Opinión

Noviembre

El mes de las ánimas. Así lo denominaba, creo recordar, el acervo popular. Pero a día de hoy, a lo que se ve, nos empeñamos en importar e inocular nuevas costumbres, nuevos modos, ¿nuevos valores?… y nuevos disfraces.

El mes de las ánimas. Así lo denominaba, creo recordar, el acervo popular. Pero a día de hoy, a lo que se ve, nos empeñamos en importar e inocular nuevas costumbres, nuevos modos, ¿nuevos valores?… y nuevos disfraces.

Todo sea por contribuir al consumismo redentor, en una especie de “carpe diem”, de aprovechar el momento, que nos aliena de nuestro presente, aunque no nos proponga ningún futuro ilusionante o plantee esperanza alguna, digna de ser considerada.
 
Y eso que también seguimos prestando atención, y cursando visita a nuestros camposantos, morada de quienes descansan esperando a los suyos, que somos nosotros. Lo cual no deja de poner en evidencia una de las contradicciones propias de nuestra humana condición, aquella que manifiesta nuestra inveterada afición de perseverar en el error.

El recuerdo y la memoria de quienes nos precedieron coloca ante nuestra mirada una comprensión de su historia, inacabada tristemente, en su mayoría, de los valores por los que vivieron, de su visión y misión en este mundo y, también, de nuestro origen y destino.

Independientemente de nuestras creencias, en relación a otra u otras vidas, o de cómo afrontemos la muerte de nuestros seres queridos, resulta radicalmente cierto que a todos nos concierne la finitud de la existencia, o al menos debiera.

Pero no resulta nada fácil, convengamos. Así que, será por eso, que lo del disfraz y la calabaza campa cada vez más por sus respetos: de invasión. Que ya me dirá usted qué tipo de respeto es ése. Pero es lo que hay. Es lo que tiene este mes, melancólico donde los haya, oiga.