de nuestros mejores escaladores jóvenes, apto para desenvolverse en todos los terrenos. Persona muy fuerte, de espíritu endurecido para afrontar la adversidad, y que tenía importantes proyectos para las grandes montañas del mundo.
La fatalidad absoluta, los elementos incontrolados, el caos, todo se conjugó y se conjuró para acabar con Pepe. Pero no para olvidarle. Su afán de superación queda flotando en el aire más puro de sus montañas y aprendemos la terrible lección de que, a veces, la muerte trágica es el destino de los más grandes. Cada vez que he vuelto a los bellos rincones benasqueses veo a Pepe Chaverri todavía al frente de nuestra cordada.
Puede que ese destino traidor no hubiera tenido bastante con el tributo de la vida de Pepe. Un domingo luminoso del mes de mayo de 2001, el día 6, una bala criminal y absurda segó la vida de otro de los compañeros de aquella travesía. Manuel Giménez Abad yacía sobre el asfalto de las calles zaragozanas, asesinado delante de su hijo Borja, quien siempre venía con nosotros a la montaña. Ese hermoso día de mayo, los campos repletos de flores y de vida, alguien quiso que la oscuridad del horror y el vacío borrara la primavera de la faz de la tierra.
Yo acababa de descender de una excursión al ibón de Catieras, en Panticosa. Acababa de deleitarme con la contemplación de ese conjunto hermoso y espectacular que es la Peña Telera. Regresaba en autobús a Zaragoza, con mis compañeros de Montañeros de Aragón, cuando la radio dio la brutal noticia. A palo seco la recibimos. Un silencio espeso llenó el aire. Recibo en mi teléfono móvil una llamada urgente de Lola Ester, subdirectora de El Periódico de Aragón, que sabedora de mi relación de amistad con Manolo, y de nuestras anuales salidas a la montaña, se atreve a pedirme, por la vía de urgencia, un escrito de homenaje. Estoy destrozado, desolado como pocas veces antes en mi vida. Apenas han pasado tres horas del nefando crimen y me siento ante el ordenador para dejar que, así en caliente, hable el corazón y el dolor se haga letra impresa. Estas son las palabras que, en medio de la rabia, puede escribir y que fueron publicadas, en el diario citado, a la mañana siguiente:
“Todos los crímenes de ETA son execrables. Pero algunos nos desgarran el alma, nos matan también a nosotros mismos, los que aquí quedamos, cuando la sangre derramada es la de un amigo. He compartido muchas cosas con Manolo, aunque fuéramos de diferentes formaciones políticas. El gusto por el debate sosegado, por la tertulia sobre los asuntos más variopintos. Nuestros contrapuestos puntos de vista nos enriquecían mutuamente.
Ambos habíamos ejercido la responsabilidad de Consejero de Presidencia y Relaciones Institucionales en el Gobierno de Aragón, y habíamos, en consecuencia, debatido en numerosas ocasiones en las Cortes de Aragón, siempre con el objetivo de que la discrepancia contribuyera a forjar posiciones políticas de interés general para nuestra tierra. Siempre reconocí en Manolo una rara virtud en los políticos y menos aún perceptible en el fragor del debate: nunca él tuvo ningún complejo en reconocer las aportaciones positivas de los que le precedieron sin ser de su misma adscripción ideológica.
Pero más allá de estas consideraciones compartíamos de forma muy especial la pasión y el amor por la montaña. Los últimos veranos hacíamos sistemáticamente una travesía por el Pirineo aragonés, ascendiendo a alguna cumbre de 3.000 metros, en compañía de amigos y familiares. Hoy precisamente, me encontraba en Panticosa, cuando el mazazo del asesinato de Manuel Giménez Abad ha llegado como la descarga seca e instantánea de un rayo inesperado.
