El Führer Trump y algunos hombres blancos
En los últimos meses el caudillo norteamericano se asemejaba cada vez más a otro Donald, al pato más famoso de Disney que soñaba incansablemente con las riquezas acumuladas de su tío Gilito, quien tras años de acciones cicateras había conseguido acumular un patrimonio milmillonario custodiado en un depósito blindado con una piscina repleta de monedas de oro, de la que disfrutaba lanzándose desde un trampolín, como si se tratara de un deportista olímpico al que le espera la gloria al atravesar el tanque de caudales. Se parecían porque ambos nos hacían reír con sus alocadas aventuras tan alejadas de nuestro cómodo sofá en las que el sueño de conseguir una inmensa fortuna a costa de una fantasía era solo eso, una alucinación. Un delirio como el que tuvo el pato Donald en 1943 cuando se produjo el cortometraje titulado el “rostro del Führer” (Der Führer Face) en el que se despertaba siendo un proletario que trabajaba bajo las órdenes del III Reich aceptando las normas y abusos del régimen totalitarista y criminal de Hitler. Pasadas las épocas en las que nos hicieron creer que EE. UU. nos había traído la paz y la libertad empujando a la URSS a puntapiés de la ecuación, comprobamos estremecidos la realidad, que no es otra que el sometimiento de la humanidad al imperio del dinero y el poder, por supuesto, blanco y heterosexual. Una suerte de renacimiento nazi reencarnado ahora en un señor mayor sin modales ni decencia que acaba de rebasar todos los límites del honor y el respeto al derecho internacional. Recién cumplidos 5 años del asalto al Capitolio alentado por este John Wayne de pacotilla además de enviar sus sentencias judiciales condenatorias por el retrete, de nuevo contenemos la respiración ante sus delirios narcisistas a punto de realizarse tras secuestrar al presidente de una nación soberana con la intención de obtener sus reservas petrolíferas y de paso hacerse con las de oro y gas natural asesinando por el camino a todo aquel que oponga resistencia. Todo un garante de la democracia en el mundo.
En los próximos meses veremos cambios drásticos en las relaciones -entre países amigos y no tan amigos- ya que Trump acaba de estampar el tablero geopolítico internacional contra la pared obligando a aliados y a enemigos a defenderse del nuevo tecnofeudalismo colonialista amparado bajo el paraguas de una nueva libertad prostituida. No es que Nicolás Maduro sea un mártir del pluralismo y la tolerancia, sencillamente Trump ha pisoteado los principios básicos del Estado de Derecho y eso ha generado una ola de solidaridad con el pueblo venezolano que lleva lustros queriendo decidir libremente su futuro. Si en algún momento los opositores del presidente de Venezuela soñaron con un cambio político, este no será como esperaban. Volverán a ser saqueados y vilipendiados, esta vez bajo la bandera de las barras y estrellas, la de unos pocos hombres blancos que deciden los destinos del mundo desde torres de cristal blindado antes de que se desate la guerra civil en sus calles, en las de Venezuela y en las de los norteamericanos. El autoproclamado Führer Trump solo está ganando tiempo para no ser devorado por los propios supremacistas que lo auparon y que ahora exigen sacrificios humanos ante el altar de la codicia. Dentro de poco lo veremos modificar la Constitución de su país para perpetuarse en el poder y lo hará en directo para todo el mundo con majorettes y “Geypermen” desfilando ante el aplauso encendido de las masas aterrorizadas como en cualquier dictadura pasada. Donald de nuevo vuelve a ser el proletario que trabajaba bajo las órdenes del Reich solo que ahora puede pulsar el botón nuclear contra sus propios aliados europeos. Ante la amenaza creíble que pesa sobre Groenlandia, la Unión Europea debería blindarse cerrando todas las bases de la OTAN, cerrar el grifo de la compra de armas a su verdugo y establecer relaciones de igualdad con otros países menos agresivos y más receptivos a colaborar sin pretensiones de vasallaje.
Los gringos llevan más de 100 años destruyendo todo lo que tocan vetando a países que también quieren tener armas de destrucción masiva reales, no inventadas como las que nos contaron en la Cumbre de las Azores de Bush, Blair y Aznar para derrocar a un Sadam Hussein que quería escapar de la asfixia del petrodólar impuesto. Tanto este como Gadafi lo intentaron y murieron bajo la bota del tío Sam. Ahora le ha tocado el turno a Nicolás Maduro mientras tocaba la puerta del selecto club de los BRICS+, con permiso de Brasil. Y mientras tanto, ¿qué hacen sus oponentes al otro lado del mundo?
China hace como el Ebro al pasar por el Pilar, guardar silencio… aunque lógicamente ese sigilo no quiere decir inoperancia, todo lo contrario. Beijing modifica sus planes según la partida y en estos momentos ya está actualizando sus convenios preliminares con Qatar para importar su gas licuado, y del mismo modo, hay encima de la mesa conversaciones muy serias con Arabia Saudita y de refinamiento conjunto con Kuwait, todo ello en yuanes, nada de dólares. Trump bombardea y China negocia. Esa es la clave. El dinero y el poder ya no está en las amenazas y exabruptos de los portaviones sino en los mercados financieros y los bancos internacionales fuera de Londres o Nueva York. Rusia por supuesto está contando sus beneficios en yuanes acelerando la plataforma de pago que controla con China y que Teherán ya está utilizando en sus pagos por petróleo. Estamos asistiendo en directo a una guerra de desgaste entre la fuerza y la inteligencia, y créanme, el Führer Trump arrasará países enteros con sus bombas pero los escudos antimisiles proporcionados por Rusia a quienes se acojan bajo sus alas, acabarán con una nación que lleva más de un siglo aterrorizando a media humanidad con sus injerencias políticas y militares.
Que los dioses nos cojan confesados.