Opinión

Salvemos los Pinares de Venecia

El Ayuntamiento de Zaragoza ha iniciado una cruzada contra los intereses de la  ciudadanía y a favor de la especulación más codiciosa y sangrante. Ya no se esconde, expande proyectos faraónicos exentos de lógica aunque cargados de simbolismo. Los Pinares de Venecia, refugio climático cada vez más mermado por los ataques en racimo de los últimos años -como la apertura a gastos pagados del supermercado Mercadona en los antiguos terrenos del colegio Lestonnac-, van a recibir el golpe de gracia.
María Pilar Gonzalo Vidao
photo_camera María Pilar Gonzalo Vidao

El Ayuntamiento de Zaragoza ha iniciado una cruzada contra los intereses de la  ciudadanía y a favor de la especulación más codiciosa y sangrante. Ya no se esconde, expande proyectos faraónicos exentos de lógica aunque cargados de simbolismo. Los Pinares de Venecia, refugio climático cada vez más mermado por los ataques en racimo de los últimos años -como la apertura a gastos pagados del supermercado Mercadona en los antiguos terrenos del colegio Lestonnac-, van a recibir el golpe de gracia. El motivo, la implantación de un parque acuático en el corazón del pinar. El modelo económico que sustenta el consistorio para este alucinógeno modelo de esparcimiento es opaco. No hay cuentas certeras, empresas postulantes ni un convencimiento de que lo que ofrecen sea viable, solo hay como solía decir mi madre, ganicas de enredar. Unas ganas enormes de transformar un espacio natural, libre y sostenible en un vertedero de turistas con manguitos y polos de hielo. Lo harán a costa de un recurso tan escaso como caro, el agua y su canalización hasta ese enclave. ¿De dónde van a salir los millones de hectómetros cúbicos necesarios para dar servicio a un espacio privado como ese? ¿Cuántos movimientos de tierra con sus consiguientes maquinarias, arrasando varios miles de pinos a su paso, serán necesarios para realizar los accesos y la construcción del parque? ¿Desviarán recursos públicos en plena emergencia climática para que los Ramírez-Pérez, los Johnson-Smith o los Petit-Bernard caigan desde el esbarizaculos de la especulación denigrando un enclave centenario construido entre todos? ¿Tiene Zaragoza el clima adecuado para que un parque acuático reciba miles de turistas en busca de sol y agua cuando todos sabemos que aquí hasta los pingüinos se congelan nueve de cada doce meses? 

La mayoría hemos visto cuando viajamos en coche por las tierras del este lugares de ocio abandonados desde la carretera. Accesos desastrados que en otro tiempo tuvieron eco en programas televisivos patrocinando eventos a golpe de cadera de azafatas voluptuosas, pero que como todo lo que aparece en medios, solo era brillantina que se esfumó en la siguiente puesta de sol. Una puesta que en demasiadas ocasiones ha sido rescatada con el dinero de todos los contribuyentes mediante pagos directos, subvenciones o reciprocidades bajo “el hoy por ti mañana por mí”.

Ahora nos presenta este enajenado Ayuntamiento otra ocurrencia más propia de las galas “Murcia, qué hermosa eres”, casposa, hortera y sobreactuada sin ningún rubor. Lo hace amparado por una sobredosis de exposición en las redes sociales, los yonkis mediterráneos del dinero ahora en versión goyesca Instagram 3.0. ¿Qué podría salir mal? 

Porque aquí todo es goyesco, menos Goya, que ni rastro de su huella en la ciudad. Ya se encargaron de arrasar sus casas y hasta las ganas de este de quedarse. Pero ahora, a la par que los estanques y surtidores lúdicos, quieren construir hotel, bar y restaurante dando servicio a las hordas que a buen seguro abarrotarán los salones de tragaperras con hamburguesas churretonas en el nuevo Broadway fluvial del Valle del Ebro. Y luces, muchas luces enrolladas en los pocos ejemplares de pinos que quedarán alrededor para dar la bienvenida a chanclas, pareos y gafas de sol embadurnadas en aceite de coco. 

Mientras tanto, los verdaderos parques de Zaragoza permanecen abandonados, vandalizados y sin ningún tipo de mantenimiento, en una nueva vuelta de tuerca a la privatización del esparcimiento común, como cuando en el siglo XIX se abrían fincas de recreo privadas en enclaves alejados del centro de la ciudad para disfrute de unos pocos. Ya tenemos ejemplos de despilfarro y mala gestión en el fallido Canal de Aguas Bravas de la Expo con seis millones de euros de inversión que en poco tiempo se convirtió en un quebradero de cabeza por las filtraciones y el escaqueo de sus responsables directos. La historia puede volver a repetirse con consecuencias más nefastas si cabe: la pérdida del pinar, último refugio para generaciones futuras.

De producirse semejante chandrío el daño sería irreparable, se tardarían décadas en que ejemplares plantados de nuevo volvieran a dar sombra y cobijo. Igualmente volveríamos a dar la espalda a nuestra historia, esa en la que decenas de presos políticos plantaron muchos de esos ejemplares durante el franquismo para reducir sus penas o en la que escolares venidos de todos los puntos de la ciudad ayudaban a aumentar la pinada, también lo hicieron falangistas movidos por un espíritu naturalista. Los Pinares de Venecia son un lugar de encuentro cultural, social pero sobre todo humano. Mermarlo solo para iniciar un corredor que una Puerto Venecia es indecente. Dentro de cincuenta años seguirá siéndolo. No permitamos que un nuevo outlet chabacano e interesado nos quite lo que es de todos.

Digamos alto y claro, SALVEMOS LOS PINARES DE VENECIA.

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