Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Séptima parte

Han sido muchos los estudiosos de Mozart, entre ellos el famoso Alfred Einstein, en afirmar que el salzburgués fue un auténtico hombre de teatro. Lo cierto es que la poca fuerza literario-poética de los libretos escogidos, así como las escenografías, acababan engullidas por la magnificencia de la música.

Han sido muchos los estudiosos de Mozart, entre ellos el famoso Alfred Einstein, en afirmar que el salzburgués fue un auténtico hombre de teatro. Lo cierto es que la poca fuerza literario-poética de los libretos escogidos, así como las escenografías, acababan engullidas por la magnificencia de la música.

Mozart comienza sus composiciones operísticas dedicándose casi por completo a las obras bufas, basadas en libretos casi siempre populares y con personajes igualmente de extracción media-baja. Es en 1770, durante su primer viaje a Italia, cuando su padre le acerca a un texto adaptado por Giuseppe Parini de la obra de Racine, Mitridate, rè di Ponto.

Se trata de la música de un jovencísimo Mozart que tiene que vérselas con un libreto altisonante y rígido componiendo una ópera resuelta con una sucesión de arias y dúos de gran belleza que chocan con el mediocre texto; aun así la habilidad musical de Mozart para combinar palabras y música permite vislumbrar la tragedia escrita por Racine.

Con su última ópera, La Clemenza di Tito, Mozart atiende un encargo de los Estados Bohemios, con motivo de los festejos de la coronación como emperador de Leopoldo II, y para tal evento se sirve del libreto de Metastasio sobre la bondad y generosidad del emperador Tito; este libreto había sido utilizado mucho antes por Antonio Caldara y otros compositores, y a Mozart, un músico renovador dentro del clasicismo, este texto le parece pasado de moda y con olor a rancio, según sus propias palabras, y retrasa la escritura de la ópera todo lo posible.

Pero la fecha del estreno ya está ahí y no le queda más remedio que, con la intensa colaboración de sus alumnos Mazzola y Süsmayr, dejar la obra concluida en dieciocho días. Así es como un texto absolutamente plano, de personajes falsos, e insalvable de todo punto, encuentra una música extraordinariamente bella que consigue dotar de humanismo y verdad a una literatura exenta de profundidad e interés.

Entre 1785 y 1787 Mozart escribe la mayor parte de sus obras para voz y piano; son alrededor de 30 canciones llamadas Deutschen Arien y se las considera un adelanto de lo que sería el florecimiento del género en la primera mitad del siglo XIX, cuando Schubert y Schumann y otros románticos rompieron los usos y costumbres del estilo y compusieron lo que realmente se conoce como “lied” o canción. Para la escritura de su música para voz y piano, Mozart parte de los estilos establecidos por las “Canzontte” o de las romanzas de aire francés.

Los primeros textos utilizados se deben a poetas no demasiado reconocidos como Ferrand o De la Motte, quienes dedicaban sus escritos a los personajes de la mitología griega o romana, hablando de Cupido, Venus, y a los pajarillos y las flores campestres. También en estas ocasiones el músico es el verdadero protagonista, con sus ideas clarividentes, la gracia y la elegancia que, unidas a una “imposible” fluidez, consigue unas innegables obras maestras.

(Continuará)