Friedrich von Schiller nació diez años más tarde de que lo hiciera Johann von Goethe, con quien entabló una estrecha amistad a partir de 1788. Los dos autores desarrollaron sus trabajos literarios de una forma complementaria, con recíprocos estímulos y constructivas críticas que beneficiaron a ambos. Pero no adelantemos acontecimientos y comencemos por donde debe ser, por el principio. Schiller nació en Marbach am Neckar y era hijo de un oficial, lo que le llevó a entrar en la Academia Militar del Castillo Solitude, muy cerca de Stuttgart; un año después empezó a estudiar derecho para, más tarde formarse en medicina, doctorándose en 1780, pasando a ser médico militar, cargo que le duraría muy poco tiempo porque, tras un viaje sin permiso a Mannheim para asistir al estreno de su obra Los Ladrones, fue arrestado prohibiéndosele la escritura mientras fuese militar. Ante semejante perspectiva que le privaba de su auténtica vocación el poeta abandonó el ejército para instalarse en Mannheim durante un año, dedicándose a la literatura en esta ciudad, en Leipzig y en Dresde. Es en julio de 1787 cuando se trasladaría a Weimar, y aunque viajó con frecuencia a diversas ciudades, es en esta capital de la cultura alemana donde Schiller encuentra sus sitio, por mucho que criticase el ambiente estrecho y de camarillas que se "disfrutaba" en el lugar.
El poeta no era una melómano apasionado como lo fue su colega Goethe, pero sí ocurrió que con el tiempo y la influencia del autor de Fausto, aprendió a apreciar este arte. En el futuro los compositores admiraron sus dramas, piedra de toque de su producción literaria, y los adaptaron para escribir sus óperas o sinfonías, como veremos más adelante. En la obra literaria de Schiller los estudiosos encuentran no pocos razonamientos filosóficos junto a una lírica humanista y sensible; es aquí donde la música se encuentra escondida: entre muchos de sus poemas la cadencia del verso es casi una partitura avanzada a su tiempo, siendo esta época testigo de los primeros pasos del romanticismo y el nacimiento de los escritos filosóficos y críticos debidos a Beethoven o Hoffmann entre los músicos, o Stendhal, Gautier o Mallarmé entre los literatos. Y es que al mismo tiempo que los músicos hablan de música, los escritores se consideran capacitados para escribir igualmente sobre dicho arte. Pero Schiller no se atrevió a tanto y muy posiblemente se apartaba de la idea del romanticismo o de la sacralización del arte, también, posiblemente, a pesar de él mismo. Para Goethe ese pensamiento era el mismo: lo romántico era considerado por él como "el arte de la enfermedad", completamente opuesto al robusto y sano clasicismo. Pero tampoco podía no darse por enterado de que los románticos que estaban apareciendo eran "hijos" de su Werther, muerto por amor. ¿Cabe más romanticismo?
La obra dramática de Shiller se relaciona casi siempre en torno a tres temáticas: la dignidad de las personas en general, los problemas del hombre político que lucha contra su afán de poder, y el servicio hacia sus semejantes. Sobrevolando estas motivaciones se encuentran su ideal de libertad y su preocupación por los valores humanísticos que aparecen expresados en su famosa Oda a la alegría puesta en música por Beethoven en el último movimiento de la Novena Sinfonía:
"¡Alegría, bella chispa divina
hija del Eliseo!
¡Penetramos ardientes de embriaguez
oh celeste, en tu santuario!
Tus encantos atan los lazos
que la rígida moda rompiera;
y todos los hombres serán hermanos
bajo tus alas bienhechoras".