Un pensamiento acrítico en una educación vacía
Actualmente, el nivel educativo en las aulas ha dado paso, en detrimento de los estudiantes, a una ideología dogmática y única, tan inicua como envenenada. De siempre la enseñanza se ha entendido como la transmisión del saber aséptica y objetivamente, animando al alumnado, además, a pensar. De ahí que la deriva educativa sea tangible, pues el arte de educar se ha convertido en un experimento social orientado, más bien, hacia la muerte intelectual de las personas.
Ciertamente nos encontramos en un contexto donde hemos pasado del “saber” al “adoctrinamiento”, quebrando el fin principal de la educación que no es otro que transmitir conocimientos, quedado de esta forma atrapada en una trampa pedagógica devastadora. El progresismo ladina y dolosamente ha traído como causa una enseñanza huérfana de esfuerzo, una cultura sin contenidos, un igualitarismo rancio, así como la aniquilación del logro de la excelencia.
El ámbito educativo está estancado, a decir verdad, ha sufrido una regresión asociada a graves consecuencias. Se pondera que la educación es el quicio del progreso, no obstante, la realidad acontece que la enseñanza ha perdido interés por el saber, se aprueba las asignaturas sin estudiar, se aprende a no tener pautas de conducta, ni hábitos ni normas que coadyuvan a adquirir un comportamiento responsable. La autoridad del profesorado ha sido usurpada por una sobreprotección legal del alumnado en donde, incluso, es aplaudida y secundada en el seno familiar.
La educación se ha convertido en un instrumento avieso de manipulación, acompasado por un cúmulo de consignas que invitan a anestesiar el pensamiento, pero sí a obedecer ciegamente. La crisis educativa va adquiriendo, cada vez más, un peligroso volumen que, de no poner remedio, su retorno a lo que genuinamente debiera ser, no será fácil. En los centros educativos ya no se enseña con rigor a desentrañar el porqué de las cosas, a tener una actitud crítica de los acontecimientos, y es por ello que la ingeniería ideológica prefiera a seres autómatas que a individuos con criterio propio fruto de un análisis metódico y detallado.
Con todo, ha surgido un fenómeno que instrumentaliza la enseñanza: el conocimiento ha sido sustituido por la ideología. Hasta el propio lenguaje en las aulas ha cambiado, donde la búsqueda de la verdad ya no encuentra su espacio, convirtiendo a la educación en un arma política que va a la caza de mentes dóciles y amansadas. La nueva pedagogía progresista vierte un léxico hacia el alumnado que oculta términos como orden, rigor o compromiso, encubriendo con ello la mediocridad reinante.
Por tanto, la maniobra de distorsión y distracción lingüística no es baladí. Su objetivo principal va encaminado a impedir que, tanto las familias como el elenco educativo, tomen conciencia de la destrucción formativa vigente. Así las cosas, los alumnos ahora son sujetos de su propio aprendizaje; los fallos son formas opcionales de respuesta; y el esfuerzo ha mutado en un recorrido personalizado.
Nos encontramos en un momento en el que la intervención del raciocinio es más necesaria que nunca. Para restablecer el deterioro educativo al que nos enfrentamos, se debería tener en cuenta unas cuestiones concretas. El profesor debe ostentar la autoridad en el aula, ser respetado y ser el eje central de la educación. La enseñanza debe dotar al alumnado de instrumentos de defensa frente a la vida, no solo conocimientos, sino también habilidades y elementos de argumentación sólidos. Observar la libertad educativa que prescribe nuestra Constitución, donde las amenazas referidas a las subvenciones y convenios de colaboración no tienen cabida.
En fin, en nuestras manos está la solución de seguir con una educación vacía, manipuladora, emotiva y regresiva, o, por el contrario, conseguir que la razón y el pensamiento crítico sean vehículos de aprendizaje donde las personas no sean amputadas intelectualmente y sepan administrar su propia historia en la vida. El universo académico nunca debiera sucumbir a las sutilizas del pedagogismo vanguardista, dado que la integridad del desarrollo personal está en juego, y el rumbo cultural de nuestra civilización depende, en gran medida, del itinerario educativo de sus ciudadanos.