Es muy frecuente cuando se analiza la labor de cualquier presidente, decir que la primera parte del mandato fue buena, y en cambio, la segunda le llevó al desastre final. Ha pasado con Bush, Blair, Felipe González… y ahora con Zapatero. Esto no es más que una sensación subjetiva de ilusión con el cambio, pensando que lo nuevo siempre será mejor. Pero cuando pasa el tiempo, se pierde el estado de gracia y se ve que los presidentes son… demasiado humanos. Y les ciega la soberbia. No escuchan. Pero también cansan más, se les perdona menos.
Viene esto a cuento de la debacle socialista en las últimas elecciones municipales y autonómicas y que, en gran parte, se debió a la desastrosa gestión de Zapatero. Pero desde el principio. Este “Mr Bean” del poder desarrolló unos primeros cuatro años de revanchismo nostálgico absoluto. Y además, errando el blanco, pues el PP nada tiene que ver con el franquismo. Abducido por las minorías, con auténtica querencia por epatar al personal, quiso enfrentarse con muchos colectivos a los que “quería darles una lección”. Reabrió la historia de una guerra civil que estaba feliz y mayoritariamente bien cerrada, con asuntos que solo podían preocupar a poquísimas (aunque respetables) personas, y que perjudicaban grandemente al clima general del pueblo español. Demasiada “Memoria Histórica”, Valle de los Caídos, educación sectaria de la ciudadanía… Pensé que ese clima de enfrentamiento entre buenos y malos nos podría llevar al desastre, pero que, cuando empezó, la situación económica boyante atemperaría las inquinas individuales que, no obstante, se fueron creando. ¡Mientras hay pan para todos…!
Pero llegó la crisis económica mundial, de la que no tuvo la culpa Zapatero. Pero sí que tuvo culpa en no querer reconocerla a tiempo, lo que hubiese evitado el paro galopante de cinco millones de españoles. Venga a dar largas, diciendo que la economía se recuperaría al trimestre siguiente. Pero cuando esto sucede ya todos los trimestres, los ciudadanos, que no son tontos, se sienten dolidos de que les tomen el pelo cuando sienten la triste realidad en sus carnes.
El tercer error de Zapatero fue cuando hace un año siguió diciendo las mismas cosas de siempre (que probablemente sentía), mientras tenía que aplicar unas medidas diametralmente opuestas, emanadas de las directrices financieras mundiales, lo que le quitó la credibilidad de los suyos. La de los otros ya no la tenía, lo que ha acabado en el abandono y en la soledad más absoluta.