La buena educación: lubricante para el motor social

No solamente las crisis políticas, de gobierno, institucionales, territoriales o de poder son las más frecuentes y notorias.

No solamente las crisis políticas, de gobierno, institucionales, territoriales o de poder son las más frecuentes y notorias. A pesar de no ser un fenómeno nuevo, pero sí creciente, los buenos modales están atravesando un desierto en donde la falta de cortesía alerta del estado de salud del que adolece nuestra sociedad. La clave para atajar la mala educación quizá pase por fomentar virtudes incuestionables y atemporales, que no se agotan a pesar de los cambios de usos y costumbre sociales.

Cada vez más, el individualismo incide con mayor fuerza en las entrañas de la sociedad, incluso en el entorno familiar más íntimo. El progreso social dependerá, en gran medida, de la buena o mala educación que manifiesten las personas inmersas en el itinerario que va dibujando el devenir de la propia sociedad. Ante cualquier tipo de crisis, urge ser atajada a la mayor brevedad posible, de tal forma que se retorne a ese estado ideal de funcionamiento primigenio para el que fue diseñado.

El buen comportamiento es “una manifestación profunda del ser esencialmente social, que somos las personas” (José F. Calderero), ya que, y no menos cierto, se suelen confundir los buenos modales, de los que poco se habla, con las habilidades sociales que tan en boca de muchos se consideran. Aquellos se basan en virtudes y valores que hacen crecer al ser humano individualmente y en sus relaciones interpersonales; las habilidades nos ayudan, simplemente, a comunicarnos mejor con los demás, pero no cumplen el fin principal que nos atañe a las personas: llegar a respetarnos, a entendernos, e incluso, a querernos.

Si aspiramos a cambiar el mundo, si queremos sembrar paz y concordia, si esperamos construir una cultura que acredite nuestra condición humana pensante, crítica y condescendiente, no habrá más remedio que cultivar nuestro interior, la parte más honda de nuestro ser para, una vez fortalecida y bien cimentada, volcar en la sociedad las buenas prácticas y los benefactores modales que dan prestigio y altura a aquella.  

Se puede afirmar que tener modales adecuados y convenientes no es que sencillamente sea bueno, además es necesario. Sin un discernimiento profundo de lo que corresponde y lo que no es deseable, en el ámbito del comportamiento humano, la convivencia se hace muy dificultosa y la beligerancia constante. La buena educación no solamente comporta amabilidad, deferencia y buen trato con los demás, asimismo también se orienta a realizar las tareas cotidianas y las actividades más variadas (laborales, domésticas, etc…) con rectitud y honestidad.    

Los buenos modales provenientes de principios y valores demuestran que es importante pensar en nuestro prójimo, incluso cuando se hace el bien a pesar de que nadie nos observe. Con todo, la buena educación siempre será el aceite que lubrique el engranaje de la sociedad, para que ésta pueda desarrollarse con equilibrio, armónicamente, limando asperezas y con una visión de futuro positiva.

Si entendemos que la dignidad es el antídoto contra la destrucción, entonces ni el status social, ni los títulos académicos, ni condición material alguna, pueden quebrar aquella. Cuando vemos en cada ser humano esa dignidad, que es inmanente e irrenunciable, no hay lugar para tratar con malas artes a nuestros semejantes. Debemos erradicar el anonimato social que han creado las nuevas tecnologías y desterrar aquellas ideologías sectarias que socavan las virtudes que se elevan por encima de modas tan efímeras como inicuas.

Los buenos modales combaten la vulgaridad y la desconexión social de las comunidades. Sin ánimo de puerilidad, todo se puede resumir en el amor, para conocer a nuestros semejantes, ponerse en su lugar, compadecernos de sus desdichas, alegrarse de sus gozos, sabiendo que los colegas del trabajo, nuestros amigos, los viandantes o nuestros vecinos son como hermanos. Recordemos a Gandalf en “El Hobbit” cuando decía: “Son las cosas pequeñas, los actos cotidianos de las personas ordinarias, los simples actos de gentileza y de amor, los que alejan la maldad”.

Si somos capaces de tratar y cuidar al hombre, al animal y a la naturaleza, no solamente seremos más cívicos, seremos sobre todo cuidadores de todo brote de dignidad, en aras de conformar una moral social plena de honradez y veracidad, para con el prójimo y para con la sociedad. Y para ello no se necesitan cualidades especiales, sino apoyarnos en aquella justicia más básica que a cada cual le dicte una conciencia atenta.