La cuestión humana

Hace bien poco disfruté de la película más lúcida que he visto durante mucho tiempo. Si uno es capaz de no cansarse con esa lenta cadencia típica de los “films-conversation” de la cinematografía francesa, les auguro que van a entender perfectamente todo lo que pasa y lo que les pasa día a día.

Hace bien poco disfruté de la película más lúcida que he visto durante mucho tiempo. Si uno es capaz de no cansarse con esa lenta cadencia típica de los “films-conversation” de la cinematografía francesa, les auguro que van a entender perfectamente todo lo que pasa y lo que les pasa día a día. Entre la guionista Elisabeth Perceval y el director Nicolas Klotz, el film basado en la novela homónima de François Emmanuel desentraña los atribulados tiempos que nos toca vivir. Y aún más, enlazan con la historia de la humanidad, y más concretamente con una de las etapas más siniestras del pasado reciente: el nazismo. Pero podía haber sido también con el estalinismo o con el maoísmo.

Y es que el nuevo nazismo ya está aquí –nos dicen los citados autores- en forma de sistema empresarial del neocapitalismo salvaje. Me resisto a aceptar como liberalismo un sistema que tiene de todo menos libertad. Y cuyo concepto ha sido utilizado como sinónimo de ese capitalismo salvaje que, como esos monstruos gelatinosos de las películas de terror, se infiltran por cualquier resquicio de nuestras vidas. Si se han fijado bien, ya no se habla más que en términos económicos. Han conseguido que absolutamente todos nos expresemos en esa nueva jerga inventada, de la cual no nos podemos escapar. Esa jerga abjura del ser humano y reduce todo a cantidades y objetos de producción. Ya no hay lugar para las personas, las cualidades (y calidades) ni sentimientos. Vales en cuanto vales para llevar el fusil-ametralladora. Como en la mili de antes.

Vamos, que se está produciendo la mayor mutación del hombre quizá de todos los tiempos. Y ni nos enteramos. Nos manejan los poderes (que son muchos y variados) como quieren. Muchos son a la vez poder y víctima de ese mismo poder. ¡Cuántos que se creen jefes son explotados por “grandes hermanos” invisibles y lejanos! Y entran, como los borreguitos de Chaplin en “Tiempos Modernos”, en la cadena de la competitividad y de la alienación. Totalitarismo.

Y ya no hablamos. Total, para qué. Si –como decía Soledad Puértolas- todo es mentira. Si no nos podemos creer las palabras de nadie. Sólo vale lo que queda registrado. Y a veces, ni aún eso. Siempre habrá algún truco. Sólo se oye hablar de negocios, dinero, poder. Pero desde el último pringadillo. Los amigos se confunden con los socios y así cuando se acerca alguien ya no sabes si viene buscando algo o si sólo quiere compartir contigo tu charla y tu amistad. Fíjense que antes había muchas tertulias “inofensivas” para divertirse, ahora son para conseguir algo. Una comida de negocios. Y ya ha tomado carta de naturaleza hasta en los anuncios. Dicen: tu comida de negocios en… Encima tuteando a tan empingorotados magnates.

Pero, ¡diantre! ¿Es que no se puede reunir ya uno con la gente más que para sacar dinero o poder, que a la postre viene a ser lo mismo? ¿Es que se ha perdido el gozoso placer de la conversación? Placer que sólo sabe paladear el que lo conoce. Placer barato, que, claro, no lleva consumo, y por tanto, no mueve la economía directamente. Pero no indirectamente, porque la satisfacción y aquello de lo que se habla, seguro que llevará a consumir. O sea, que hasta en eso se equivocan los economicistas, que nos llevan a un mundo frío, sin alma, de robots. La degeneración de un capitalismo, que siempre se había considerado opuesto a un brutal estatalismo burocrático. Y que al final –miren por donde- han convergido. ¡Sálvese quien pueda, mutantes!