Opinión

Librerías de viejo

Ahora se llaman de segunda mano o de ocasión, para evitar los términos peyorativos con los que se conocían, ‘de viejo’ o ‘de lance’. Hace dos siglos comenzaron a expandirse en España al mismo ritmo que aumentaba la producción de libros nuevos.
Francisco Javier Aguirre
photo_camera Francisco Javier Aguirre

Ahora se llaman de segunda mano o de ocasión, para evitar los términos peyorativos con los que se conocían, ‘de viejo’ o ‘de lance’. Hace dos siglos comenzaron a expandirse en España al mismo ritmo que aumentaba la producción de libros nuevos. Por razones varias, entre ellas la liquidación de las herencias de los magnates que poseían una biblioteca amplia, los negocios del libro usado han ido prosperando hasta el día de hoy.

Durante muchos años, esas librerías no incorporaban a sus catálogos publicaciones recientes. Se centraban en conseguir obras raras o descatalogadas para no hacer la competencia a las librerías ordinarias donde fundamentalmente se encuentran las novedades editoriales. Hoy mantienen la misma tónica, como puede comprobarse en las sucesivas Ferias del Libro Antiguo, denominación que ennoblece el fondo bibliográfico ofrecido. Tanto las librerías de este carácter como sus Ferias tienen una clientela definida, constituida fundamentalmente por bibliófilos en busca de rarezas editoriales, primeras ediciones o libros con la firma autógrafa de algún ilustre escritor. 

Hace aproximadamente cincuenta años, comenzaron a surgir otro tipo de librerías que negocian con el libro usado, no antiguo o raro, ni dotado de características que incrementen su valor. Se nutren de legados bibliográficos recientes, de restos de edición, o de la compra a particulares, a precios irrisorios, de los textos que han dejado de interesar a sus propietarios o que simplemente no caben ya en los estantes a ellos destinados en los domicilios. Durante un tiempo fue posible entregarlos de forma gratuita a las bibliotecas gestionadas por instituciones públicas, que de esa manera incrementaban sus fondos bibliográficos, pero en los últimos años se ha desestimado ese recurso por efecto de la saturación de libros nuevos. También ha jugado el interés de las librerías por vender las novedades que las asolan, habida cuenta de que en España se publican al año más de 80.000 libros de todo tipo. 

Otra posibilidad con la que se jugó tiempo atrás fue la de regalar libros a las instituciones benéficas para constituir o mejorar sus bibliotecas. Tuve la experiencia personal de gestionar algunas de estas donaciones a las tres cárceles de Aragón, hasta que se produjo el mismo fenómeno de la saturación.

La situación actual de las librerías de segunda mano o de ocasión es pareja a lo descrito anteriormente: ya no compran libros, ni siquiera a 0’50 céntimos unidad, como ocurría hace un decenio, porque materialmente no les caben en sus tiendas y almacenes. Se da la paradoja de que han ido recibiendo libros nuevos en desuso que se ofrecen a los lectores a 2 o 3 €, cuando su precio original pudo estar en torno de los 20, e incluso más, dato que puede comprobarse a veces en las propias cubiertas o solapas de los libros.

Los amantes del papel pueden encontrarse dentro de unos años en la tesitura de tener que renunciar, por falta de espacio, a los libros que compraron en su día a bajo precio. La incógnita es el valor monetario que puedan alcanzar entonces, si es que tienen alguno.