¿Cómo se puede titular un artículo “La primavera y los libros” ?
Así.

Javier Barreiro, escritor.
Me piden de una institución oficial -las de la mi comunidad sólo me piden que pague el IBI y cosas parecidas- que les prescriba unos cuantos libros que tengan que ver con la primavera.

¿Cómo se puede titular un artículo “La primavera y los libros ”?  

Así.

Me piden de una institución oficial -las de la mi comunidad sólo me piden que pague el IBI y cosas parecidas- que les prescriba unos cuantos libros que tengan que ver con la primavera. Como perro viejo, opto por lo más fácil, acudir a mi biblioteca y relacionar títulos que alberguen la palabra mágica, pero resulta una experiencia más gratificante de lo que suponía: Recordar libros es hacer un repaso a tu propia trayectoria y reedificar momentos gozosos: La lectura es uno de los pocos placeres sin contraprestación -otros arruinan la salud y/o el bolsillo- lo único que requiere es tiempo. Así, me tropiezo con la valleinclanesca Sonata de primavera: “Era una noche de primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un instante la sombra…” El marqués de Bradomín y sus artes seductoras, leída también en la primavera de mi vida, pleno de admiración por el genio gallego, aunque yo no quería ser ni feo ni católico ni sentimental.

Cambio de plano y encuentro 30 primaveras de Carlos Pérez Merinero, el más brutal, subversivo y certero de los autores de novela negra, género al que no soy adicto, excepto cuando te encuentras con gentes como Chandler, James Ellroy o este Pérez que se fue del mundo antes de tiempo, pero dejándonos un rimero de obras inéditas que, venturosamente, su hermano David sigue publicando.

Volvemos al otro extremo. Sueño de una mañana de primavera de Gabrielle D’Annunzio. De nuevo, la pasión por la belleza, la mujer, la transgresión, el vicio, el exceso… Además de leerlo, para conocer al más grande de la literatura italiana de su tiempo que tanto influyó en los escritores de su tiempo, hay que peregrinar a su Vittoriale, a orillas del hermoso lago de Gadda, cosa que hice en tiempos en que aún se podía viajar a los sitios hermosos sin ser inficionado por el turismo, para penetrar en el corazón de su talento estético.  

La mañana luminosa de D’Annunzio se transforma en Noche de primavera en la obra de Nikolai Gogol. Pocos escritores más amigos de la noche que este ucraniano hipersensible y genial: La noche de mayo o la ahogada, La noche en vísperas de San Juan, Veladas de Dikanka, La Nochebuena... La primavera queda ahogada en la noche por este inmenso pesimista con alma de redentor que escribió Las almas muertas, tan leída durante tantas décadas.

Toca el turno a los falangistas -recuérdese que en su himno se dice aquello de “Volverá a reír la primavera que por cielo, tierra y mar se espera” A los falangistas o los cercanos a ellos, como Josep Pla, del que acaba de publicarse una nutridísima biografía que cuenta hasta los uñeros que padeció. En 1953 publicó la poco inspirada novela, Nocturn de primavera, que una de mis maravillosas novias tradujo al español en 2006. 

Gran estilista y de honestidad intachable fue Luys Santamarina, cuyo poemario, Primavera en Chinchilla, escrito en el penal de esta población, donde esperaba su sentencia de muerte. La obra se publicó tras la victoria franquista y, muchos años después, encontré en Los Encantes de Barcelona, una carpeta que, entre otros papeles de este autor, contenía el manuscrito del mentado poemario, redactado en la cárcel con una limpia y cuidada caligrafía. 

Rafael García Serrano, otro falangista de pelo en pecho y también escritor muy dotado, escribió en 1936 y publicó en 1938 una suerte de largo poema en prosa “rebosante de juventud, mensajes radicales, dialéctica de puños y pistolas, idealismo y destellos épicos y líricos dedicados a los camaradas que murieron por la Revolución nacionalsindicalista” con el bello título de Eugenio o Proclamación de la primavera. 

Nada falangista, Eugenia Serrano (1921-1991), aún más olvidada que los anteriores, se licenció en Filosofía y Letras en 1943, ejerció como periodista y fue de las escasas mujeres que pululó por el Café Gijón, haciendo amistad con casi todos los famosos escritores que tomaron el establecimiento como asiento de su tertulia. Se le cita en las obras de muchos de ellos. En 1953 publicó Perdimos la primavera, novela muy salvable con mucho de autobiografía. Mujer hermosa y muy desprejuiciada para su época, hablaron bien de ella autores tan poco piadosos como Jesús Pardo, Marino Gómez Santos y Paco Umbral.

Finalmente, arrimar las aguas al molino propio que es el que uno mejor conoce. Yo comencé a escribir publicando una breve semblanza de Picasso y, poco después, me asocié con dos amigos poetas -uno vanguardista, como el mendas- y el otro más bien clásico. Fuimos publicando una serie de cuadernos poéticos, asociados a las estaciones del año, pero empezando, no por la primavera sino por el otoño, así que la dichosa estación llegó después con el título de Folleto de primavera (1972). La verdad es que en esos seis meses habíamos mejorado algo. Sin embargo, ellos se fueron retirando a sus respectivas ocupaciones y yo me quedé aquí, en esa inacabable adolescencia de quien a escribir se dedica.