De repente han pasado por mi mente como primeros recuerdos e imágenes los vividos en nuestras montañas y el día luminoso y espléndido de hoy con la nieve refulgente, súbitamente se ha transformado en el paisaje más lóbrego que sólo el gatillo insensato de los depravados ha sido capaz de crear. Y he vuelto fugazmente a recorrer con Manolo el glaciar que nos lleva a la cumbre del Aneto, he vuelto a cruzar con él los collados, a descansar junto a los ibones de un azul profundo, hemos vuelto a contemplar extasiados las evoluciones imprevisibles de una manada de sarrios, a disfrutar de la armonía de colores de las flores más bellas, y a apreciar la vida –el bien más preciado- compartiendo atardeceres inolvidables en la terraza de cualquier refugio de altura.
Hace escasos días en los pasillos de nuestro Parlamento regional hablábamos, como siempre, de travesías y montañas, y ante la proximidad del verano convinimos en preparar nuestra tradicional salida para este año. Barajamos la posibilidad de subir a Monte Perdido. A los pies esta tarde de Peña Telera todo se derrumba estrepitosamente y un alud de preguntas sin respuesta amenaza con sepultarme. ¿Cómo no va a ser ya posible volver juntos a nuestro Pirineo, ése que tú tanto amabas? ¿Quién y por qué se ha interpuesto en el camino? ¿Por qué los espíritus más sensibles son ahogados en sangre?
Manolo llevaba a la política el espíritu del montañero más puro. Entendía que la montaña era no sólo una actividad deportiva, sino también una filosofía de vida. Cualquier objetivo, cualquier meta requiere esfuerzo, trabajo, superación de las dificultades, y requiere sobre todo compañerismo, solidaridad con los que comparten el camino contigo. Creo que estos valores aprendidos en la montaña conformaban el talante abierto, tolerante y dialogante de Giménez Abad. Quizás por eso los fanáticos lo han matado.
Manolo, este verano vamos a volver al Pirineo. Tu recuerdo y tu compañía -aún invisible- estará con nosotros. Iremos juntos por valles, bosques y neveros y desde las cumbres mandaremos un mensaje de paz y esperanza para todos los ciudadanos de España que están dispuestos a luchar incansablemente por la libertad y por los valores democráticos en los que tú siempre creíste.
Por eso Manolo, me resisto a creer que hoy te han matado. Sigues aquí entre nosotros y por eso resuenan con fuerza en mi cabeza los versos de Pablo Neruda:
Creo
que no nos juntaremos en la altura.
Creo
que bajo la tierra nada nos espera,
pero sobre la tierra
vamos juntos.
Nuestra unidad está sobre la tierra.
Dos meses después, a principios del mes de julio, los amigos de siempre, los hijos de Manolo, su hermano Luis, sus sobrinos y otros compañeros que se añadieron para esta especial ocasión, volvimos al refugio de Estós y subimos a los picos de Clarabide, dos tresmiles no muy alejados del Perdiguero. Quisimos que los planes previstos para ese verano no fueran torcidos por la voluntad más desalmada. Y en la cumbre, todos juntos, creyentes y agnósticos, rezamos y pensamos en Manolo.
Viendo allí a sus dos hijos, en medio de las montañas que tanto amamos, supe que la vida continúa, y que el legado de los que luchan por las causas más nobles es lo que importa, que las generaciones que nos sucedan son las que deben seguir con el combate apasionado por la paz y la tolerancia y que la belleza siempre permanece en el corazón de los mejores.
En este principio de julio, todavía con abundante nieve en las alturas, recorremos una vez más el acogedor valle de Estós, entre abedules, abetos y hayas, para encontrarnos con Turmé y Joaquín, los guardas del refugio de Estós, que preparan la cena, mientras desde la terraza asistimos a una maravillosa puesta de sol sobre el macizo de los Vallibierna, que forman un magnífico telón de fondo hacia el este del valle.
|
Tucas de Ixeia |
Una enorme manada de sarrios ha seguido nuestras evoluciones atentamente, observándonos desde las estribaciones de la vecina cumbre del Perdigueret. He contado no menos de veinte unidades, siempre con un gran ejemplar vigilante de nuestros movimientos. Nos encaramamos por la larga cresta que, en dirección noroeste, lleva hasta la cima de Perdiguero. Desde allí, un extenso panorama de cumbres, desde el Aneto y Posets, hasta las más próximas del Pico Royo, Crabioules y Malpás, con el pequeño glaciar de Literola a nuestros pies, en trance de desaparición a causa de la fuerte recesión geológica, y al norte, en la vertiente francesa, el lago del Portillo d’Oô.
