Opinión

La literatura en la música (o viceversa). Octava parte.

Pero no sólo Mozart puso música a unos textos faltos de interés. Goethe es el autor de la dramática canción "La violeta", fechada el 8 de junio de 1785, y ante un poema de expresión patética y nostálgica como éste, en que se entrevé una posible alusión autobiográfica, el compositor destapa el frasco de las esencias, y con unas sutiles modificaciones del ritmo, los elocuentes silencios y la expresividad de su clima, pergeña una obra en la que la calidad del texto y de la música caminan de la mano a través de ambas inspiraciones.

Pero no sólo Mozart puso música a unos textos faltos de interés. Goethe es el autor de la dramática canción “La violeta”, fechada el 8 de junio de 1785, y ante un poema de expresión patética y nostálgica como éste, en que se entrevé una posible alusión autobiográfica, el compositor destapa el frasco de las esencias, y con unas sutiles modificaciones del ritmo, los elocuentes silencios y la expresividad de su clima, pergeña una obra en la que la calidad del texto y de la música caminan de la mano a través de ambas inspiraciones.

Mozart se apoya en el poema de Hagedorn “La anciana” para lograr un ambiente nostálgico en el que la voz ha de recrear el timbre de una mujer de edad avanzada. La partitura recuerda el lenguaje del neobarroco que se adapta a la perfección al espíritu del texto.

La canción sobre las palabras de Ludwig Holty, “La visión”, es otra de las pruebas que demuestran lo imprescindible de la unión del verdadero poeta y un músico de capacidades ilimitadas. Aunque los críticos y estudioso afirmen que, en el terreno liederístico, Beethoven tiene una ubicación modesta, si se atiende en profundidad al género cultivado a lo largo de más de 80 canciones del autor, un buen número de ellas son obras de un altísimo nivel, con la ayuda, claro está, de los grandes literatos que le sugirieron aquellas hermosas melodías, como “Adelaide”, con texto de Matthisson, escrita en 1795, de un encanto fluido y delicado.

No podía Beethoven dejar de poner en música los poemas de su admiradísimo y desagradecido Goethe: “Canción de mayo” y “Marmotte” son dos de los más bellos ejemplos del binomio, así como “Solo quien sabe de anhelo”, en la que Beethoven otorga, al ya de por sí poema pleno de nostálgica amargura, el clima más apropiado con su música honda y recóndita.

Aunque la producción liederística de Beethoven contenga un importante valor poético-musical, los verdaderos impulsores de esta modalidad que vivieron en el XIX no son otros, y por orden de venida al mundo, que Franz Schubert, Robert Schumann y Johannes Brahms. Tres grandes nombres de la música que hermanaron su talento con varios de los poetas más ilustres de su tiempo o, en algunos casos, anteriores a él.

Sería tarea imposible traer a este artículo la totalidad de los trabajos vocales schubertianos pero sí que me detendré en los más conocidos: el primero y más extenso ciclo de canciones escrito por Schubert data de 1823 y en él se refleja el ambiente campestre, alejado de las multitudes ciudadanas y de la opresión y las prisas de la época (qué desesperación la del músico si hubiese vivido en alguna de las grandes ciudades de hoy en día).

En la colección de lieder titulado “La bella molinera”, con textos del poeta Wilhem Müller, se encuentran los hermosos paisajes que muestran el murmullo de los arroyos o el verdor de los campos, y sus protagonistas son esos mismos accidentes de la naturaleza, lugares en los que se desarrollan las peripecias de los personajes.

Müller utilizó una métrica muy simple que podía potenciar muy eficazmente la puesta en música; así los veintitrés poemas que relatan el infeliz amor de un molinero por la bella se convierten en uno de los más preciosos ciclos musicales que se conocen. Más considerado, si cabe, poética y musicalmente que el anterior es el titulado “Viaje de invierno”, también sobre una colección de poemas de Müller.

De nuevo Schubert se identifica rápidamente con el texto y reflexiona ante ese “viaje interior” del poeta que es su propio viaje y compone una obra que resulta ser casi la novela de su vida. La expresiva intensidad de cada canción, la progresión de un íntima unión entre la voz y el piano, dan pie a la realización de esta obra sublime. (Continuará)