Puentes del río Ebro en Zaragoza. Puente de Piedra (I)

Iniciamos una nueva serie de artículos con el ánimo de recordar nuestro patrimonio zaragozano, en la inteligencia de que cuanto más lo conocemos, más lo apreciamos y cuidamos. Conocer la historia de monumentos y edificios singulares es disfrutar de lo que vemos en nuestra vida cotidiana y defender su conservación.

Los puentes conectan espacios y personas, son los vínculos de territorios separados por el río Ebro y unidos por infraestructuras que nos permiten admirar la belleza de las aguas, las corrientes, la fauna y la flora. Una delicia para los sentidos.

Se desconoce la fecha del primer puente, aunque se intuye que ya los íberos, con ‘Salduie’ a la vera del curso fluvial, tendrían algún medio de paso a la orilla opuesta. Lo mismo con los romanos cuando erigieron ‘Caesaraugusta’ en el siglo I a.C.; pues seguro que tendrían un puente similar a otros de su vasto imperio, que sería práctico y resistente a los embates de las riadas.

Sabemos por documentos que el Puente de Piedra o Puente Mayor, según autores, data del siglo IX porque se habla de su destrucción y posterior restauración el año 839, durante el mandato de Abderramán II. Ese mismo hecho, como veremos, se ha repetido varias veces a lo largo de la historia de dicha infraestructura. Así, por ejemplo, ocurrió algo parecido en el siglo X con Abderramán III, que fue derruido y su reparación perduró hasta la conquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador.

A mediados del siglo XIII se levantó un nuevo puente con sillares y, pocos años después, en 1269, hubo un puente de tablas para conectar ambas márgenes del Ebro. Una fuerte riada, acaecida el 5 de agosto de 1435, derribó el arco central del puente cuando estaban al final de su reconstrucción y causó la muerte de cinco personas. Hay una inscripción con la fecha de 1437, que podría ser la de su reedificación; sin embargo, se acepta la de 1440, obra de Gil de Menestral.  

La ‘Vista de Zaragoza’, de Anton Van den Wyngaerde, en 1563, nos muestra la estructura del Puente de Piedra, con torres almenadas en los tramos centrales y puertas en los extremos; de hecho, en la meridional se aprecia la Puerta del Ángel. Una vista posterior, realizada en 1647 por Juan Bautista Martínez del Mazo y atribuida a Diego Velázquez, nos permite observar los arcos hundidos a causa de la riada de 1643, y las ausencias de la puerta anterior y la torre central.

En 1659, el maestro rosellonés Felipe Busiñac dirigió las obras para levantar los vanos hundidos y se reforzaron los espolones y tajamares para dar mayor consistencia al conjunto. Así permaneció hasta el final de la estancia de los franceses en Zaragoza después de los Sitios, ya que el 9 de julio de 1813 partieron de la ciudad hacia el norte por el Puente de Piedra y, a modo de recuerdo, volaron el último arco y la iglesia de Altabás, en el barrio del Arrabal. Hace diez años, en la ciudad se conmemoró ese hecho con un acto institucional y se colocó un Peirón en el entorno del Balcón de San Lázaro, con episodios de lo ocurrido en las cuatro caras de la obra.

Ya hemos citado en alguna ocasión que en 1784 se desarrolló en Zaragoza la energía hidroeléctrica, en 1861 llegó el ferrocarril; en 1885, el tranvía, y en 1905 se matriculó el primer automóvil, un Clement-Bayard con matrícula Z-1, de modo que la capital bullía de actividad. Todo ello requería disponer de vías urbanas para el tráfico de vehículos rodados y caballerías, y de un amplio puente de paso del Ebro.

En función de lo anterior, en 1908 se modificó el Puente de Piedra: aumentó su anchura, se colocaron dos voladizos con barandillas de hierro para los viandantes y el centro se reservó para el paso de carruajes, caballerías y vehículos, incluido el tranvía de la línea Arrabal en 1887. En tal ocasión, se eliminaron las torres medievales del centro del puente y los cuatro leones que ocupaban los vértices de su calzada.

El puente, de 225 m de largo y 12 m de ancho, fue nuevamente modificado en 1991 con la dirección facultativa de José Manuel Pérez Latorre. Se cambiaron los pasos volados por pretiles de piedra de Fuendetodos, se colocaron otros leones, menos fieros que los anteriores, obra de Francisco Rallo, se cambiaron las farolas y el firme de la calzada. Otras obras se realizaron en la base con el fin de robustecer los cimientos.

En suma, nos queda este puente gótico, con buena parte de su estructura de los siglos XV-XVII, que sugiere el sabor de lo antiguo, de los sillares de piedra arenisca, de los pilares que lamen las aguas del río y de los arcos que cobijan torrentes de vida. Nos faltan, en cambio, las torres almenadas, las puertas, los antiguos leones, el palacio de la Diputación del Reyno (sic), construido en 1437, en el lugar que más adelante estuvo el Seminario Conciliar de San Valero y San Braulio (plaza de La Seo), la Casa del Puente, en donde se reunían los Jurados de la ciudad, y otras joyas de nuestra arquitectura.