Opinión

Programas electorales, un contrato con los ciudadanos

Los ciudadanos vemos ya cómo los partidos políticos van acelerando su biorritmo, a partir de ahora, como máquinas electorales que son, para elaborar sus programas y propuestas a ofrecer a los electores de cara a los comicios municipales y autonómicos del próximo 24 de mayo. Los contenidos que recojan estos documentos, aprobados bien por la dirección, el aparato orgánico y/o los afiliados, simpatizantes e incluso ciudadanos inscritos previamente, serán las medidas que, en teoría, llevará a cabo un partido en el caso de ser elegido para gobernar, que podrá beneficiar o perjudicar, según los casos, a la gente.

Los ciudadanos vemos ya cómo los partidos políticos van acelerando su biorritmo, a partir de ahora, como máquinas electorales que son, para elaborar sus programas y propuestas a ofrecer a los electores de cara a los comicios municipales y autonómicos del próximo 24 de mayo. Los contenidos que recojan estos documentos, aprobados bien por la dirección, el aparato orgánico y/o los afiliados, simpatizantes e incluso ciudadanos inscritos previamente, serán las medidas que, en teoría, llevará a cabo un partido en el caso de ser elegido para gobernar, que podrá beneficiar o perjudicar, según los casos, a la gente.

Estos textos deberán ser leídos, analizados y contrastados en su momento por los electores responsables antes de tomar una decisión para depositar su voto en las urnas. Pero estos programas deben tener unas características determinadas para que los ciudadanos nos los creamos, ante el reiterado y sistemático incumplimiento de lo prometido que se pone de manifiesto habitualmente una vez celebradas las elecciones y tomada la posesión los gobiernos de turno.

La labor de intervención de las organizaciones políticas da lugar, primero, a una tarea ya sea de toma de posición ideológica, o en todo caso de descubrimiento del estado de conciencia de los ciudadanos. Y segundo, a la formulación racional y sistematizada de esas aspiraciones y posiciones. Es entonces cuando nos encontramos frente a lo que se denomina programa político.

El programa político representa el compendio de objetivos o fines específicos que se propone realizar la organización política al asumir el gobierno, o que exige que se realice a quienes ejercen el gobierno. El programa constituye, entonces, la base de acción que unifica a los miembros de una organización política en sus aspiraciones fundamentales; que son heterogéneas por la diversidad de demandas, pero, a su vez, con una forma homogénea relativa al carácter político de los distintos planteamientos.

Ahora bien, un programa político que no tenga una sólida fundamentación teórico-práctica que la sustente debería provocar una escasa acogida por parte de la sociedad; porque un programa político está dirigido fundamentalmente a la población y, en consecuencia, es ésta la llamada a pronunciarse sobre su valor, ya sea afirmativa o negativamente en los actos electorales. Así, las organizaciones políticas cumplen un rol activo a través de la interpretación e incorporación de las demandas e intereses de la población en las promesas de campaña electoral, que son expresión de las ofertas de su programa político.

De otro lado, los programas políticos en tanto exposición escueta y fría de los hechos a ejecutarse, no tienen ya la fuerza suficiente para imponerse por sí en la conciencia cívica de los electores, en la medida que los ciudadanos se mueven generalmente por otros parámetros que determinan su convencimiento.

No obstante, en la actual crisis socio-política (crisis de las ideologías y de los partidos políticos), un programa político no se muestra ya como fuente de decisión y creencias, sino como simple pauta de orientación, en vista de que las campañas electorales se basan en el “marketing político”. Éste se ha tornado en sinónimo de primacía de la imagen, al ponderarse lo visual sobre lo inteligible, trayendo como consecuencia que el electorado se limite a un ver sin entender, anulando los conceptos y valores, y atrofiando su capacidad de comprensión y de decisión electoral.

En ese sentido, la personalización de los procesos electorales contemporáneos se pone de manifiesto, en la importancia que adquieren los rostros en la “política en imágenes”, pues ésta se fundamenta en la exhibición de candidatos subordinando los programas y el debate políticos. La televisión condiciona fuertemente la campaña electoral, ya sea en la elección de los candidatos, bien en su modo de plantear la batalla electoral o en la forma de ayudar a ganar al vencedor; de ahí que un “marketing político” mal planteado haga que las elecciones se transformen en un espectáculo en el que lo relevante es el espectáculo mismo, y no la información de los programas políticos en su esencia, quedando ésta como un residuo en el proceso de formación de la voluntad ciudadana, debido a que los ciudadanos creen en lo que se ve en la pantalla y que aparece como lo real y verdadero.

Sin embargo, un “marketing político” bien llevado debe partir de la definición de los objetivos y los programas políticos para poder influir adecuadamente en el comportamiento del ciudadano, respetando en todo momento las reglas generales de coherencia (cada decisión debe correlacionarse con las otras), examen sistemático de las campañas anteriores (redefinición que excluya la repetición), diferenciación mínima (opciones que diferencien al candidato por lo menos en un punto específico), y máxima seguridad (no plantear una estrategia que pueda poner en peligro al candidato).

Un programa electoral debe ser además creíble, realista, dotado presupuestariamente, adaptado a las necesidades de los ciudadanos, participativo, compatible con la legalidad, centrado en el ámbito de las competencias de la institución o administración territorial a gobernar, pedagógico y comprensible, etc.

Pero, ¿qué podemos hacer con aquellos partidos que incumplen su programa u ofrecen o prometen cosas teóricas o irrealizables, defraudando las expectativas de los ciudadanos, y faltando a la verdad? ¿Es que acaso un programa electoral no es un compromiso vinculante, o un contrato con los ciudadanos? ¿Los programas aprobados y presentados a una cita electoral pueden ser cambiados, recortados o adaptados a las coaliciones o pactos de gobierno posteriores? ¿Podemos penalizar o castigar a aquellos partidos que no cumplen sus compromisos públicos con la ciudadanía, y la utilizan para conseguir el voto y alcanzar el poder a toda costa?

Julio Anguita, el veterano político ya retirado, hablaba siempre de “programa, programa y programa”. Una importante líder política nacional insiste en la importancia del programa, en el compromiso con los ciudadanos, en decir la verdad y no engañar al pueblo, cumpliendo lo que se promete. Programas televisivos como El Objetivo, que dirige y presenta la periodista Ana Pastor, analizan y contrastan las frases, afirmaciones, datos, propuestas, proyectos y programas que lanza la clase política a la opinión pública.

Debemos evitar pues que los ciudadanos nos convirtamos en un objeto más de la publicidad política que se genera, asegurando así que como electores con derecho a ser informados con pluralidad, podamos elegir de manera racional y libre el mejor programa político que se presente, y que podamos penalizar y exigir responsabilidades  a través de nuevos cauces por los graves incumplimientos que puedan producirse.