Siluetas femeninas otorgan voz al sinhogarismo de las mujeres oculto tras la violencia de género
“Cuidaba vidas hasta que tuve que escapar para salvar la mía”, “enseñaba a leer, pero nadie quiso leer mis lágrimas”, “dediqué mi vida a cuidar. La violencia me dejó sin casa y sin voz”. A través de unas siluetas femeninas instaladas en la plaza de España, Laura, Sara, Rosa, Clara y un puñado de mujeres más han alzado su voz para visibilizar las consecuencias de haber sufrido violencia de género.
Son testimonios reales de mujeres que manifiestan haber estado al borde de perder su hogar o de perderlo todo como consecuencia de la violencia de género. Una realidad de sinhogarimso, a menudo, invisibilizada que revela una forma de ella más hostil y silenciada, muchas veces encubierta por relaciones abusivas, dependencia económica o redes de trata.
Dar a conocer esta realidad y sensibilizar a la sociedad es el objetivo de la nueva campaña “Mujeres sin hogar por violencia, sin voz por indiferencia” impulsada por la Coordinadora de Entidades para Personas Sin Hogar de Zaragoza con la colaboración del Gobierno de Aragón. La directora general de Inclusión Social y Voluntariado, María Charte, ha expresado que según le trasladan desde los Servicios Sociales y las entidades locales, “la mujer sin hogar está mucho más invisibilizada porque no se ve tanto como a los hombres, cuyo porcentaje de sinhogarismo es superior”.
Por este motivo, la campaña busca prevenir que las mujeres víctimas de violencia lleguen a la situación de perder su hogar porque “luego es más difícil salir de la calle”, dar herramientas y formación a los profesionales para detectar y actuar ante casos sinhogarismo oculto.
“NADA DE SALIR, NADA DE ARREGLARME Y NADA DE ZAPATOS ALTOS”
Tras la presentación de la campaña este jueves en la plaza de España, el grupo teatral Caídos del Zielo ha ofrecido una performance basada en testimonios reales, combinando teatro, música y palabras para transmitir la dureza. Uno de ellos de una mujer que ronda los 50/60 años que no ha querido desvelar su nombre, pero sí que ha contado su historia. A sus 17 años, asegura haber conocido “al mismísimo demonio”.
Su relato ha recorrido los años en que la violencia marcó su juventud cuando se casó. “Nada de salir, nada de arreglarme, nada de zapatos altos”, recuerda, describiendo un control asfixiante que la aisló por completo. “Trabajaba con mi padre y todos los clientes se habían acostado conmigo, según él”, añade, la vergüenza y la humillación que la llevaron a pedir “todos los días la muerte”.
La mujer explica que los insultos y las palizas se convirtieron en parte de su día a día hasta que reunió el valor de acudir a una comisaría. Sin embargo, lejos de encontrar apoyo, se encontró con la culpa. “Me decían que seguramente era yo la que provocaba, la que incitaba, la que no cumplía como mujer”, lamenta. Aquel episodio reforzó su silencio y la sensación de estar atrapada. “Era prisionera en mi propia casa, pero me daba tantísima vergüenza hablar con mi familia”, reconoce.
Finalmente, decidió poner fin a aquel infierno y fue una de las primeras mujeres en acogerse a la nueva ley del divorcio, recogió sus cosas y se marchó junto a sus abuelos. A día de hoy, dice haber perdonado a su agresor, pero no olvida. “Destrozaste mi mente, parte de mi vida y mi cuerpo. Pero ya no estás en esta vida”, dedicando su historia a “tantas mujeres que ya no pueden contarlo”.
También Gabriel, uno de los participantes en la performance, ha compartido su historia, un testimonio que revela las heridas que deja la violencia de género en los hijos de las víctimas. Cuenta cómo, siendo un niño de apenas cuatro años, presenció el asesinato de su madre a manos de su pareja. “Él comenzó a golpear a mi madre, mi madre comenzó a gritar por auxilio… le dio con la plancha en la cabeza y la asesinó”, relata con la voz contenida.
Desde aquel día, su vida cambió para siempre. “Al primer indicio de violencia, escapen, huyan, no permitan que suceda lo mismo”, ha pedido a las mujeres presentes. En honor a su madre mantiene una promesa que guía su vida: “Prometí nunca tocar a una mujer, y hasta ahora lo estoy cumpliendo”.