El hombre del agua de plata
Quizás poca gente sepa que la costumbre de lanzar una moneda en las fuentes públicas buscando suerte viene de la costumbre de los romanos de depurar el agua con la plata que contenían las monedas de la época.
La gran capacidad bactericida del agua, ya conocida por los romanos, está todavía por explotar en gran medida; pero hubo un hombre puertorriqueño, Ronald Rivero, que potenció su uso en el modo más noble que se puede hacer, llevando agua potable al tercer mundo a precios más que accesibles.
No revelo ningún secreto si digo que, entre las muchas carestías del tercer mundo, alimentos, vivienda, sanidad educación…, destaca la de la falta de agua potable, ya que no olvidemos que es igual de trágico carecer de agua, como que ésta no esté en condiciones mínimas para ser consumida, y de hecho la ausencia de agua potable es causa de cerca del 80% de las enfermedades que afectan a la población que se suministra de ellas, y que las diarreas que provoca la ingesta de este agua son, junto a la malaria, la mayor causa de mortalidad infantil en el tercer mundo.
Pues bien, Ron Rivera trabajó los últimos años de su vida ayudando a la puesta en marcha por todo el mundo de fábricas de un “conversor” de agua sucia en agua limpia y pura denominado Filtrón. Se trata de un simple filtro cerámico poroso, al que se le da un baño de sales de plata o plata coloidal. La plata que se impregna en el Filtrón en forma de partículas de tamaño nanométrico -nanopartículas- dota al invento de una gran fuerza potabilizadora, ya que no sólo limpia el agua de turbiedades dejándola cristalina, sino que, más allá de eso, la purifica eliminado todas sus bacterias.
Gracias al minúsculo tamaño de la plata, aumenta considerablemente su reactividad frente los organismos unicelulares malignos con los que entra en contacto propiciando su eliminación en pocos minutos. Por este motivo, es necesaria una cantidad muy pequeña de producto para obtener buenos resultados, y por este mismo motivo el coste de la plata empleada es mínimo.
El otro elemento clave para el éxito de Filtrón es la sencilla fabricación de estos filtros, debido a que entronca con todas las culturas y comunidades del mundo, ya que en todas se ha trabajado el barro desde tiempo inmemorial, y en todas ellas hay alfareros que potencialmente están capacitados para desarrollar esta técnica, debido a que las únicas peculiaridades de este sistema consisten en la necesidad de añadir un elemento orgánico, tal como cáscara de arroz o café, en el momento de cocción del filtro, con la finalidad de hacerlo poroso, y el posterior baño en plata coloidal, al que hemos hecho referencia, producto que, por cierto, ya prácticamente sólo se fabrica en España, y en concreto en Aragón.
Un filtro con un diámetro de sólo 25 centímetros, es capaz de producir entre 40 y 50 litros de agua potable al día, teniendo unos costes perfectamente asumibles por cualquier familia, por muy baja que sea su capacidad económica, ya que la compra del Filtrón está en diez dólares, y el mantenimiento anual tiene un coste aproximado de cuatro dólares. Y este sencillo mecanismo, que ha recibido numerosos premios y reconocimientos, y sin ir más lejos estuvo expuesto en el pabellón de iniciativas ciudadanas de la Expo 2008 de Zaragoza, y el año 2007 estuvo en el Cooper-Hewitt National Design Museum de Nueva York en una exposición denominada, “Diseño para el otro 90%”, es capaz, según un artículo del pasado 14 de septiembre, de la sección de salud de la edición digital del New York Times, de reducir por si solo el 98% de las enfermedades por diarrea.
Ron Rivera falleció con las “botas puestas” el pasado 3 de septiembre de este mismo año, después de haber contraído en Nigeria, donde trabajaba en una nueva factoría de filtros, uno de los tipos de malaria más agresiva, la malaria falciparum. Su reto era el de poner en marcha antes del año 2015, fecha en la cual la Cumbre de Milenio ha puesto como objetivo el de reducir a la mitad el porcentaje de personas que carecen de acceso al agua potable, 100 fábricas de estos filtros. La que acababa de poner en marcha en Nigeria había sido la 30, y tenía otras trece en proyecto. No lo consiguió pero nos ha legado su herencia a todos, ya que ya en vida dejó toda está tecnología descrita y abierta a todo el mundo en la página web de la organización con la que trabajó los últimos años, Ceramistas por la Paz, http://www.pottersforpeace.org
Aunque Ron no pudo ver realizado en vida la gran ilusión de 100 fábricas, ha dejado un proyecto vivo, con todos los elementos en marcha para que pueda funcionar sin la necesidad de su presencia física, lo que sin lugar a dudas es signo indubitado de la perfección de su trabajo, y lo que es más importante, nos ha dejado un ejemplo grandioso de solidaridad, de entrega generosa a los demás y, porqué no decirlo, de caridad, que llevó hasta su último extremo al dar la vida en la lucha por lo más necesitados. Sirva este pequeño escrito para rendirle un merecido homenaje
En el artículo que el pasado 14 de septiembre, a modo de obituario, le dedicó el New York Times, dice que, a pesar de confesarse ateo, Ron Rivera había mantenido numerosas y fructíferas colaboraciones con entidades de la Iglesia Católica, entre otras con Catholic Relief Services, la agencia oficial de la comunidad católica de los EE. UU. para ayuda humanitaria internacional, y la Fundación San Valero de Zaragoza.