En busca del tiempo perdido

No, no me estoy refiriendo al tiempo perdido de Marcel Proust, sino a lo lentamente que caminan los políticos, que se van pareciendo cada vez más a los pasos cardenalicios en las ceremonias vaticanas, quienes -aparte de otras consideraciones- dependen también como es lógico, de la senecta edad de los purpurados. Pero en el caso de nuestros políticos, decididamente no es así, pues nuestros diputados están entre los más jóvenes de Europa. A pesar de ello, y aunque llevemos un año de gobierno en funciones, no hay ninguna prisa en acabar con esta situación de interinidad.

No, no me estoy refiriendo al tiempo perdido de Marcel Proust, sino a lo lentamente que caminan los políticos, que se van pareciendo cada vez más a los pasos cardenalicios en las ceremonias vaticanas, quienes -aparte de otras consideraciones- dependen también como es lógico, de la senecta edad de los purpurados. Pero en el caso de nuestros políticos, decididamente no es así, pues nuestros diputados están entre los más jóvenes de Europa. A pesar de ello, y aunque llevemos un año de gobierno en funciones, no hay ninguna prisa en acabar con esta situación de interinidad.

Si no, no se explica cómo los procesos posteriores a las dos elecciones hayan sido tan lentos, y hayan necesitado tantos días. Situación que se repite en esta nueva investidura. ¡Si la suerte ya está echada! Aunque se pudiese hacer cambiar el voto supuestamente negativo de algún que otro diputado –que además será a viva voz, o sea, que se retratan- no se llegaría a modificar la elección de Rajoy. Estoy hablando en estos momentos del tinglado del dividido Partido Socialista. Entonces, por qué va todo tan lento si este paso de tortuga lo han provocado los que tienen en sus manos acelerarlo. Que hasta el día 31 de octubre no tengamos presidente del Gobierno es una burla más a la ciudadanía.

Cierto que son pocos días, pero los gestos tras esta política sin política, tan duradera, son muy importantes. Y puesto que a millones de españoles les ha roto la vida esta larga espera durante la que ni siquiera se atisba la más pequeña luz al final del túnel del futuro, nuestros representantes están obligados moralmente a darse prisa para subsanar este mal del que no se puede acusar precisamente a Ángela Merkel, que viene muy bien para echarle todas las culpas. Que la microeconomía no ha despejado a lo mejor por este impasse. Y a lo peor, la macroeconomía tampoco.

No podemos entender que la brecha entre los políticos en general y el resto de la ciudadanía sea tan tremenda. ¿En qué país viven los de arriba? ¿En los mundos de Yupi? ¿Es que les da igual cómo viven los que no tienen sus privilegios? Aparte de que su actitud suscita dudas sobre que sean tan necesarios. Es como abrir la caja de los truenos a los enemigos de la democracia, que los hay, y más de lo que parece, aunque enmascarados o callados. Si no hubiesen cobrado por no trabajar –me refiero, claro está, a los que toda su labor se limita a calentar el sillón donde echan las cabezadas-, seguro que se hubiese solucionado todo hace un año.