Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Parte diecinueve

En la última entrega de "La literatura en la música…", aparecida el día once de marzo, fue el poeta Friedrich Von Schiller quien protagonizó los comentarios de esta sección de Aragón Digital, y aunque aparecían los nombres de otros poetas y compositores, es obligado citar de nuevo a Beethoven, gran admirador de la obra de Schiller y sobre todo del poema que contiene la Oda a la Alegría, cuyo inicio dice así: "Oh amigos, cesad esos ásperos cantos / Entonemos otros más agradables y llenos de alegría”"; y "¡Abrazaos millones de seres! con este beso al mundo entero / Hermanos, sobre la bóveda estrellada / debe habitar un Padre amante."

En la última entrega de “La literatura en la música…”, aparecida el día once de marzo, fue el poeta Friedrich Von Schiller quien protagonizó los comentarios de esta sección de Aragón Digital, y aunque aparecían los nombres de otros poetas y compositores, es obligado citar de nuevo a Beethoven, gran admirador de la obra de Schiller y sobre todo del poema que contiene la Oda a la Alegría, cuyo inicio dice así: “Oh amigos, cesad esos ásperos cantos / Entonemos otros más agradables y llenos de alegría”; y “¡Abrazaos millones de seres! con este beso al mundo entero / Hermanos, sobre la bóveda estrellada / debe habitar un Padre amante.”

Wagner dijo que “esta sinfonía tiene que encerrar el secreto de los secretos”. No aclaró el autor de Parsifal en aquel momento a qué se refería exactamente, pero más adelante en el tiempo sí que se desvela el secreto: la Novena es un compendio de filosofía y espiritualidad, conteniendo un desafío a las formas establecidas, abriendo las puertas a los caminos de una nueva música. El relato de la elaboración hasta su conclusión de la 9ª Sinfonía en re menor Op. 125 de Ludwig van Beethoven, es extenso y complejo, como no puede ser de otro modo dado la magnitud de la obra. Desde 1792 el músico ya conocía la Oda a la Alegría de Schiller y había considerado la posibilidad de ponerle música; entre 1798 y 1799 anota, en un cuaderno de apuntes, los temas musicales de dos versos, añadiendo otro en 1804. El célebre tema del cuarto y último movimiento de la Sinfonía ya aparece en su Fantasía moral Op. 80 y en una canción escrita en 1810. Ocho años más tarde Beethoven escribe la Missasolemnis y varias sonatas para piano. Durante el verano de 1822 y concluida la misa, el músico quiso retomar la escritura para música sinfónica, sobre todo una Sinfonía alemana con coro y, posiblemente, variaciones,  pensando para su final en aquel poema de Schiller, la Oda a la Alegría: empezaba la gestación de la magnífica Novena Sinfonía. En junio del año siguiente el primer movimiento está finalizado, el segundo transcurre por muy buen camino y ya hay esbozos del tercero para, en octubre, decidir poner punto y final. Y al cabo de tantos años, uno de los temas que más la han inspirado vuelve a la memoria del músico; las grandes proporciones que la sinfonía iba adquiriendo parecían que eran las más idóneas para incluir los textos de Schiller.

Ahora el problema era cómo realizar el paso de la parte instrumental al final a cargo del coro y, una vez resuelto, encontrar el momento justo para incluir las voces solistas; la solución surgió de un modo tan natural como genial: Beethoven mantuvo algunos temas de los movimientos procedentes para derivar en un recitativo instrumental a cargo de los violoncellos y contrabajos, creando un pasaje musical desconocido hasta ese momento. Se trataba entonces de que la voz hiciese su entrada con las palabras más a propósito para enlazar con el poema de Schiller y diciendo “Nicht diese Töne” (“No estos sonidos”). La voz del barítono se propone así negar los tres tiempos anteriores, para después recrear el texto, ligeramente reordenado por el propio Beethoven, quien eliminó las referencias políticas y sociales. La 9ª Sinfonía se estrenó en Viena el 7 de mayo de 1824 con solo dos ensayos. El autor se colocó junto al director, de espaldas al público; al finalizar, no oyó los vítores y aplausos, y la contralto KarolineUnger lo tomó por los hombros, haciendo que se volviese y pudiera contemplar la reacción del público que mostraba su júbilo de manera tan desmedida que la policía tuvo que intervenir para aplacar los ánimos de los asistentes porque hubieron cinco salvas de aplausos, cuando el protocolo solo aprobaba tres estando presente la familia imperial, como era el caso.