CRÓNICA

Villafranca de Ebro despierta de la conmoción: "Hay desgracias que no se pueden evitar"

La directora de la residencia asegura que el centro estaba muy vinculado a la localidad
 

Apenas 200 metros separan la entrada de Villafranca de Ebro de la residencia de mayores. La pista arranca con una plaza de toros improvisada y finaliza en el puente sobre el riachuelo, entre cañas y mosquitos pese a ser noviembre. Este viernes la han recorrido cientos de personas entre ambulancias, la riada de medios de comunicación regionales y nacionales, autoridades y familiares. El sol ha salido en Villafranca a media mañana, junto a la llegada de los vehículos de los sanitarios, Cruz Roja o la Fundación DFA. Ayuda, pero también preguntas. “Está mi hija dentro pero no sé nada de mi tía”, cuenta una mujer que carga una muleta en una mano y a su perro, cogido por la correa, en la otra.

La buena noticia llega después, aunque la “demencia senil” de su allegada le impide reconstruir un relato de los hechos en el que, coinciden testigos, políticos y servicios de emergencia, dos empleadas de la residencia han sido las salvadoras anónimas. Si los diez fallecidos, el golpe de cifras que ha elevado el incendio de Villafranca por encima de Cuarte en 2015, no han sido más, es gracias a ellas.

Dos figuras, desconocidas de momento, que han permitido, sin ir más lejos, salvar a Pilar. Es la madre de José Ángel, tiene 93 años y sufre problemas de movilidad. Residía en los Jardines de Villafranca desde hace “por lo menos siete u ocho” y su familia no tenía ninguna queja. “Vivo aquí, la tengo a un pasito, para mí maravilloso y el trato muy bueno”, comenta. No es la primera vez que se acerca al centro durante la mañana posterior a la tragedia. Ya lo había hecho hacia las 7.30, con el primer aviso. Habían pasado dos horas y media desde el inicio de los hechos. “Me han dejado pasar y he hablado con ella, he visto que estaba bien. Se va un poco de cabeza y no recuerda nada a los cinco minutos”, explica con gesto tranquilo. “No es lo mismo que venir sin saber si su familiar había fallecido o no”, dice.

Paloma y su marido Alfonso se han enterado de todo por las noticias. El padre de ella sigue vivo. La confirmación ha tardado pocos minutos. “Desconocemos que fuesen dos trabajadoras, el resto han acudido inmediatamente tengan su día de fiesta o no porque son de los pueblos de aquí al lado”, añade él.

Paquita Morata (izquierda) y Carmen Torrijo atienden a los medios en Villafranca

UN CIGARRO, LA PRINCIPAL HIPÓTESIS

En la recta que separa las últimas casas del pueblo y el cordón policial, se abre paso la principal hipótesis: un cigarrillo en un espacio donde está prohibido fumar habría originado el incendio. La gerente de la Asociación Aragonesa para la Dependencia (Arade), Paquita Morata, agarra la mano de la directora de la residencia, Carmen Torrijo, quien aguanta entre lágrimas las preguntas de los periodistas. “Por favor, tranquilízate”, se escucha. “Ha sido una desgracia terrible en un centro donde se trabaja muy muy correctamente. Hay veces que las desgracias no se pueden evitar”, transmite Morata, aunque el mensaje lo pueden firmar ambas. Torrijo, por su parte, se detiene en la vinculación de la residencia y el pueblo, donde era habitual que los internos, gente mayor pero también más jóvenes con patologías de salud mental, hiciesen parte de su vida.  

El Ayuntamiento de Villafranca se ha convertido este viernes en un centro improvisado para recibir familiares. Mismas escenas en el pabellón de una localidad sacudida de madrugada por la tragedia. Una parte de la Ribera Baja mira también a la Huesca, por la residencia Vitalia, y a Zaragoza. En el Hospital Royo Villanova de la capital permanecen los dos heridos consecuencia del incendio, uno de ellos tiene 65 años y ha ingresado en la UCI, en estado grave.