Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Parte veinte.

Otro de los grandes liederistas o compositores de canciones de lengua alemana fue Hugo Wolf, nacido en Windschgratz, región que actualmente pertenece a la antigua Yugoslavia, el 13 de marzo de 1860 y fallecido en Viena el 22 de febrero de 1903. A los quince años comienza sus estudios superiores de música en el conservatorio de Viena, además de recibir las enseñanzas de sus padres y de profesores privados; a partir de esta época ya empieza a escribir una importante cantidad de canciones con textos de Heine, Lenau, Eichendorf y otros literatos ya comentados aquí en los escritos dedicados a ellos por Schumann, Schubert o Beethoven.

Otro de los grandes liederistas o compositores de canciones de lengua alemana fue Hugo Wolf, nacido en Windschgratz, región que actualmente pertenece a la antigua Yugoslavia, el 13 de marzo de 1860 y fallecido en Viena el 22 de febrero de 1903. A los quince años comienza sus estudios superiores de música en el conservatorio de Viena, además de recibir las enseñanzas de sus padres y de profesores privados; a partir de esta época ya empieza a escribir una importante cantidad de canciones con textos de Heine, Lenau, Eichendorf y otros literatos ya comentados aquí en los escritos dedicados a ellos por Schumann, Schubert o Beethoven. Su catálogo se nutre principalmente de sus "lieder" o canciones, algunas obras corales y teatrales, música para piano y, en mucha menor medida, instrumental: cuartetos de cuerda muy inspirados por Beethoven y el poema sinfónico para orquesta Penthwsilea. Desde 1884 al 87 Wolf fue crítico musical en el "Wiener Salonblatt", una modesta revista que gracias a los escritos del músico aumentó su tirada considerablemente. Los comentarios de Hugo Wolf eran ácidos, provocadores y llenos de una literatura truculenta. Sus mayores improperios iban dirigidos contra Brahms, pues lo encontraba poco original y sus obras le parecían falsas, llegando a escribir que sus sinfonías formaban "una cueva de topos".

En 1875 Wolf asiste a las representaciones de Tannhäuser y Lohengrin dirigidas por el propio Wagner, quien le atiende por un momento en su camerino, lo que provoca una admiración sin límites hacia el autor de Leipzig, tanto por el personaje como por la música, hecho que propició una imperecedera militancia wagnerista que conectaría con otras obsesiones de Wolf, ideas que compartiría con la ola antisemita liderada por Karl Lueger en aquella Viena liberal de la época, y de la que el propio Wagner formaba parte.

Por entonces sus estrafalarias ideas y algunos hechos ya hacían presagiar lo que sería su futuro y su temprano final. Fue un romántico ensimismado y obnubilado; nunca tuvo un hogar estable desde que vivió solo y erraba su soltería a cuestas mudando continuamente de alojamiento como un fugitivo: se ha escrito que quizá huía de sí mismo. Pensó en instalarse en Weimar, también en Lucerna, viajar a Estados Unidos o escapar en bicicleta cuando el mal neurológico que sufría ya estaba muy avanzado y le provocaba unos vértigos que le hacían perder el equilibro. Consecuentemente las relaciones con sus compañeros de oficio eran malas o nulas: en una ocasión coincidió durante un viaje con Bruckner, a quien admiraba, y apenas le dirigió la palabra. En su encuentro con un joven Richard Strauss el silencio por ambas partes fue sepulcral.

Indudablemente la admiración no se inclinaba hacia sus colegas contemporáneos a excepción de Wagner. Sí es cierto que gustaba de la tradición vienesa, sobre todo de Schubert, cuando era estudiante, y será por ello que sus primeras canciones rinden un clarísimo homenaje al músico vienés, al igual que a Schumann. Pero era tanta la admiración de Wolf por Wagner que sentía su poder sobre sí como una losa que interfería sobre su propia inspiración creadora; consideraba al autor de Parsifal como el superhombre que cubre el sol con su inmensa grandeza sumiendo al mundo en una completa oscuridad. En 1888, al conocer el fallecimiento de "su dios", se sienta ante el piano, y sollozando amargamente, interpreta la marcha fúnebre de El Ocaso de los Dioses. Erik Werba, quien escribió una magnífica biografía de Wolf, expone que su biografiado es una especie de Wagner del "lieder", y cree que sus canciones son las que el músico alemán podría haber compuesto y que son el único espacio musical que el genio le dejó por ocupar.

Conociendo ya, aunque sea superficialmente, la compleja personalidad de Hugo Wolf, en la próxima entrega lo haremos de su música, especialmente de sus canciones en general, puesto que fueron más de 300 las escritas por este músico de atormentada vida.