Proelium magnum
En nuestros días se va dibujando un paisaje contextual donde aparece un mundo caótico y desordenado originado por la libérrima acción humana. No cabe duda de que se está librando una “gran batalla” (proelium magnum) de dimensión social e individual, donde los innatos principios rectores que debieran informar la conciencia humana se ven desplazados agresivamente por fuerzas destructivas. Evidentemente el género humano sufre una conmoción interior llevándole a creer que, por mérito exclusivamente propio, puede reafirmar sin equívocos la emancipación de su destino existencial.
El giro antropológico que han sufrido tanto el ámbito cultural como el marco social y la esfera del pensamiento inteligible, ha superado los límites del corazón humano. El relativismo, secundado por el materialismo y el hedonismo, ha provocado que el hombre haya saltado al vacío faltando a sus compromisos con actitudes y decisiones transgresoras, deconstruyendo y vaciando el depósito más íntimo de su razón de ser.
Existe un discurso banalizado, peligroso y deliberadamente recurrente con el que la exploración de nuevos campos de actuación engendra voluntades egoístas. La vulgaridad y la desidia intelectual germinan en las personas tal ceguera que no les permiten ver la grandiosidad positiva de aquello que pueda dejar una huella perenne y eficaz en sus vidas. La inherente debilidad humana alberga al mismo tiempo cizaña y malas hierbas, así como un trigo benefactor que siempre es fiel a sus granados frutos.
A pesar de la deriva social, política, económica y cultural que aflora en pleno siglo XXI, consuela saber que muchas mujeres y muchos hombres han decidido tomarse absolutamente en serio el camino por donde discurren sus vidas volviéndose a Dios, y así dejar enterrada la idolatría de sus más bajas pasiones. Impresiona ver cómo afrontan los diversos desafíos nadando contracorriente, relegando aquello que no supone esfuerzo, rebatiendo el argumentario falaz de los charlatanes corrompidos y huyendo de la presión timorata que tanto esclaviza a los seres humanos.
Reina actualmente un globalismo tóxico ante el que sucumben una cantidad ingente de naciones, de instituciones, de gobernantes y de gran parte de ciudadanos. Está dirigido por un astuto y perverso ideario libertino, irreflexivo y muy deficiente, con pretensión de afectar gravemente la sacralidad de la dignidad humana, en un intento desgarrado de provocar el derrumbe moral tanto personal como colectivo, con el fin de quebrar las conciencias y sembrar la traición.
Nos encontramos ante la antesala de nuestra propia autodestrucción, renegando de los valores que enaltecen y alientan el más profundo sentido de nuestras vidas. Se avista una sociedad en shock que discurre al borde de la desgracia, del vuelco intelectual y de la extinción espiritual. Se cierne un letargo emocional generalizado que nos sumerge en una beligerancia polarizada, donde se baten con feroz y encarnizada virulencia el bien contra el mal, un mal que camina hábilmente adherido a nuestra depauperada voluntad.
Desertemos de patologías sacrílegas, de los mercenarios que ostentan diversas formas de poder y se presentan ante la opinión pública como defensores de la libertad pero que cuartean la moralidad y la contaminan, cínicamente insobornables, pero al mismo tiempo explotadores de las tendencias ambientales y de los prejuicios sociales de moda. Solamente la fidelidad es vital para la unidad del ser humano, pues lo interno y lo externo, lo sensible y lo inteligible anudan la libertad con el imperativo de la moralidad.
Las crisis sociales resultan de las crisis individuales, de la insuficiencia de carácter y de una ontología humana huérfana de raciocinio. No olvidemos que elegir el bien o el mal depende de nosotros y no de los otros, a pesar de que la inconsistencia coyuntural incida pertinazmente contra nuestra voluntariosa y recta capacidad de obrar.