El público solía identificarse con las tonadilleras, que actuaban asimismo en los entreactos y al final de las funciones, haciéndolo a telón corrido y muy cerca de los asistentes, siendo reconocidas y jaleadas cuando la gente las encontraba fuera de los teatros.
Escribir los textos para las tonadilleras no parecía ser cosa sencilla, ya que los compositores se dolían de que «escaseaban los ingenios para las letras» y exponían sus razones: «No es lo mismo hacer versos que componer una pieza pequeña de música, como es la tonadilla, que es un añadido tan original y tan bien recibido por el público».
El propio Laserna contaba que «con el rumbo que tomaban las letras de las tonadillas apenas le quedaba dinero, porque como es una composición difícil e ingeniosa, los poetas quieren que se les pague bien». Samaniego escribió en el periódico «El Censor» en 1786 una durísima crítica al teatro «de menor relevancia» por su modo de presentar el ambiente social de la época y acerca de las tonadillas señaló que se aludía a lo peor y más humilde de la sociedad, vendedores de mercado, los abates, alcahuetas, militares y los majos y majas que tanto abundaban en los barrios madrileños, personajes que eran la realidad social de aquel tiempo, que el público quería ver reflejada en los escenarios.
De ahí surgía la identificación de los espectadores con los actores, que ponían rostro a los auténticos personajes que poblaban las calles. Por otra parte las letras de estas breves obras que son las tonadillas bien pueden ser consideradas como singulares documentos que describen el estilo de vida de la época en que se ubican, con el dibujo de los pintorescos habitantes de un Madrid perdido hace ya demasiado tiempo.
El ambiente y las costumbres populares de la capital se introdujeron con rapidez en los usos de la Corte y de la buena sociedad y las personas pertenecientes a la «elite» cortesana pronto adoptaron ciertas maneras populacheras, sobre todo en el vestir y en el modo de asistir a los festejos taurinos o a las verbenas. Los petimetres, los que se creían elegantes y andaban en realidad a la «última pregunta», fueron retratados en las letras de las tonadillas. Sirva como ejemplo la siguiente: «Nunca se quieren sentar (en las sillas del Paseo del Prado, en las que había que pagar para poder ocuparlas) / porque no tienen algunos / dinero para pagar». O la que decía: «Aquel usía que a la moza corteja / tiene el sueldo embargado todito / por el sastre, tienda y lavandera». O esta otra: «Que nunca en este Prado / faltan fachendas / olfateando la fruta / que nunca prueban».
Se haría interminable citar aquí de manera detallada los usos y maneras de aquellos antepasados madrileños y a los que se preocuparon por dejar testimonio de sus días, pero bueno será apuntar que mientras todo este ocurría, Mozart se servía de Racine, Metastasio, Beaumarchais y otros autores para sus óperas, atendiendo también a las obras costumbristas, con libro del abate Lorenzo da Ponte. La trilogía «Las bodas de Fígaro», «Don Giovanni» y «Cosi fan tutte» constituye el perfecto ejemplo del género en el que nobles y criados se entremezclan en el argumento de cada una de ellas. (Continuará)