El síndrome de Podemos

Tal y como están las cosas, mucha gente, cuando llegue el momento de las urnas, como está tan asqueada, tendrá ganas de votar al hombre de la coleta. Lógico. Toda la vida se han depositado las esperanzas del ser humano en lo que puede llegar. No le queda más remedio para sobrevivir. Pensar que lo que venga será mejor. Pero, ¡ay!, cuando el futuro se hace presente, pasadas las primeras ilusiones volvemos a empezar con otros.

Tal y como están las cosas, mucha gente, cuando llegue el momento de las urnas, como está tan asqueada, tendrá ganas de votar al hombre de la coleta. Lógico. Toda la vida se  han depositado las esperanzas del ser humano en lo que puede llegar. No le queda más remedio para sobrevivir. Pensar que lo que venga será mejor. Pero, ¡ay!, cuando el futuro se hace presente, pasadas las primeras ilusiones volvemos a empezar con otros.

Que a lo mejor en el fondo, su partido no es tan diferente a los demás. Podría ser incluso que les sobrepasase en lo malo, aunque fuese de otra manera. Por no haber ganado nunca lleva ventaja, porque pueda aparecer ante el electorado como un partido no contaminado por el clima de corrupción que se respira. Aunque los ataques (como a todos) que ha recibido últimamente, y que seguirá recibiendo, ha mancillado ya su imagen de incorruptibilidad.

Precisamente, el “Incorruptible” era el sobrenombre del jacobino Robespierre. El hombre puro, austero, que se creía con el derecho de guillotinar a los demás durante la Revolución Francesa. Porque él se veía a sí mismo como el instrumento de ese Ser Supremo que había sustituido al Dios cristiano de tantos siglos. Y por tanto, nadie estaba por encima de él. Así, hizo rodar las cabezas de revolucionarios girondinos, hebertistas e indulgentes (entre los que se encontraba su antiguo compañero de fatigas, Danton), además de nobles, clérigos y monjas, y gentes diversas a las que se creía enemigas de la revolución. Al final probó su propia medicina un 28 de julio de 1794.

Es lo que suele pasar con los bruscos cambios de régimen (dicho sea en sentido muy amplio) y en las revoluciones. Recibidos sus hombres con ilusión y esperanza -que como es sabido, es lo último que se pierde-, enseguida acaban con ellas. El poeta y dramaturgo almeriense Francisco Villaespesa (1872-1936) lo supo expresar como pocos: “Esas ilusiones que a adelantarnos vienen son como las nubes: en el aire nacen y en el aire mueren”. Pues bien, para mucha gente este puede ser el sino de Podemos. Las expectativas que han creado a muchas personas no son más que consecuencias del listón tan bajo que hay a su alrededor. Van a recoger la desesperación del personal, sin otros méritos conocidos.

¿Qué han hecho los partidos que están a día de hoy, para que merezcamos que tengan posibilidades de  gobernarnos una formación que da miedo (según encuestas) a un tercio de la población? Un partido que no ha renegado de los orígenes marxistas-leninistas de sus líderes. Una ideología con millones de muertos a sus espaldas. Ya veremos de aquí a las elecciones, por la cuenta que les trae. Y esas vinculaciones con el régimen venezolano. Formaciones así tan radicalizadas no parecen ser el remedio a nuestros males. Los que tampoco quieren, saben ni pueden resolver los partidos del arco parlamentario. O sea, que habrá que elegir entre Guatemala y Guatepeor. Y perdón a los guatemaltecos, que tienen la mala suerte de tener al final del nombre de su país ese perverso juego de palabras.

Ojo con los mesianismos, pero ojo también con el “establishement”, que se ha granjeado, como poco, la desafección de los españoles. ¿Tendrá algo que ver cuándo mucha gente ha entrado en la pobreza?