Ángela Banzas (finalista del Premio Planeta 2025): “La imaginación es un refugio para quien vive en un entorno de horror”

La escritora gallega estuvo ayer en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Zaragoza firmando ejemplares de su novela "Cando el viento hable" junto a Juan del Val
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photo_camera Ángela Banzas, finalista del Premio Planeta 2025. Foto: Pilar Álvarez

Ser finalista y no ganadora del Premio Planeta no parece haberle importado demasiado a Ángela Banzas. Su sueño cuando hace cuatro años aparcó la consultoría de empresas para empezar a escribir era que sus historias llegaran cada vez a más gente, y lo está consiguiendo. En una sociedad dominada por el estrés, transmite una paz que sorprende, más aún sabiendo la intensa gira que está realizando junto a Juan del Val (ganador) por varias ciudades españolas. “No estoy demasiado cansada, de hecho estoy disfrutando como nunca. Conocer a tanta gente está siendo maravilloso”, comenta en una charla previa a la entrevista.

Consciente de que los focos no apuntan a ella, Banzas se muestra educada, dulce y serena ante todo el mundo. Su novela “Cuando el viento hable” fue la segunda obra que más gustó al jurado de los Premio Planeta. En ella combina un país en silencio, un misterio que aún respira y un drama familiar ejemplificado en la figura de Sofía, una niña de la Galicia de la posguerra. 

PREGUNTA: ¿Cambia mucho la vida cuando eres finalista del Premio Planeta?
RESPUESTA: A mí no me ha cambiado. Es cierto que ahora mismo estoy en un momento en el que tengo una gira más exigente que las que venía teniendo en promociones anteriores de mis otras novelas. Además viajo con otro autor, lo cual ha resultado todo un descubrimiento y algo absolutamente enriquecedor. Pero lo que es la vida no me ha cambiado. La forma de enfrentar una gira con muchísima más visibilidad, lo cual me va a permitir siempre alcanzar a una base mayor de electores que descubra mis letras, es diferente, pero mi vida sigue siendo la misma. 

P: Hace solo cuatro años trabajabas en una consultoría de empresas. Cuando empezaste a escribir, ¿te veías girando por toda España con este éxito bajo el brazo?
R: Yo soy muy soñadora. Cuando inicio un proyecto me imagino que todo puede pasar y además lo hago con vocación de soñar, pues siempre pienso a lo grande, aunque luego vaya fragmentándolo paso a paso. Evidentemente nunca piensas que vas a ser finalista del Premio Planeta, pero ir abarcando a cada vez a más lectores sí que era un objetivo.

P: Nos metemos de lleno en la novela, ¿dónde está el germen de “Cuando el viento hable”?
R: El germen viene de un recuerdo de mi infancia en el que yo estuve ingresada en el hospital cuando era niña. Era un aspecto que me apetecía muchísimo transitar. Quería repasar esa experiencia que marcó mi forma de ver, de sentir y de valorar el mundo. Descubrí cómo vivían allí algunos niños que no tenían la oportunidad que tenía yo. Lo mío fue un episodio pero había niños que fallecían o incluso que vivían encerrados en un hospital. Mi idea era, a partir de ahí, crear una historia que tuviese un final esperanzador y luminoso. Este año sentí que tenía esa voz que transita desde la oscuridad hacia la luz, y le di las capas que a mí me interesan: un estilo más gótico y oscuro, mucha intriga y suspense y el contexto de la posguerra. 

Mi idea era crear una historia que tuviese un final esperanzador y luminoso

P: Has insistido mucho en varias ocasiones que esta es una novela dedicada a la infancia.
R: Sí, tenía claro desde un primer momento que lo que quería era la parte original, la mirada de una niña hacia la posguerra con sus silencios, con sus sombras, con sus miedos, con su oscuridad, con la pólvora y con el miedo. Eso lo tenía muy claro. Y también porque quería rendir un cierto homenaje a la generación que creció en un tiempo de silencios, sin ninguna posibilidad de cambio, pero a su vez volcada en entregarnos a nosotros las oportunidades que ahora tenemos a través del sacrificio. , Por eso me resulta importante recordar y tener presente a esa generación, a través del respeto y la admiración, porque creo que se lo merecen. 

