Al analizar el recorrido del pontificado de Francisco (2013-2025), se evidencian dos conceptos que orientaron de manera constante y coherente su misión: la proximidad y la periferia. No parecieran conceptos elegidos al azar, sino ideas fundamentales, vividas y asumidas como estilo, gesto y opción pastoral.
La idea de proximidad no fue una mera actitud amable ni una expresión de simpatía superficial. Constituyó una convicción que marcó su modo de ejercer el ministerio pastoral. Afirmó: «Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual». Asimismo, subrayó uno de los aspectos esenciales de la comunicación: «Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como ‘proximidad’».
Esa cercanía se tradujo en gestos concretos: encuentros espontáneos, visitas fuera de agenda, participación en entrevistas de una gran diversidad de medios de comunicación o llamadas telefónicas a personas concretas. El papa Francisco asumió, en una época marcada por la fragmentación, el individualismo y la indiferencia, que acercarse al otro no era solo un gesto ético, sino una forma concreta de evangelizar. «El verdadero poder es el servicio», afirmó en su homilía de inicio de pontificado (2013), y esa frase resumió su manera de ejercer el liderazgo.
Esa proximidad se manifestó también en su sensibilidad ante los dramas contemporáneos. En Lampedusa, frente a la tragedia de los migrantes fallecidos en el Mediterráneo, Francisco formuló una pregunta que resonó con fuerza: «¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?». ¿Se dirigía únicamente a los cristianos, a los católicos, o al mundo entero? Su estilo pastoral —acertado o no, según la perspectiva de quien lo analice— consistió en acercarse al otro desde uno de los principios fundamentales del cristianismo: la humanidad. Queda abierto el debate sobre si dicho estilo pudo o no convivir con una estructura jerárquica como la de la Iglesia católica o con la dimensión política como la del Estado de la Ciudad del Vaticano.
La otra clave de su pontificado fue la idea de periferia. En su llamado a una «Iglesia en salida», formulado en Evangelii Gaudium (2013), Francisco advirtió que prefería «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades». Añadió, además, que «salir hacia las periferias existenciales significa atreverse a llegar donde otros no llegan».
Las periferias, para el papa Francisco, no fueron únicamente geográficas. También fueron espirituales, culturales y existenciales: lugares marcados por el abandono, la exclusión y el sufrimiento silencioso. Esta opción por las periferias representó, quizás, una de las decisiones más disruptivas de su pontificado. No porque otros papas no hubieran hablado o realizado gestos de cercanía hacia los pobres, sino porque Francisco orientó de forma sistemática su mirada de la Iglesia católica hacia los olvidados, desde una perspectiva global y con el objetivo de descentralizar su estructura. Más allá de valorar el grado de éxito o la repercusión que esta línea de acción tendrá en futuros pontificados, reforzó la voz de las víctimas de la pederastia, de las personas con diversas orientaciones sexuales, de los pueblos indígenas, de las iglesias locales, de las mujeres, de los jóvenes y de los migrantes. No tuvo reparo en escuchar públicamente las voces de realidades que algunas de ellas entraban en conflicto con las directrices de la Iglesia. Impulsó procesos de sinodalidad, de diálogo y de escucha, reafirmando una Iglesia en movimiento, abierta al otro y atenta a los signos de los tiempos.
¿Fue el papa Francisco un papa reformador? La respuesta dependerá, en buena medida, de la experiencia que cada persona haya tenido durante su pontificado. Es probable que algunas de las reformas impulsadas no resulten fácilmente visibles para quienes no profundicen en las complejas estructuras, dinámicas, redes y organigramas que conforman tanto la Iglesia católica como el Estado de la Ciudad del Vaticano. Sin embargo, su intento por transformar no solo aspectos institucionales, sino también la cultura eclesial, deja una impronta difícil de ignorar.
Es posible que exista cierto consenso en que el legado del papa Francisco se acerque más a la figura de un pastor que buscó la proximidad y las periferias. Su fallecimiento abre un debate inevitable sobre las reformas que logró implementar —o aquellas que quedaron pendientes— en el seno de la Iglesia católica. Habrá quienes evalúen su pontificado desde una perspectiva progresista o conservadora, y también quienes lo adopten como símbolo en disputas políticas, conscientes del peso que tuvo su figura a nivel global. Será la perspectiva que otorgue el tiempo la que permita dimensionar con mayor claridad el alcance y el valor de sus aportes al frente de la Iglesia católica.