Regresamos al collado. El descenso lo hacemos por el poco frecuentado, pero encantador, valle de Literola, rodeando los ibones del mismo nombre, todavía prácticamente helado el más alto de ellos; un valle donde se respira tranquilidad y una gran sensación de soledad, donde nos encontramos con abundantes marmotas y una hermosa perdiz nival que aún no ha mudado el ropaje de armiño del invierno.
Cansados, siguiendo el río Literola, llegamos al puente sobre la carretera (1.570 metros) que desde Benasque lleva a los Llanos del Hospital. Es el punto y final de nuestra travesía de este año. Todavía con tiempo suficiente nos reunimos en Benasque, en torno a unas cervezas, satisfechos de lo que una vez más, las montañas tan hermosas de estos lugares nos ha deparado, de los lazos de amistad renovados, y hacemos votos por nuevas aventuras en próximas temporadas.
Pero el destino puede ser muy cruel en ocasiones. Tremendamente cruel. Jamás pude imaginar que este punto y final era el definitivo para este grupo que compartíamos una noble afición. Un año después, Pepe Chaverri moría en la cara norte de las Grandes Jorasses, en el macizo del Mont Blanc, arrastrado por un gran desprendimiento de hielo y roca, cuando estaba a punto de culminar una gran ascensión de dificultad. Fue un mazazo. Pepe era una de esas personas generosas, entregadas a una pasión, por la que todo se da, a cambio de respirar la belleza y la armonía de la naturaleza. Uno de nuestros mejores escaladores jóvenes, apto para desenvolverse en todos los terrenos. Persona muy fuerte, de espíritu endurecido para afrontar la adversidad, y que tenía importantes proyectos para las grandes montañas del mundo.
|
Lago del Portillon d´Oô |
Puede que ese destino traidor no hubiera tenido bastante con el tributo de la vida de Pepe. Un domingo luminoso del mes de mayo de 2001, el día 6, una bala criminal y absurda segó la vida de otro de los compañeros de aquella travesía. Manuel Giménez Abad yacía sobre el asfalto de las calles zaragozanas, asesinado delante de su hijo Borja, quien siempre venía con nosotros a la montaña. Ese hermoso día de mayo, los campos repletos de flores y de vida, alguien quiso que la oscuridad del horror y el vacío borrara la primavera de la faz de la tierra.
Yo acababa de descender de una excursión al ibón de Catieras, en Panticosa. Acababa de deleitarme con la contemplación de ese conjunto hermoso y espectacular que es la Peña Telera. Regresaba en autobús a Zaragoza, con mis compañeros de Montañeros de Aragón, cuando la radio dio la brutal noticia. A palo seco la recibimos. Un silencio espeso llenó el aire. Recibo en mi teléfono móvil una llamada urgente de Lola Ester, subdirectora de El Periódico de Aragón, que sabedora de mi relación de amistad con Manolo, y de nuestras anuales salidas a la montaña, se atreve a pedirme, por la vía de urgencia, un escrito de homenaje. Estoy destrozado, desolado como pocas veces antes en mi vida. Apenas han pasado tres horas del nefando crimen y me siento ante el ordenador para dejar que, así en caliente, hable el corazón y el dolor se haga letra impresa. Estas son las palabras que, en medio de la rabia, puede escribir y que fueron publicadas, en el diario citado, a la mañana siguiente:
“Todos los crímenes de ETA son execrables. Pero algunos nos desgarran el alma, nos matan también a nosotros mismos, los que aquí quedamos, cuando la sangre derramada es la de un amigo. He compartido muchas cosas con Manolo, aunque fuéramos de diferentes formaciones políticas. El gusto por el debate sosegado, por la tertulia sobre los asuntos más variopintos. Nuestros contrapuestos puntos de vista nos enriquecían mutuamente.
