Opinión

El beneficio de vivir la austeridad

Si nos ceñimos a la realidad que nos rodea, podemos advertir sin mucho riesgo el vértigo que nos provoca observar la indolente ostentación que revela la desigualdad en nuestras sociedades.
Vicente Franco 2025
photo_camera Vicente Franco 2025

Si nos ceñimos a la realidad que nos rodea, podemos advertir sin mucho riesgo el vértigo que nos provoca observar la indolente ostentación que revela la desigualdad en nuestras sociedades. Nos encontramos en medio de una vorágine sacudida por el exceso, el despilfarro y por una compulsión caprichosa que no hace otra cosa que alimentar un vacío existencial que cada vez provoca más insatisfacción.

Mientras que a unos les sobra lo que a otros les sería lo más necesario, existe un elenco de incongruencias sociales que invitan a la reflexión. Pero a pesar de ello, es relevante ver cómo, en muchas ocasiones, aquellas personas que lo tienen “todo” y de forma muy cómoda son, quizá, más infelices que aquellas otras que disfrutan de los placeres más simples a los ojos de la ampulosidad, tales como la amistad sincera, el buen humor o una charla distendida con una buena compañía, es decir, todo aquello que hace disfrutar de lo que enriquece el verdadero sentido de la vida.

La búsqueda de la felicidad, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido un desiderátum muy ambicionado que no siempre ha sido fácil de conseguir. Aunque se trate de un concepto subjetivo, lo cierto es que la felicidad no siempre es colmada únicamente por bienes materiales. Vivir con menos, prescindir de lo superficial y no ser esclavos del consumismo exacerbado son unas medidas acertadas para aumentar nuestro grado de libertad.

Ser agradecidos con lo que tenemos, valorar las cosas que realmente tienen importancia y acostumbrarse a un desarrollo vital basado en la austeridad voluntaria, no debiera suponer, en ningún caso, transitar en la mediocridad o en una mal entendida pobreza. Bien al contrario, prescindir de una ingente y desordenada acumulación de cosas, arrinconadas en ocasiones, denota una plena libertad de elección que se contrapone con la desquiciada sumisión, la cual produce únicamente una adicción conforme a una fruición efímera de la propiedad.

Poseer menos invita a tener más paz interior, mejor armonía familiar, delicada empatía social y una serenidad silente pero lumínica que se refleja en el obrar de nuestras actuaciones. Es un hecho constatado que el consumo desmedido y anárquico nunca llega a cubrir ese vacío existencial que va creciendo en nuestro ser ocasionado por la premura de la inmediatez, al mismo tiempo que fragmenta y obstaculiza nuestra capacidad de vivir sin trabas inicuas.   

Por tanto, la felicidad no se debe restringir a lo puramente material y cuantificable, encasillando con ello a los demás según su poder de adquisición. Esta postura discriminatoria y gregaria es el detonante de numerosos conflictos sociales que, lejos de ser erradicados, afloran con mayor intensidad a medida que el horizonte económico se posiciona, prioritariamente, en la bitácora de nuestras expectativas.

En este sentido, crear necesidades en donde no las hay y vivir por encima de nuestras posibilidades es lo que aportan las sociedades donde el alejamiento de lo espiritual es notoriamente manifiesto. La austeridad como virtud que fomenta la humildad, que sintetiza la realidad y que anima a cultivar valores para posteriormente decidir en conciencia, es lo que hace que la felicidad no dependa exclusivamente de lo material. La sencillez y la confianza en una actitud positiva frente a la vida han de jalonar el significado más intenso y profundo de nuestras vidas.

Si retrotraemos nuestras miradas al pasado, pero con los pies puestos en el presente, veremos que nuestro agradecimiento debe ser perenne. Tener una perspectiva que reivindica lo esencial dota de altura de miras a la dignidad humana. Distinguir entre lo necesario, el capricho o lo accesorio nos llevará también a integrar a las personas y no a discriminarlas según su capacidad para gastar. Siempre se ha dicho que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita, un adagio popular que recoge una insondable sabiduría.

Saber lo que cuesta conseguir las cosas en virtud del esfuerzo, valorar lo imprescindible, apreciar la ayuda externa del prójimo, agradecer el mero hecho de vivir, tener la ilusión de ser útiles a los demás, priorizar las necesidades siendo más ingeniosos con menos recursos, así como confiar en el quehacer de nuestro trabajo diario depositado en un Dios providente, nos debe llevar a vivir, reflexivamente, en una continua correspondencia.

Acercarse a la belleza del desprendimiento nos aproxima, asimismo, al recogimiento interior, alejándonos de ese consumismo vacío que en muchas ocasiones envilece nuestras almas. No nos torturemos con tendencias materialistas que alejan de la realidad las verdaderas necesidades. Reprimir el gasto, aun teniendo posibilidades, siempre fortalece el carácter y dulcifica las relaciones interpersonales.

Especialmente en estas fechas próximas a la Navidad, donde el anticipo de luces y guirnaldas en las calles y en los comercios es cada vez más patente para inducir a un consumo tan irreal como prolongado, no dejemos que nuestro sentido común y nuestro raciocinio sean eclipsados en aras de vivir, desde nuestra intimidad, el verdadero espíritu que otorga felicidad a nuestra existencia. Recordemos que tanto el exceso como las cargas innecesarias nunca han sido fuente de satisfacción, en todo caso un contraplacer oclusivo y tiránico cuajado de irresponsabilidad.