Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Quinta parte

La cultura palaciega en España durante la época del reinado de Felipe IV se nutrirá de la reciente aparición de un género que unirá de forma relevante la música a la literatura, con unos textos que se irían popularizando a medida que el pueblo llano tuviera acceso a estas representaciones teatrales que, en un principio, se celebraban en el teatrito que el rey ordenó construir en los terrenos ubicados junto al palacio de El Pardo, en los que también se encontraba el Palacio de la Zarzuela. Los eventos musicales con texto pasaron a denominarse «zarzuelas» al ser representados en aquel lugar.

La cultura palaciega en España durante la época del reinado de Felipe IV se nutrirá de la reciente aparición de un género que unirá de forma relevante la música a la literatura, con unos textos que se irían popularizando a medida que el pueblo llano tuviera acceso a estas representaciones teatrales que, en un principio, se celebraban en el teatrito que el rey ordenó construir en los terrenos ubicados junto al palacio de El Pardo, en los que también se encontraba el Palacio de la Zarzuela. Los eventos musicales con texto pasaron a denominarse «zarzuelas» al ser representados en aquel lugar.

Uno de los hombres importantes de la Corte, el marqués de Heliche, gestionaba el teatro y encargaba las obras que se ofrecían de don Pedro Calderón de la Barca Henao de la Barreda y Riaño y del compositor Juan Hidalgo. Las dos óperas, es decir, sin letra recitada de Calderón y música de Hidalgo vienen a demostrar de nuevo el éxito de los «libretti» a favor del innegable poder de la música.

Las dos óperas con textos de Calderón fueron puestas en escena en vida del autor dramático: la primera de las escritas, «La púrpura de la rosa», está basada en una obra de Ovidio sobre la historia de Venus y Adonis; la segunda fue una obra de mucha más importancia, también extraída de una historia ovidiana, la de Cefalú y Procris.

La temática de «Celos aún del aire matan», que así se titula esta segunda «fiesta cantada»,  contiene un lenguaje erótico y sus poemas se presentan muy elaborados. Las dos óperas se vieron inspiradas por los temas expuestos en dos cuadros de Paolo Veronese «Il Veronese», colocados en la galería sur del Alcázar de Felipe IV por el pintor y decorador de la Corte, el Aposentador Mayor don Diego Velázquez, que en la actualidad se pueden admirar en el Museo del Prado.

En la música que Juan Hidalgo escribió para los textos de Calderón utilizó en su mayor parte aires, danzas y canciones de origen popular, y así las ninfas de Venus cantan al ritmo de seguidillas y jácaras. También se incluían chaconas, zarabandas y tonadas; de éstas derivaron las tonadillas y de ellas la tonadilla escénica.

De este modo aquellas funciones de carácter cortesano y culto, las semióperas adornadas con exquisitos poemas a las que asistían el rey y los miembros de la Corte, se tornaron en poco tiempo en espectáculos celebrados con auténtica pasión por espectadores de la clase poco pudiente. Las calles, los jardines y otros espacios públicos fueron los escenarios en los que el pueblo llano pudo disfrutar de aquellas veladas.

La tonadilla escénica se asentó en los teatros como un medio de distracción para el público asistente. Mientras éste aguardaba el inicio de la comedia principal, una de las actrices, casi siempre la tercera en importancia en la compañía, interpretaba las canciones dotadas de letras satíricas o humorísticas, y sus autores, sabedores del nulo prestigio que padecía el género, optaron a menudo por el anonimato. A pesar de ello es conocido que escritores y dramaturgos como Rodríguez de Arellano, Ramón de la Cruz y especialmente Luciano Comella prestaron sus plumas para adornar la música de Blas de Laserna o de Esteve. No ocurrió así con Moratín o con Jovellanos, que abominaban del género.