La cultura en sobres de azúcar

Javier Barreiro, escritor.
Atados con una liga, guardo un rimero de sobres vacíos de azúcar con efigies de varios personajes.

Atados con una liga, guardo un rimero de sobres vacíos de azúcar con efigies de varios personajes. Aparecen en ellos: Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Rafaela Aparicio, Antonio Banderas, Antonio Cánovas del Castillo, Vicente Espinel, Salomón Ibn Gabirol, Blas Infante, Victoria Kent, Miguel de Molina, Pablo Ruiz Picasso, Emilio Prados, Salvador Rueda, María Zambrano y algunos más. Todos tienen en común haber nacido en Málaga o su provincia.

Tropecé con ellos en dicha capital, cuando comenzaba el verano de 2011 y la ciudad ostentaba su esplendor todavía no arrasado por el turismo incontrolado, y aún se podía encontrar alguna taberna y unas pocas librerías de viejo. Me encontraba desayunando en el hermoso Café Central de la Plaza de la Constitución, con sus azulejos que indicaban las diez posibles maneras de pedir café en dicho establecimiento, hoy ya abolido por el progreso. Y me sorprendió y encantó que los dos sobres de azúcar que me sirvieron con el café y los churros ostentasen un dibujo del gran poeta modernista Salvador Rueda, alguno de cuyos poemas leíamos en los libros de literatura de bachiller y apuesto que hoy es desconocido por el 95 por ciento de los estudiantes de literatura española.

En seguida comprobé que había más sobres con distintos próceres y entre ellos estaba otro eximio poeta y periodista, Manuel Alcántara, con el que me había citado para charlar sobre el último poeta bohemio, Guillermo Osorio, del que yo preparaba la edición de su obra, luego publicada por Libros del Innombrable en 2013. Alcántara había sido contertulio y buen amigo suyo, al que declaraba como autor de los mejores sonetos de su generación. Aunque no estuve más que una semana, a fuerza de cafés, fui recogiendo los sobres que pude y todavía conservo.

Seguramente, salieron más de los catorce que conservo, quizá alguno dedicado a mi querida Pepa Flores. No creo que tuviese la misma suerte otro de los bohemios a los que me he dedicado, Pedro Luis de Gálvez, nacido por las mismas fechas y a unos pocos metros de la casa en que vino al mundo Picasso, a quien a mis dieciocho primaveras, dediqué “Semblanza de Picasso”, el primer escrito que edité en mi vida”. Incluso a principios de los años ochenta, conocí en Buenos Aires a Miguel de Molina, totalmente olvidado en la España de entonces, hasta que pronto Carlos Herrera le daría cancha y popularidad. En fin, que con varios de los representados quería creer que, aparte de lo cultural, me unía una relación sentimental.

De los catorce recogidos, sólo dos murieron en la provincia en que habían nacido, Manuel Alcántara y Salvador Rueda, lo que demuestra lo difícil que resulta labrarse una reputación sin salir de la provincia. De hecho, Alcántara vivió en Madrid desde los 18 años hasta que en su vejez el ayuntamiento creara su fundación y él volviera a sus lares.

Me pareció una magnífica iniciativa familiarizar a la gente con sus próceres y fabulé con la idea de exportar el invento a las provincias aragonesas. De ahí salió el proyecto de elegir los diez aragoneses más importantes de la historia, que luego trasladé a un artículo. Mi ausencia de relaciones comerciales e institucionales impidió la concreción de la idea (copiada) de materializar a nuestros próceres en los azucarillos aragoneses, que aquí algunos seguimos llamando “tormos”.