P: Mucha gente desconoce que en la posguerra se llevaron a cabo experimentos con niños. La sociedad tiene que conocer que se cometieron auténticas atrocidades.
R: En el fondo no lo he hecho con la vocación de que la gente lo tenga presente, sino que yo lo muestro para generar una historia más profunda emocionalmente. Al final todo esto se trata de empatía, de empatizar con el otro. Dentro del hospital, aprendes a ver al semejante. Existen reflejos donde se puede ver que todos hablamos la misma lengua del dolor, del miedo y sobre todo de la desesperación. La esperanza es hija de la desesperación. Cuando ves al otro como diferente y enemigo se pueden llevar a cabo barbaridades como las que se cometieron y las que ya se habían cometido en el siglo pasado. Yo lo expongo con el intento de que no se repitan todos esos dramas de la historia, para que no volvamos a caer en ello. De ahí la importancia de la memoria, no con ánimo de revanchismo, sino de acercamiento y concordia. 

La esperanza es hija de la desesperación

P: Sofía no entiende por qué su familia la esconde. El silencio, con el paso del tiempo ¿puede pesar como culpa? 
R: Hay mucha culpa dentro de esta novela. Hay culpa dentro y fuera del hospital y dentro y fuera de las casas. Los secretos al final acaban pesando. A veces hay alguno que es necesario mantener para sobrevivir con felicidad, porque no siempre se puede soportar todo el peso de la realidad. Pero otras veces, hay partes de la historia que es necesario iluminar para poder seguir avanzando. 

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Juan del Val y Ángela Banzas, ayer en Zaragoza. Foto: Pilar Álvarez

P: Los seres humanos somos curiosos por naturaleza, pero los niños todavía más. Le pasa a la misma Sofía durante toda la novela…
R: Efectivamente. Yo también era una niña especialmente curiosa, y eso se lo he dado a ella. Lo que pasa es que en esa época no se daban respuestas y a los niños se les trataba de forma diferente a la actualidad. Dentro de la novela puede verse como a Sofía la encierran, ella pregunta por qué y las único que recibe son respuestas autoritarias, derivadas en parte de esa imposición que se vivía en la sociedad. Esa imposición traspasaba las paredes de las casas e inundaba las familias. Solo encuentra una justificación: “Hay mucho odio, ahí fuera está el hombre del saco”. A veces los adultos necesitamos echar mano de herramientas creyendo que estamos ayudando a los niños.

P: Tu Galicia rural era perfecta para enmarcar esta novela. Las historias fantásticas forman parte de la cultura de la sociedad de la zona.
R: No podía escribir una novela de mi tierra en la que no aparecieran las historias fantásticas. Yo buscaba reflejar la importancia que tiene una herramienta como la imaginación. Gracias a ella y a que el padre de Sofía le cuenta todas esas historias, ella cuenta con una habitación muy cálida donde se puede refugiar cuando quiera. La imaginación es la facultad del alma para proyectar ideales. Y en este caso el ideal de la felicidad es el más poderoso, pero no es un ideal que sea universal. Cada uno tiene su idea de felicidad. En el caso de Sofía, ella tiene que encontrar el sentido de la vida que le lleve al amor incondicional.

La imaginación es la facultad del alma para proyectar ideales

P: ¿La imaginación es capaz de combatir contra el horror?
R:  Sí. Y si no lo combate, genera un escudo. La imaginación es un refugio para quien vive en un entorno de horror como le sucede a Sofía. Aparte, tiene un importante poder transformador sobre lo que vivimos. El padre de Sofía coge las noticias tan horrorosas y espantosas de los periódicos y las convierte en aviones de papel. Una muestra del poder transformador que tenemos. 

P: ¿Te está dando tiempo de saborear este éxito?
R: Yo no saboreo el éxito de entrada. El éxito es siempre un malentendido, es una puerta de salida que no sabemos hacia dónde va. Lo que estoy saboreando es el día a día, cada instante que vivo lo saboreo profundamente, recordando que tengo la suerte de estar viva. 

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