¿Hacia dónde vamos?

Con el pasar de las décadas, el ser humano olvida y aparecen nuevas generaciones que no han conocido los horrores de una guerra. Y empieza a hacer tonterías y a jugar a llevarse mal. A querer separar lo que ya estaba unido. Cuando hay separaciones previas, generalmente luego vienen los divorcios… y la guerra por los hijos. Con los pueblos pasa lo mismo.

La realidad cotidiana mundial parece ya el preludio del apocalipsis. Con unos gobernantes que, salvo excepciones, dejan mucho que desear, los peligros que nos acechan están aquí ya. Después de la Segunda Guerra Mundial y de unos años de postguerra horribles para todos, Europa –principal damnificada por esa terrible época- inició un despegue y una recuperación prodigiosa. Nos olvidamos –queremos olvidar- de las grandes migraciones de la Europa central, que modificaron las fronteras de los países, dejando bolsas de etnias y religiones aisladas de sus gentes. Las venganzas posteriores a toda guerra, entre unos pueblos y otros. Los rusos empujaban hacia el oeste a otros pueblos eslavos y estos a los germánicos.

Pero gracias a prohombres como el canciller de la República Federal Alemana Konrad Adenauer, como el italiano Alcide de Gasperi o más tarde los padres del Mercado Común Europeo, o sea de Europa, Jean Monnet, Henry Spaak y Robert Schumann, los países –con un sentido de unión- volvieron a resurgir. El llamado “Milagro Alemán” es el paradigma de esta resurrección. Bien, que ayudado éste y los de otros países por “el amigo americano” del Plan Marshall.

Por causa de la gran catástrofe, se fue instaurando un pacifismo de poso en las mentalidades de las gentes. La gente trabajó y trabajó hasta alcanzar casi todos un nivel de vida aceptable. Apenas existía la explotación del hombre por el hombre. Pero con el pasar de las décadas, el ser humano olvida y aparecen nuevas generaciones que no han conocido los horrores de una guerra. Y empieza a hacer tonterías y a jugar a llevarse mal. A querer separar lo que ya estaba unido. Cuando hay separaciones previas, generalmente luego vienen los divorcios… y la guerra por los hijos. Con los pueblos pasa lo mismo. Aparte de la  agrandada brecha interna entre ricos y pobres, lo hay también entre países cada vez más gobernados por elementos más peligrosos y con menos seso. La extravagancia es la antesala de la guerra.

Primero se hacen tonterías, luego se dicen (o tuitean) las mayores estupideces del mundo. Luego vienen las amenazas. Y finalmente se llega a la acción. Jugando todos a los misiles y a defender el colonial peñón que conquistaron los ingleses para el Archiduque Carlos de Austria, o sea para España. Pero hablando de “guerra”, que ya se empieza a repetir por otros protagonistas. ¿Qué pasa? Ya se ha empezado la gente a hartar de la paz. Lo sorprendente y aterrador es que se empieza a oír la palabrita por doquier.

En cambio al pacifismo se le coloca entre los fuera del sistema. La mal llamada crisis económica es el telón de fondo de todo esto. Y digo mal llamada, porque no es sino el latrocinio que se ha producido a la manera de una revolución silenciosa. En el fondo, el expolio de los demás es el objetivo de todas las guerras. Hace un tiempo pensaba que hablar de guerra era muy fuerte. Escribirlo aún más, pues pensaba que era asustar a la gente antes de tiempo. Porque es cierto que ya toca. Demasiados años (72) sin guerras en Occidente. Creíamos que las guerras eran para otros. Pues que no jueguen demasiado a los misiles, no se vayan a disparar solos. Confiemos en que se imponga el sentido común.