Goethe tuvo la oportunidad de conocer muy de cerca a tres jóvenes valores de la música; Mozart aparecía ya en el último capítulo de estos escritos, pero hay que añadir el gusto del poeta en que hubiera sido este compositor quien pusiese música al drama Fausto, pues aquel que había encontrado toda suerte de combinaciones del estilo para su ópera Don Giovanni no habría tenido ninguna dificultad en expresar con música la historia del desdichado Fausto. Pero Mozart ya había fallecido y las pruebas efectuadas con los músicos de su círculo no fueron de su agrado. Otra de las figuras del arte musical a quien Goethe pudo conocer fue a una Clara Wieck de doce años, concertista y virtuosa del piano; la futura esposa de Robert Schumann impresionó vivamente al poeta en un recital que tuvo lugar en su mansión una tarde primaveral de 1831. Aquella visita de Clara significó mucho para Goethe y no solo por su técnica y virtuosismo al piano sino también por su forma nueva de hacerle entender la música.
Años antes, en 1817, por indicación del maestro Zelter, amigo y profesor de música del poeta, se presentó en su casa, acompañado de su madre, un niño de ocho años llamado Felix Mendelsshon Bartholdy, quien, con sus interpretaciones al piano, encantó al dueño de la casa. Este hecho se repitió cuatro años más tarde y fue enorme el modo en que este "curioso joven pianista" impresionó a Goethe: por una parte los pocos años del músico inspiraron al poeta una actitud muy paternal y por otra, siendo consciente de las portentosas facultades del joven, no había visita que recibiese Goethe que se despidiese sin haber escuchado un mini recital a cargo de Felix durante el tiempo en que el pianista residió en su casa. Cuando regresó al domicilio familiar era reclamado frecuentemente por su "segundo padre", así que, acompañado por su hermana Fanny y el patriarca Mendelsshon, regresó a Weimar, y se cuenta que durante esa época, el ambiente en casa de Goethe era de extraordinaria alegría y cordialidad. Los hermanos Felix y Fanny eran personas de exquisitos modales. La relación con el músico se prolongó a lo largo de los años, organizándose veladas literario-musicales a las que asistían los artistas de la época.
Por otra parte, y algunos años antes de que ocurriese lo relatado, Goethe pensaba, después de haber muerto Mozart, en encontrar al compositor idóneo para musicar su Fausto, una obra que fue puesta en el pentagrama mucho después por Berlioz, Gounod y otros. Es extraño que el gran poeta y dramaturgo no pensase en Beethoven para este menester, y lo es hasta que conocemos la relación que mantenían entre ellos y lo poco que Goethe apreciaba al músico de Bonn; no solo por sus maneras poco refinadas y su genio poco amable, sobre todo desde que le sobreviniese la sordera. Y no es que el escritor no supiera valorar la música de Beethoven, pero lo hizo desde un cierto rechazo, considerando su obra demasiado moderna y extremada. Por su parte Beethoven consideraba el arte del poeta anclado en el XVIII y poco intencionado a evolucionar. En resumen, los dos artistas estaban condenados a no entenderse.
En la marea de la vida, en la corriente de los eventos
fluctuo arriba y abajo
me agito aquí y allá
Nacimiento y sepulcro, son un mar eterno...
Con el fragmento de este poema de Fausto se concluye esta entrega de "La literatura en la música..." Pero no nos despedimos de Goethe todavía, aún conoceremos la gestación de su obra más famosa, que junto a Las tribulaciones del joven Werther, marcan lo más conocido del literato.