La frialdad de la campaña electoral
En el año 1977, tuve ocasión de vivir con el PSOE, en Asturias, la primera campaña electoral de la democracia. Lo hice recorriendo los pueblos en una furgoneta, en la cual llevábamos los útiles de megafonía, para realizar los mítines. Recuerdo que si, por alguna circunstancia, no se presentaba el Secretario General de las Juventudes Socialistas de Asturias (J.S.A), era yo quien intervenía. Era una labor completa de apoyo logístico y de orador. Años más tarde aquí, en Aragón, he vivido varias campañas electorales: autonómicas y municipales y legislativas, como algunas europeas.
A mí, aquellas elecciones de hace varios años, me resultaban más cercanas al ciudadano, con mayor contacto personal, que permitían percibir la realidad y las inquietudes de las personas. Cuando entrabas en campaña, el PSOE había realizado un gran trabajo interno, en las agrupaciones locales y federaciones regionales o provinciales, unificando la posición y las propuestas. Había partido, había organización.
Todo cambia y evoluciona. Han pasado más de treinta años y, de nuevo, estamos, como cada cuatro años, en la campaña electoral del año 2008 y las organizaciones políticas no necesitan, como antes, tener militantes. Necesitan un gran presupuesto económico, para llevar a cabo los actos electorales, y conocer las nuevas herramientas: Internet, correo electrónico, telefonía móvil y, sobre todo, una buena empresa, que sepa elaborar el eslogan y demás mensajes, con nitidez e inteligencia emocional, para que lleguen a todos los medios de comunicación hablados y escritos.
Todas las cadenas de televisión requieren de la presencia de los cabezas de lista, que aspiran a presidente del Gobierno, para hacer un debate: ¿de ideas?, ¿de propuestas?, ¿de programa?, ¿de soluciones?, ¿de economía?, ¿de subasta?... Deseamos que den repuesta a los problemas de la ciudadanía y que cumplan cuando estén gobernando.
Las nuevas tecnologías de la información hacen que la campaña transcurra con mayor rapidez y, a su vez, parece más distante. La frialdad resulta poco atractiva y los votantes quieren creer; pero algunos políticos contribuyen, con sus acciones y modales, a que la política pierda atractivo. Si a ello unimos la pérdida de vida interna en los partidos políticos, el cóctel está servido.