Antipoesía

Javier Mesa
Cuando J. vino a verme a la Escuela, lo hizo como pasando por allí por casualidad, por curiosidad. Corría el año 2006, el primer ejemplar de la Revista LA OCA LOCA acababa de salir publicado hace unos meses y había sido toda una novedad tanto en el exterior del centro penitenciario  como en el interior.

Cuando J. vino a verme a la Escuela, lo hizo como pasando por allí por casualidad, por curiosidad. Corría el año 2006, el primer ejemplar de la Revista LA OCA LOCA acababa de salir publicado hace unos meses y había sido toda una novedad tanto en el exterior del centro penitenciario  como en el interior.

Sobre todo en el interior. Poco a poco del grupo inicial de cuatro internos pasamos a un nutrido equipo de diez redactores que escribían sobre variados temas de su interés. Se iba corriendo la voz.

Recuerdo a J. entrando en mi despacho como despistado, casualmente. Bien vestido para lo habitual, de edad madura y porte digno. Y tras una breve presentación, me soltó lo siguiente: “No voy a colaborar con usted ni con su revista. Eso sería como venderse a esta inefable institución y al maldito Gobierno que la respalda”.

Yo le expliqué que ya contábamos con un equipo de diez compañeros suyos y que estaban escribiendo como “maquinicas” ya que tenían mucho que decir. Pude darme cuenta enseguida de que mi respuesta no le gustó nada en absoluto. Me miró fijamente y se fue.

Posteriormente vino a verme un par de veces más, también casualmente. Lo curioso es que en esas visitas me contaba, con bastante detalle y sinceridad creciente, anécdotas de su vida. Una vida marcada por el delito, en España y en el extranjero.

“Pues sí, me trincaron en Francia. A mí y a toda la banda. Y eso que estábamos escondidos en un piso desde hacía días del robo al banco. Nos llevaron a la Comisaría en un furgón, casi como en un taxi, sin empujones ni malas formas. Una vez allí, nosotros gritábamos en francés que éramos inocentes, por supuesto. Lo sorprendente era que los policías no nos hacían ni caso. Posteriormente lo comprendimos. La prueba contra nosotros era un video grabado en el que se nos veía con todo lujo de detalles atracando el banco. No teníamos escapatoria. Había que aceptar la derrota”.

Y al final, me soltó la moraleja: “Ya ve. Ésa sí que si es una Policía profesional y no como en otros países, que nos hubieran molido a palos para arrancarnos una confesión”.

En todas sus historias, su esquema moral, contrario a todo tipo de autoridad, siempre le llevaba a justificarse: “Yo, generalmente, he cometido atracos a bancos. Jamás a personas, ni en casas particulares”. 

Lo cierto es que nuestras charlas eran amenas. Mi intención no era moralizar sino crear progresivamente una cierta “confianza”, un “buen clima” necesario para, con el tiempo, propiciar su participación en nuestras actividades culturales. Y así, quizás, sólo quizás, podría él llegar a hacer algún día su propio ejercicio de autocrítica.

En una de las últimas visitas me confesó que también escribía poesía, a su manera, es decir, ANTIPOESÍA. Me leyó un poema. Me pareció divertido, ingenioso y bien escrito. Ahí quedó todo. Hasta que en la visita del poeta Ángel Guinda en 2006, a cuyo recital asistió J. , éste vino acompañado por el poeta y editor Manuel Martínez Forega quien se ofreció a leer  los poemas no sólo de J. sino de dos internos más, comprometiéndose a su publicación, si lo veía factible. ¡Una ocasión irresistible!

J. colaboró, en esa publicación y en La Oca Loca, con media docena de poemas, de los cuales he seleccionado uno muy característico de su pensamiento “a la contra”, de su ANTIPOESÍA:

A  ESXS

A esxs que prostituyen el lenguaje

ocultando intenciones, palabras, ideas detrás de la máscara de la hipocresía,

les envío un vendaval de frases huracanadas y los dejo con él culo al aire

y el careto fariseo al descubierto.

A los probos y honrados especuladorxs, ciudadanxs de pro y limusina,

les arrojo epítetos paralizantes

para desnudarlos de títulos y etiquetas

y dejarlxs en pelotas, por mangantes.

A esxs ínclitos y abnegados políticos protectorxs de su bienestar,

les escupo ácidos calificativos

por diversión, para protestar,

porque me da la gana

y me gusta incordiar.

A esxs fabulistas, mercenarios de las letras, tertulianxs y comentaristas a sueldo,

que vendieron su ética y su dignidad

a un sistema corrupto y falaz,

les lanzo todo mi arsenal de improperios

por sectarios, bufones, y por ensuciar la

[verdad,

para que se inquieten

y, con un poco de suerte,

se les paralicen manos y lenguas.

A esxs damiselas de alto copete

y baja moral, con abrigos de visón

que exhiben la muerte sin pudor

de animalillos inocentes,

por vuestra vil ostentación

os mando al garete

y os lanzo mi peor maldición.