Titulitis y titulosis, Pinochos y Gepettos
La vorágine de temas que nos asaltan por los medios de comunicación es tal que pasan sin profundizar situaciones que no aciertas a concluir si se han escapado por exceso de los otros o porque estos otros se usan para ocultarlos.
El falseamiento de currículum vitae estuvo en el candelero unos cuantos días, después de que ya venía coleando de a poco por las circunstancias de nuestra señora de Begoña. Y se ha debatido con disparidades de criterios, a veces disparatados, para justificar la necesidad o la validez de las titulaciones universitarias o de posgrado con el fin de suponer conocimientos (nunca habilidades o competencias, de lo que algo tocaremos en otro artículo) mínimos para desempeñar ciertas funciones en determinados puestos.
Hubo un tiempo, quizá ya hace más de cuarenta años, en el que presentar una titulación universitaria era garantía de haber obtenido una base suficiente para ejercer posiciones de responsabilidad, ya fuera por profundidad (expertos) o de gestión (directivos). Algunas actuaciones políticas y sociales provocaron que la veracidad de esa suposición disminuyera y, por ello, se profundizara más en métodos de selección o exámenes concretos para evidenciar esa validez.
Mi experiencia sobre el asunto me ha enseñado que, entre personas tituladas en la especialidad requerida, es más habitual encontrar perfiles idóneos para el puesto, pero ni es garantía total ni significa que alguien sin titulación se descarte de un plumazo. Hablo siempre de selección en institución privada, ya que el acceso a empleo público, especialmente el funcionarial, suele estar regulado, salvo puestos de libre designación.
¿Cuánto personal político ha declarado estas semanas pasadas que engordó su currículum? Una cantidad de relevancia. Y lo curioso es que para los cargos que ostentaban (salvo el flagrante caso del matrimonio de funcionarios valencianos) no era necesario presentar las titulaciones que falsearon. Es sabido que estas ostentaciones demuestran un caso de baja autoestima que se regula por esa expresión de superioridad. Y estas personas ocupan cargos políticos de libre designación muy relevantes, con un poder de decisión importantísimo sobre la utilización de recursos y gestión de personas en el ámbito público, del cual participamos todos los ciudadanos. ¿Cuántos políticos falseadores han dimitido?
Hubo un tiempo en que la honestidad era considerada un valor más importante que la titulación. Y si se fallaba, se caía en un señalamiento de la sociedad que suponía humillación y exposición social como un sambenito expiatorio. Quizá de ahí la actuación en autoagresión de aquel funcionario valenciano citado, ya que su edad parece indicar que recibió una educación en esos valores —honestidad y otros—, que se llevaban bastante más que ahora en su época de crecimiento.
Pues bien, pasamos de aquella valoración de la deshonestidad que humilla y marca a la alegre aceptación de la mentira como un hábito que permite mantenerse en los cargos e incluso hacer alarde de la ignorancia.
Dicen que el Pinocho de Collodi nos enseñó, entre otros comportamientos disfuncionales, que la mentira se paga. ¿A ver si resulta que Gepetto estaba equivocado?