Encontrar el objeto
Nada más salir del metro frente al ayuntamiento de París, lo primero que se aprecia es una larga fila de gente que espera pacientemente para entrar en la exposición ‘París en libertad’, que muestra decenas de fotos de Robert Doisneau (1912-1994), un fotógrafo cuya imagen más conocida es “El beso de París”, dos jóvenes besándose, precisamente, frente al Hôtel de Ville. La foto, que formó parte de un reportaje que publicó en la revista Life en 1950, no fue una casualidad porque la apasionada pareja posó para el fotógrafo. Pero eso no ha sido un obstáculo para que se convirtiera en otro símbolo de la ciudad del amor.
Doisneau es una de las personas que más ha contribuido a crear la imagen del París de la posguerra que sigue atrayendo a turistas de todo el planeta. Basta con recorrer el homenaje al fotógrafo para reconocer un tiempo donde la gente se dejaba retratar con más facilidad y la vida se detenía en imágenes en blanco y negro. A Doisneau, que almacenó más de 450.000 negativos, le bastó una cámara Rolleiflex. Según explicaba, la Rollei le ayudó a que la gente se dejara retratar porque, al tener el visor en la parte superior, le obligaba a realizar una ligera reverencia que apreciaban los que fotografiaba. Luego, trabajó con una Leica de 35 mm, más rápida, que le permitía cambiar los objetivos.
Desde el café Relais de l’Hotel de Ville, la cola de gente que espera a la intemperie para ver la exposición de Doisneau es un atractivo para el flanneur que, después de callejear por París en un cálido otoño, decide descansar un rato. Una mujer desplaza un pequeño taburete plegable cada vez que se mueve la fila porque el guardia de seguridad señala con el dedo a los siguientes 15 ó 20 afortunados que entrarán a ver las fotos. De vez en cuando, llega un equipo de televisión cargando con cámaras y micrófonos. Para entretenerse, los que esperan hacen fotos con pequeñas cámaras que sacan de los bolsillos, leen el periódico o escuchan música que almacenan en reproductores digitales de los que sólo se ven los auriculares.
Ahora, la fotografía en blanco y negro sólo la practican unos pocos profesionales y algunos aficionados que no les importa invertir tiempo y dinero. Los fabricantes dejan de producir carretes de película y no se encuentran profesionales que revelen manualmente los negativos de blanco y negro. El revelado es cosa de máquinas y las tiendas de fotografía de barrio dejan paso a las de las cadenas que transforman las imágenes digitales a papel en pocos minutos. Los fotoperiodistas saben que hay que ir con precaución cuando se fotografía a personas, aunque sea en la calle. Una excelente fotografía puede acabar en pleito si no se tiene cuidado. Para evitar complicaciones, se pixelan los ojos de los niños y así se protege su identidad. Hoy, parece impensable que se puedan obtener imágenes como la que se puede ver en la exposición donde aparece un niño que lleva una enorme baguette y cuenta el dinero, sin duda, estudiando una posible sisa.
La gente espera horas para ver las imágenes que rezuman inocencia de un París en blanco y negro. Hasta las fotografías donde se pueden ver unas decenas de automóviles transitando por la calle parecen cándidas si se comparan con los cientos de coches que se ven circular por cualquier avenida cuando se sale de la exposición. Nadie duda de que el fotoperiodismo es ahora un oficio más complicado. Pero la esencia sigue siendo la misma. Los fotógrafos intentan encontrar el objeto, encuadrar y disparar.