Opinión

Efímero vs eterno y la ceremonia de la confusión

Recientemente podíamos leer en prensa que el glaciar de Monte Perdido se ha fracturado en tres zonas, o que el del Aneto está sufriendo una notable pérdida de volumen que pone en peligro su existencia dentro de unos años.
Javier Lorén

Recientemente podíamos leer en prensa que el glaciar de Monte Perdido se ha fracturado en tres zonas, o que el del Aneto está sufriendo una notable pérdida de volumen que pone en peligro su existencia dentro de unos años.

La ciudadanía, en general, y quizás por el recuerdo de nuestras clases de geografía, teníamos interiorizado que los glaciares eran algo perdurable, que se movían muy lentamente, y que su estructura se mantenía casi inalterable durante muchísimo tiempo.

La regresión de nuestros glaciares pirenaicos no es solo un fenómeno regional. Otros glaciares del mundo, entre ellos los de los Alpes están reduciendo su tamaño.

Parece obvio, salvo para quienes niegan su existencia, que el Cambio Climático está detrás de este fenómeno. Los meteorólogos nos informan desde hace un tiempo, a mes vencido, de nuevos récords de temperaturas. La ciudadanía hemos constatado en los últimos años que las olas de calor son más abundantes y duraderas, con temperaturas anormalmente altas; al mismo tiempo, hemos tenido un comienzo de otoño de suaves temperaturas, y noviembre nos está ofreciendo mayor calidez de lo que sería normal para estas fechas.

Por otra parte, en la ciudadanía, los gustos son muy diversos y hay quien se muestra muy feliz con el “buen tiempo” del otoño, que le ha permitido bañarse en algunas playas peninsulares, en fechas inusuales.  Y al revés, también hay ciudadanía que siente en sus carnes la canícula del verano y que desea un tiempo menos “dulce”, aunque eso suponga que la época de disfrute de las playas de la península, por ejemplo, no se extienda al otoño.

Partiendo de esta diversidad de opiniones, observamos cómo en función de la predicción de los meteorólogos, la ciudadanía se alinea a favor o en contra de sus observaciones e indirectamente de ellos, como si en lugar de ser quienes nos cuentan lo que va a pasar, después de un arduo y concienzudo trabajo para la elaboración de sus predicciones, que cada vez son más certeras, fueran ellos los culpables del buen o mal tiempo.

Todavía resulta menos entendible que cuando nos anuncian riesgos importantes de precipitaciones elevadas y de inundaciones, o por ejemplo de calor extremo, haya personas que preferirían que no se anunciasen estos riesgos porque coartan “su libertad”,  cuando la realidad nos demuestra que hay situaciones, algunas de ellas anunciadas con suficiente  antelación, que acaban produciendo muertes por ignorancia, descuido, imprudencia o mala suerte.

Si a esto añadimos que alguna  prensa “seria” (cada cual que elija la cabecera que quiera), se hace eco de predicciones carentes del mínimo rigor científico, que suben a los altares cuando “aciertan”, y omiten cualquier comentario cuando yerran, tenemos el caldo de cultivo hecho para vivir en la ceremonia de la confusión.