Un año nuevo de verdad
Nunca un año nuevo ha estado tan cargado de la sensación de que van a cambiar muchas cosas. Un año (2016) para el mundo y para España en particular, que estará marcado por algo que se ha dado muchas veces en la Historia, pero muy pocas veces con varios atributos juntos. Estos son así, “grosso modo”: la incertidumbre, la volatilidad y la celeridad.
Lo de la incertidumbre lo veníamos llevando con nosotros desde que estalló la crisis económica y aún antes. Es de esas incertidumbres que afectan a todo el mundo, aunque a unos más y a otros menos. Por ejemplo en Francia y en Europa en general, en los procelosos tiempos de la Revolución Francesa (1789) cuando temblaba el trono de Luis XVI, del “Terror” de la guillotina de Robespierre, del Directorio de la nueva burguesía, del triunvirato consular, del consulado de Napoleón, y posteriormente de su coronación como emperador. Por no hablar de su extradición obligada por los ingleses a la isla mediterránea de Elba, muy cerca de su Córcega natal. De su definitiva derrota en Waterloo y su prisión final en la atlántica isla de Santa Elena. Todo en solo 26 años.
Esta época contiene casi todos los ingredientes de hoy. Que no sabemos nada de lo que nos espera. Que no sabemos si caen definitivamente las pelucas o se mantienen, aunque sea con equilibrio inestable. Pero también es común a ambas épocas la volatilidad. Como en los mercados financieros. Hoy es una cosa. Mañana otra. Pasado mañana otra. Porque está la gente muy nerviosa y, claro, torna de opinión cada dos por tres. De ahí, los cambios y las indecisiones electorales. Y como el individuo A cambia, pues esto repercute en el B… y en el Z. Porque todos dependemos unos de otros. Conozco a gente que en una tarde cambia de hora de encuentro hasta seis o siete veces. Y en la mayoría de los casos es porque otros le han movido, porque a su vez también se ha visto obligado. Así no hay manera de intuir, y menos de saber qué nos depararán los próximos cinco minutos.
Esto vale también para los asuntos laborales, repletos de incógnitas de todo tipo. Nos decían hace años que teníamos que estar preparados para trabajar en cualquier cosa cada dos meses. Y que iban a desaparecer los trabajos para toda la vida. Lo que no nos imaginábamos es que esto –salvo para unos privilegiados- iba a ser una coctelera de trabajos basura de tipo estacional en el mejor de los casos.
El tercer atributo mencionado es la celeridad. La velocidad con la que se hace todo. Da igual que se realice bien o mal. Lo importante es que haya mucha productividad. Lo de siempre. La cantidad se ha impuesto sobre la calidad. Y todos con la lengua fuera. Todo esto no sabemos si beneficia a alguien y por eso se impone. Pero lo que está claro es que perjudica al consumidor y al productor (en sentido amplio) que hace las cosas bien. Existe una inercia muy fuerte para que no cambien las coordenadas de incertidumbre de nuestra sociedad. A unos les irá bien y a otros (los más) mal. ¿Sería posible que estuviésemos mal acostumbrados? El gran literato francés Alphonse Karr decía: “Consideramos la incertidumbre como el peor de todos los males, hasta que la realidad nos demuestra lo contrario”. Por eso, a pesar de todo, hay que seguir deseando un Feliz Año Nuevo.