Cuando los sentimientos mandan

Son una pareja normal. Viven juntos y esperan celebrar su boda en este año que comienza. Todavía no piensan en hijos, aunque tal vez con el tiempo se animen a adoptar uno. Sus profesiones les ocupan la mayor parte del día y, a veces, no les dejan estar juntos todo el tiempo que les gustaría. Dentro de unos años, una pareja como ésta, seguramente, no será objeto de ningún reportaje.

Zaragoza.- Arturo y Raúl son dos zaragozanos que rondan la treintena. Su vida y su ambiente han estado muy alejados durante muchos años, pero la vida, contra todo pronóstico, ha acabado uniendo dos vidas que hasta hace un par de años no tenían demasiados puntos en común. Arturo trabaja en un prestigioso despacho de abogados. Hasta que conoció a Raúl llevó una vida convencional: “Haciendo siempre lo que los demás esperaban de mí, sin desviarme un ápice”, comenta.

Conoció a la que fue su novia cuando todavía iba al instituto. Después de 10 años de noviazgo, decidieron casarse, y su matrimonio duró cuatro años más, hasta que Raúl trastocó sus planes de futuro. “Cuando conocí a Raúl me di cuenta de que estaba cometiendo un error, y me enamoré de él como nunca lo había estado de nadie”, explica Arturo con voz sincera. Reconoce que su historia no es habitual y sabe que la gente, por regla general, no comprende lo que ha hecho. “No me importa. Lo fundamental es mi propia felicidad, y a mi mujer la quiero, pero de la misma forma que a una hermana o a una madre”.

A pesar de su firmeza y su seguridad al hablar, no fue una decisión fácil de tomar y, aún hoy, la madre de Arturo continúa sin saber los verdaderos motivos de su separación conyugal. “Tal vez sea un cobarde por no decírselo, pero está muy enferma y sé que le daría un disgusto enorme. Ella tiene otra mentalidad y nunca entendería lo que he hecho, además del sufrimiento que le supondría”, señala Arturo.

La historia de Raúl es algo más convencional. Banquero de profesión, hizo varios intentos en su adolescencia y juventud por salir con chicas, hasta que a los 25 años decidió dejar de intentarlo y reconocer abiertamente que le gustaban los chicos. “Es algo que yo sabía desde siempre, pero me negaba a aceptar porque, de alguna manera, significaba enfrentarme con todo mi entorno”. Raúl se lo contó a su familia y a sus amigos, aunque no todos lo entendieron. “Perdí a algunos amigos, que pensaron que, por el hecho de ser gay, me iban a empezar a gustar o iba a intentar algo con ellos. Pero también me sirvió para darme cuenta de con quién podía contar de verdad y con quien no”, explica. A pesar de que sus relaciones con chicos han sido numerosas, ahora algo ha cambiado porque, en sus propias palabras, está convencido de “haber encontrado al hombre de su vida”.

Las leyes reflejan una situación que cada vez es más común en la sociedad

Matrimonio y adopción

Sus historias personales son diferentes, pero ahora ambos tienen un futuro común. Con la nueva ley impulsada por el Gobierno central, Arturo y Raúl han visto la oportunidad de legalizar su relación. “Sabemos que es sólo un papel, pero esta ley significa equipararnos al resto de parejas y eso es lo único que queremos ser, una pareja más”, comentan. “Ya era hora de que, por una vez, España no estuviera a la cola en legalizar las situaciones que suponen un avance para la sociedad”, añaden.

Arturo y Raúl están tan seguros de su amor que también se están planteando iniciar los trámites para adoptar un niño. “Nos molesta que haya gente que diga que no somos capaces de educar a un niño en un ambiente normal. Hay mujeres que abandonan a sus hijos recién nacidos en los baños de un “after” o niños que sufren malos tratos en su entorno más cercano. ¿Es preferible eso a que el niño viva en una casa en la que es querido de verdad, por mucho que sus padres sean del mismo sexo?”, señalan. Además, para Arturo y Raúl, la legalización de la adopción por parte de parejas homosexuales supone sólo legalizar una situación que ya se da. “Ahora, los miembros de la pareja pueden solicitar la adopción por separado, como familia monoparental, algo que lleva a la misma situación”.

A pesar de estos avances sociales, los dos están de acuerdo en que aún queda mucho camino por recorrer y, tal vez por eso, ninguna pareja homosexual se libra todavía de miradas curiosas y comentarios susurrantes cuando se coge de la mano o se da un beso en un lugar público. “Reconozco que estamos muy pendientes del “qué dirán” porque la sociedad sigue juzgando de forma negativa a los gays y sentirse excluido no le gusta a nadie”, asegura Raúl.

Para el 2005, Arturo y Raúl tienen una boda que preparar y un deseo que cumplir: “Seguir dando pasos hasta que se nos llegue a considerar, simplemente, una pareja más”.