|
Glaciar de Literola |
Pero más allá de estas consideraciones compartíamos de forma muy especial la pasión y el amor por la montaña. Los últimos veranos hacíamos sistemáticamente una travesía por el Pirineo aragonés, ascendiendo a alguna cumbre de 3.000 metros, en compañía de amigos y familiares. Hoy precisamente, me encontraba en Panticosa, cuando el mazazo del asesinato de Manuel Giménez Abad ha llegado como la descarga seca e instantánea de un rayo inesperado.
De repente han pasado por mi mente como primeros recuerdos e imágenes los vividos en nuestras montañas y el día luminoso y espléndido de hoy con la nieve refulgente, súbitamente se ha transformado en el paisaje más lóbrego que sólo el gatillo insensato de los depravados ha sido capaz de crear. Y he vuelto fugazmente a recorrer con Manolo el glaciar que nos lleva a la cumbre del Aneto, he vuelto a cruzar con él los collados, a descansar junto a los ibones de un azul profundo, hemos vuelto a contemplar extasiados las evoluciones imprevisibles de una manada de sarrios, a disfrutar de la armonía de colores de las flores más bellas, y a apreciar la vida –el bien más preciado- compartiendo atardeceres inolvidables en la terraza de cualquier refugio de altura.
|
Vista desde la cumbre |
Manolo llevaba a la política el espíritu del montañero más puro. Entendía que la montaña era no sólo una actividad deportiva, sino también una filosofía de vida. Cualquier objetivo, cualquier meta requiere esfuerzo, trabajo, superación de las dificultades, y requiere sobre todo compañerismo, solidaridad con los que comparten el camino contigo. Creo que estos valores aprendidos en la montaña conformaban el talante abierto, tolerante y dialogante de Giménez Abad. Quizás por eso los fanáticos lo han matado.
Manolo, este verano vamos a volver al Pirineo. Tu recuerdo y tu compañía -aún invisible- estará con nosotros. Iremos juntos por valles, bosques y neveros y desde las cumbres mandaremos un mensaje de paz y esperanza para todos los ciudadanos de España que están dispuestos a luchar incansablemente por la libertad y por los valores democráticos en los que tú siempre creíste.
Por eso Manolo, me resisto a creer que hoy te han matado. Sigues aquí entre nosotros y por eso resuenan con fuerza en mi cabeza los versos de Pablo Neruda:
|
En Perdiguero, Giménez Abad (primero por la izquierda) y Chaverri (tercero por la derecha) |
que no nos juntaremos en la altura.
Creo
que bajo la tierra nada nos espera,
pero sobre la tierra
vamos juntos.
Nuestra unidad está sobre la tierra.
Dos meses después, a principios del mes de julio, los amigos de siempre, los hijos de Manolo, su hermano Luis, sus sobrinos y otros compañeros que se añadieron para esta especial ocasión, volvimos al refugio de Estós y subimos a los picos de Clarabide, dos tresmiles no muy alejados del Perdiguero. Quisimos que los planes previstos para ese verano no fueran torcidos por la voluntad más desalmada. Y en la cumbre, todos juntos, creyentes y agnósticos, rezamos y pensamos en Manolo.
Viendo allí a sus dos hijos, en medio de las montañas que tanto amamos, supe que la vida continúa, y que el legado de los que luchan por las causas más nobles es lo que importa, que las generaciones que nos sucedan son las que deben seguir con el combate apasionado por la paz y la tolerancia y que la belleza siempre permanece en el corazón de los mejores.