El peor negocio del mundo

Javier Barreiro, escritor.
Escribir un libro. Olvidémonos de los años de formación y estudios invertidos en lograr una formación cultural que te permita escribir con la mayor donosura, conocer y saber usar las herramientas de investigación necesarias para afrontar el contexto y los matices del tema sobre el que quieres tratar. Supongamos que las tienes, en caso contrario, tu libro será una más de las mierdas que se publican porque el editor aún es más lego e ignorante que el autor o porque éste se paga la edición, lo que indica que desconoce la palabra “negocio”, pero es experto en su antónimo. 

Escribir un libro. Olvidémonos de los años de formación y estudios invertidos en lograr una formación cultural que te permita escribir con la mayor donosura, conocer y saber usar las herramientas de investigación necesarias para afrontar el contexto y los matices del tema sobre el que quieres tratar. Supongamos que las tienes, en caso contrario, tu libro será una más de las mierdas que se publican porque el editor aún es más lego e ignorante que el autor o porque éste se paga la edición, lo que indica que desconoce la palabra “negocio”, pero es experto en su antónimo. 

Cumplidas estas condiciones, el autor ha establecido que el argumento de su historia va a ser, por ejemplo, una biografía de Napoleón, una novela histórica sobre el personaje o un ensayo sobre su tiempo histórico. El inocente deberá comprar libros, visitar bibliotecas, husmear en archivos, intentar citarse con expertos en el asunto… El tiempo es dinero. No hay mayor verdad. Prescindamos del tiempo, pero no olvidemos que va a ser mucho y que, a su inversión en algo que es imposible amortizar, se une el lucro cesante, mayor cuanto más productiva sea la actividad con la que se gana la vida. Pero he aquí que, para conseguir esa documentación deberá viajar, normalmente, a Madrid o una capital de provincia. En este caso, peor, al París de la Francia… Viajes, alojamientos, comida… Una fortuna.

Conseguido esto, debe centrarse en la escritura: pavor a la página en blanco; ruidos exteriores o prorrumpidos por familiares y mascotas, si los hay; incomodidades físicas producidas por la postura sedentaria, la ausencia de actividad deportiva y los desarreglos del sueño y de la psique. Ahí es nada, consumir meses y meses llevando tan sólo en la cabeza, la Revolución Francesa, las campañas de Egipto, Rusia o España, Fernando VII, Pepe Botella, Austerlitz, Waterloo, Josefina de Behaurnais y toda la parentela, los generales, los políticos, Fouché, Talleyrand, la isla de Santa Elena, el veneno... 

Supongamos que, con todo ello, el autor consigue terminar su obra en el plazo, inusualmente optimista para la realidad, de 18 meses. Habrá de entregarla a gentes muy competentes para que se la revisen y señalen tanto errores como posibilidades de adiciones y mejoras. Habrán de ser personas muy cercanas, los demás no están para perder el tiempo en eso. Y, aun así, si se consigue, ahora viene lo gordo: buscar editor. Decenas de copias con la ridícula labor de añadir una carta de autoelogio a su propia persona y obra, inacabable tiempo de espera para recibir respuesta o, mucho más común, no-respuesta. Si la hay, el 95% dirá que aprecia el valor del texto, pero señalando que su programa editorial es otro, está completo hasta 2033 o que ya han publicado otras obras sobre la misma cuestión.

Supongamos que algún editor tiene interés en publicar el tochezno. No será, desde luego, inmediatamente, sino que su edición se demorará un número de meses considerable, que puede llegar a dos o más años. El contrato tendrá diversas especificaciones y cláusulas, siempre en contra del autor. Sin embargo, cuando reciba los quince ejemplares que le corresponden por contrato, será la persona más feliz del mundo, saldrá a la calle radiante, pensando que pronto lo reconocerán y pedirán autógrafos. Lleva un libro en la mano, dispuesto a mostrárselo al primer conocido que encuentre como si fuera la foto de un recién nacido. 

Pronto, habrá que presentar el libro en su ciudad y, probablemente, en el lugar donde se editó. Será el primer golpe. Habrá de buscar un presentador que, probablemente, le arruine el acto, bien por su incompetencia, bien por sus excesivas hipérboles. Además, no han acudido las personas que él pensaba ni la mayor parte han comprado el libro. Sí que alguno acude a que se lo firme. Será una de las últimas veces porque, cuando lo lleve a Madrid o a alguna de las ferias del libro que se celebran, la asistencia es posible que no llegue a un número de dos cifras. En las ferias, expuesto el escritor como la Santísima Custodia con su montón de volúmenes al lado, verá que lo miran, pero no se detienen, al tiempo que en otras casetas se forman filas de ávidos concurrentes. El escritor sabrá lo que es la envidia.

Pronto verá que a ningún periódico, revista, suplemento literario o emisora le interesa la figura de Napoleón, sin embargo, experimentará que muchos amigos y conocidos, cuando lo encuentran, solicitan que les regale el libro, mostrando con suficiencia como le hacen un favor interesándose por él. El escritor sabrá lo que es el odio. 

Queda fuera de este escrito la liquidación de los derechos de autor porque eso ya corresponde al reino de la entelequia.