Opinión

Somos una iglesia que camina

En muchas ocasiones, cuando he viajado de un lado a otro, me ha gustado pasar por las iglesias para hacerle una visita al Señor y siempre es una experiencia maravillosa, porque sientes su presencia en el silencio que te envuelve. Te ayuda todo: las imágenes de especial devoción, que te transportan al misterio; el suave olor a incienso, que pulula en el ambiente; los rayos de sol que se aventuran a pasar por las vidrieras centenarias señalando, en su atrevimiento, espacios de arco iris que te evocan la paz; la temblorosa lámpara del Sagrario es, en estos momentos tan intensos, la hoguera donde Dios se manifestó a Moisés diciéndole: “descálzate, que pisas tierra sagrada”. Y ahí, delante de Dios, te imaginas a la comunidad que se reúne todos los domingos cantándole a Nuestro Señor, con una sola voz: “somos la Iglesia que camina y juntos caminamos…”.

En muchas ocasiones, cuando he viajado de un lado a otro, me ha gustado pasar por las iglesias para hacerle una visita al Señor y siempre es una experiencia maravillosa, porque sientes su presencia en el silencio que te envuelve. Te ayuda todo: las imágenes de especial devoción, que te transportan al misterio; el suave olor a incienso, que pulula en el ambiente; los rayos de sol que se aventuran a pasar por las vidrieras centenarias señalando, en su atrevimiento, espacios de arco iris que te evocan la paz; la temblorosa lámpara del Sagrario es, en estos momentos tan intensos, la hoguera donde Dios se manifestó a Moisés diciéndole: “descálzate, que pisas tierra sagrada”. Y ahí, delante de Dios, te imaginas a la comunidad que se reúne todos los domingos cantándole a Nuestro Señor, con una sola voz: “somos la Iglesia que camina y juntos caminamos…”.

Cada uno de nosotros somos la Iglesia que camina, estamos en el mundo, pero no le pertenecemos. Atrás vamos dejando las incertidumbres, dudas, vacilaciones, inseguridades, indecisiones y titubeos; por eso, porque somos la Iglesia que camina. La Iglesia vive la esperanza, tiene seguridades, todos llevamos en nuestras manos el libro de ruta y sabemos a dónde nos dirigimos. ¡Somos hijos de Dios! Escuchad este domingo lo que nos dice el apóstol Santiago en la segunda lectura: Dios ha elegido a los pobres para hacerlos herederos del Reino. ¿Qué más queremos?

Nuestra Diócesis tiene claro cuáles son nuestras necesidades, por eso hemos puesto los cinco objetivos prioritarios. En este tiempo veréis que tanto en las parroquias, arciprestazgos o vicarías iremos construyendo el trabajo para este año, los deberes que hay que hacer, unos y otros; debemos colaborar todos, nadie debe sentirse excluido. El Papa Juan Pablo II nos decía con mucha claridad que “no se trata de inventar un programa nuevo. El programa es el de siempre, el recogido por el Evangelio y por la Tradición viva de la Iglesia. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas” (NMI, 29) y prioriza siempre la santidad (cfr NMI, 30-31), la oración (cfr NMI, 32-34), la eucaristía dominical (cfr NMI, 35-36), el sacramento de la reconciliación (cfr NMI, 37), la primacía de la gracia (cfr NMI, 38), la escucha de la Palabra (cfr NMI, 39) y el anuncio de la Palabra (cfr NMI, 40).

Estas cosas que nos indicaba el Papa están recogidas en nuestro proyecto diocesano, que para este mes iréis viendo en vuestras parroquias, en los consejos de Pastoral Parroquial y en otros foros, pero aquí os muestro un adelanto. Primero, conseguir una Iglesia que potencie la formación de todos sus fieles y, especialmente, de los agentes de pastoral. En segundo lugar, la atención pastoral al matrimonio y a la familia. La Eucaristía dominical como fuente y cumbre de la vida cristiana es otro de los objetivos diocesanos, junto al crecimiento de la Iglesia en Comunión y Caridad. Por último, queremos una Iglesia que trabaje por la pastoral vocacional.