Origen de la industria en Aragón
En la segunda mitad del siglo XIX en Aragón se dieron las condiciones necesarias para el nacimiento de las primeras industrias, justo cuando aprovecharon la energía del agua conducida por las acequias derivadas del Canal Imperial –que llegó a Zaragoza en 1784–, y en sus cercanías se emplazaron las actividades del sector secundario. Posteriormente, tras la producción de gas y electricidad, muchas de ellas se trasladaron al entorno de las estaciones de ferrocarril con el propósito de reducir los costes de transporte.
Varios historiadores de la economía aragonesa coinciden en la fecha citada como el comienzo de la industrialización de la región, y recuerdan que antes hubo una clara especialización agropecuaria, favorecida por el trazado de comunicaciones, junto con fábricas artesanales, de curtidos, de construcción y textiles, aunque estas últimas «eran dependientes de las manufacturas catalanas», como dice el Departamento de Economía de la CREA en el ‘Sistema Productivo en Aragón’ (CAI 100, n.º 72, 2000).
Una de las características acontecidas en Aragón fue su tardía implantación en relación con otros territorios españoles, como las provincias catalanas y vascas, y sobre todo con países del norte de Europa, pioneros de la Revolución Industrial. Como quiera que sea, el establecimiento de las primeras empresas en la comunidad fue consecuencia de varios factores que propiciaron su evolución.
Entre esos factores citamos, por ejemplo, la llegada del primer ferrocarril a Zaragoza en 1861 procedente de Barcelona y, en años ulteriores, de Pamplona y Madrid; así como la conexión de Zaragoza con las ciudades de Huesca y Teruel. Esa red ferroviaria reforzó la homónima de carreteras y con ello la centralidad de la metrópoli aragonesa en el cuadrante nororiental de la península Ibérica, lo cual suscitó el interés de emprendedores –algunos extranjeros– en la ubicación de sus futuras fábricas.
La producción de gas y electricidad como fuentes de energía hacia el final del XIX beneficiaron la localización de industrias en la periferia urbana de Zaragoza, tanto en el Arrabal como en Las Delicias, que no dependían del paso de acequias por sus proximidades. Ahora bien, esa localización fabril sí que estaba ligada a la cercanía de terminales de ferrocarril y a los accesos por carretera, por razones obvias de la facilidad de abastecimiento de materias primas y la salida de productos manufacturados.
La pérdida de los asentamientos españoles de Cuba y Filipinas en 1898 favoreció la producción de remolacha y el establecimiento de azucareras promovidas por los directores de la Granja Experimental Agrícola, situada en el barrio de San José desde 1881. La falta de caña de azúcar del Caribe no solo favoreció el cultivo de la remolacha en los campos aragoneses, sino que potenció las actividades de transformación y químicas para la fabricación de abonos y, por ende, el incremento de la productividad de los cultivos.
Todo ello movilizó, igualmente, empresas auxiliares, pues la ubicación de factorías en las orillas de los ríos y en distintos lugares de la geografía regional –a causa del coste del traslado de las materias primas–, propició la fundación de metalúrgicas, de madera y corcho, alcoholeras, de energía hidroeléctrica, textiles y peleterías, de lana, minería y sobre todo alimentarias, que en 1900 representaban el 60 % de ese sector económico.
A modo de muestra, recordemos que Zaragoza, en un año, pasó de cuatro a ocho azucareras en la aurora del siglo XX, y que la energía hidroeléctrica producida en el territorio aragonés representaba el 18 % nacional. También fue relevante el papel del factor humano, con personas de la talla de Basilio Paraíso, Escoriaza, Mercier, Averly, Bressel, Gustavo Carde y Nicolás Escoriaza.
En síntesis, la evolución industrial en Aragón hasta finales del XX tuvo como principales características las de su implantación en época más tardía que otras regiones españolas, máxime las ya citadas provincias septentrionales, la dependencia del extranjero, tanto de capital como de tecnología, y la excesiva concentración de fábricas en la metrópoli en relación con los emplazamientos del resto de la comunidad.
Así, en este sucinto repaso por el pasado aragonés, nos centraremos en el sector secundario en los próximos artículos, comenzando por las particularidades de la energía y siguiendo por las metalúrgicas, azucareras, licoreras, harineras y tal; principales manufacturas que han jalonado el paisaje regional y constituyen una evocación inolvidable de muchos ciudadanos.