Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Parte catorce.

En la última entrega de "La literatura en la música..." me ocupaba de Mendelsshon y sus canciones o "lieder" con textos de diversos poetas y, como quiera que en los comentarios al respecto había algunos comunicantes que confesaban no tener noticia de este músico, aclararé en este artículo quién fue mi amadísimo Félix Mendelssohn-Bartholdy.

En la última entrega de “La literatura en la música...” me ocupaba de Mendelsshon y sus canciones o “lieder” con textos de diversos poetas y, como quiera que en los comentarios al respecto había algunos comunicantes que confesaban no tener noticia de este músico, aclararé en este artículo quién fue mi amadísimo Félix Mendelssohn-Bartholdy. Para ello es necesario remontarse hasta 1729, año en el que nació su abuelo Moses, un judío alemán, filósofo, alto burgués e intelectual, y un personaje puntero de la Ilustración alemana. Tradujo el Antiguo Testamento y profesó una especie de religión “natural” o liberal que no tenía nada que ver con las iglesias y los cultos, hechos que propiciaron que su hijo Abraham se convirtiese al protestantismo y educara a sus hijos Fanny, Rebeca, Félix y Pablo en esta religión. Abraham empezó siendo empleado de banca como contable para, poco después, fundar su propio banco junto a su hermano Joseph. Así que cuando Félix nació la familia gozaba de muy buena posición ya que su madre, Lea Salomon, provenía de una próspera familia de banqueros prusianos de gran cultura; cantaba, tocaba el piano y dominaba el francés, inglés, italiano y griego. En la mansión de los Mendelssohn se reunían pintores, literatos y músicos de la época, en resumen toda la flor y nata de la cultura. Mientras se conversaba sobre viajes científicos o la espiritualidad del universo se podía escuchar tocar el violín a Paganini o a Heine leyendo sus poemas. Además de sentirse rodeado de artistas e intelectuales, Félix Mendelssohn gustaba de la buena vida, del refinamiento en todos sus aspectos: en su despacho había una preciosa chimenea de porcelana decorada y sus acuarelas adornaban las paredes, los muebles eran de un gusto exquisito y su piano había sido construido expresamente para él.

La atención que prestaba a su indumentaria, revelada a través de sus numerosas cartas con comentarios acerca de la moda, da fe de una, quizá estudiada, elegancia. Félix era delgado y menudo, de rostro vivaz y gesticulante, de grandes ojos negros; el cabello, de color castaño claro, se presentaba fino y abundante. Sus ademanes elegantes y lo afable de su carácter, aunque la ira hiciese acto de presencia de tarde en tarde, le hacían resultar simpático y agradable. Se puede considerar a Mendelsshon como un gran señor. Desde la edad de quince años, Félix compuso gran cantidad de obras, muchas de ellas de carácter descriptivo, sobre paisajes o poemas. Durante sus numerosos viajes se dejaba impresionar por el ambiente de los países que visitaba y surgían sinfonías tan bellas como La Escocesa o La Italiana. Pero a pesar de pasar mucho de su tiempo fuera de su patria, siempre regresaba y ponía su mayor empeño en expandir las artes dentro de sus fronteras. El rey Federico Guillermo IV de Prusia fue su admirador incondicional y le encargó que organizase la vida musical de Berlín. Durante sus estancias en Londres era recibido en privado por los reyes, compartiendo mesa con Sir Walter Scott o acompañando a la Reina Victoria en sus canciones. Murió en Leipzig en 1847, a los treinta y ocho años, dejando viuda y cinco hijos y cumpliendo un deseo repetido desde el fallecimiento de su hermana Fanny, a quien adoraba: morir joven, antes de que la decadencia o la decrepitud apareciesen. Sigue viva su hermosa música y su espíritu se encuentra en aquellas canciones que inspiraron los textos de sus poetas preferidos, como este de Lenau:

Llorando se baja mi mirada
A través del alma profunda,
Tu dulce recuerdo me pasa
Como una oración nocturna.