Opinión

Entre lobos y corderos

Ya está instalada la crisis económica entre nosotros. Ya no se trata del Producto Interior Bruto (PIB), ni del índice de no crecimiento de la economía española o aragonesa, ni de la inflación o deflación. Ni siquiera del índice del paro o del de personas ocupadas, cifras que se utilizan en función de cuál sea el mejor, para así atontar al personal. Que dicho sea de paso, ya no se cree nada. Ni a nadie. Esto es el hundimiento del Titanic. ¡Sálvese quien pueda!

Ya está instalada la crisis económica entre nosotros. Ya no se trata del Producto Interior Bruto (PIB), ni del índice de no crecimiento de la economía española o aragonesa, ni de la inflación o deflación. Ni siquiera del índice del paro o del de personas ocupadas, cifras que se utilizan en función de cuál sea el mejor, para así atontar al personal. Que dicho sea de paso, ya no se cree nada. Ni a nadie. Esto es el hundimiento del Titanic. ¡Sálvese quien pueda! Ya no existen la solidaridad, el bien común y todas esas cosas tan bonitas. Ya sólo son palabras sin contenido. Se nota en el ambiente que cada uno va a lo suyo. Ya sin caretas. La ley de la jungla.

El filósofo inglés del XVII Thomas Hobbes hablaba de “bellum omnium contra omnes”, o sea,”guerra de todos contra todos”. Pues bien, ya está aquí. Porque la crisis no afecta a un grupo, profesión, clase social, bien sea cultural o económica, sino que es independiente de su formación. Y los que de momento se salvan, si esto continúa, acabarán también pagándola. Y, aparte de las personas honradas que, aunque parezca mentira, también las hay, existen otros muchos que aumentan sus ingresos a costa de las pérdidas de los demás. Se ha incrementado el número de especuladores, como en todas las épocas de escasez. Se ha incrementado el número de morosos. Las mejores personas son pasto de las dentelladas de las fieras.

Siguiendo con Hobbes, “home homine lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). El más desprotegido sale peor parado. Todos cuantos dominan la ingeniería financiera están en muchas mejores condiciones para afrontar la crisis. Y además, algunos conocen lo que hay de verdad y de mentira en las cifras que se ofrecen al común de los mortales. Después de esta crisis, ya nada volverá a ser como antes. Ni las personas estarán donde estaban. Una crisis económica no deja de producir los mismos efectos que una revolución. Y la especulación, que se dice con la boca pequeña que se quiere atajar, es la guillotina del nuevo Robespierre invisible.

Y las cabezas sanguinolentas que rodarán serán las de la buena gente, esa que decía Jean-Jacques Rousseau que era buena por naturaleza y que era la sociedad la que la pervertía. Cierto que las instituciones, organizaciones, grupos y diversas tribus protegen siempre al “hombre lobo”, oculto entre la maraña burocrática de un frío logotipo, que es siempre el malo, para no dar la cara, y así poder devorar al corderito. Pero no es menos cierto que también hay mucha gente poco recomendable que, tanto en épocas de bonanza (por codicia) como en épocas turbulentas (por supervivencia), campan a sus anchas.

El “buenismo” del enciclopédico iluminista ginebrino -ya tardío y algo renegado- está muy lejos del pesimismo antropológico del mencionado empírico inglés. La realidad es, como casi siempre, ni blanca ni negra, sino que es gris. Es precisamente en las épocas más tormentosas cuando más claramente se ve al hombre bueno (a veces heroico) y al hombre malo. Cuando mejor se distingue el grano y la paja. Como ahora mismo.