A Podemos le vendieron un burro

Eso que llamamos realidad suele ser algo informe, mezcla de elementos divergentes, cuando no contrapuestos, pero al que nuestra mirada acaba dándole algún tipo de unidad o coherencia. Por eso resulta tan fácil engañarse en la percepción, sobre todo porque detrás de nuestra mirada quedan nuestras capacidades y, sobre todo, nuestros intereses. A Podemos le hicieron creer que podía ganarle incluso al PP y se lo creyó: toda su estrategia, por supuesto también su campaña electoral, partió de esa hipótesis engañosa y, por tanto, ha resultado fallida.

Eso que llamamos realidad suele ser algo informe, mezcla de elementos divergentes, cuando no contrapuestos, pero al que nuestra mirada acaba dándole algún tipo de unidad o coherencia. Por eso, resulta tan fácil engañarse en la percepción, sobre todo porque detrás de nuestra mirada quedan nuestras capacidades y, sobre todo, nuestros intereses. A Podemos le hicieron creer que podía ganarle incluso al PP y se lo creyó: toda su estrategia, por supuesto también su campaña electoral, partió de esa hipótesis engañosa y, por tanto, ha resultado fallida.

La dirección de Podemos procede mayoritariamente de la docencia universitaria, son gente muy teórica y leída.  Por lo que han dicho y hecho, por cómo han enfocado su organización, tienen entre sus referencias ideológicas y conceptuales el postmodernismo y el marxismo post-gramsciano.  Están convencidos de que la lucha por el poder tiene lugar en el interior del signo, en ese proceso en el que se producen y ponen en circulación las ideas y los mensajes. De una u otra forma, han sustituido la determinación económica por la cultural, dando por hecho que la realidad se construye desde el discurso y la sociedad se domina con el lenguaje.

Eso explica su continua presencia en la televisión y en las redes sociales o su convicción de que a través del marketing y la comunicación pueden asaltar los cielos del poder político.  Da la impresión de que para ellos fuera de los medios no hay realidad. Todo sucede en los formatos y las mediaciones masivas, en especial las ligadas a la noticia y el entretenimiento. Por eso, su obsesión por abrir un debate sobre la propiedad de los conglomerados mediáticos en España o por hacerse cargo de todo el aparato del estado que tiene relación directa con la información (RTVE, CNI, Interior…).

A unos dirigentes políticos de este perfil se les hizo creer desde el entorno de Rajoy que ellos eran la única alternativa al PP y, como ese caramelo era demasiado dulce, lo compraron sin pensar que igual llevaba veneno. El CIS jugó un papel importante en esta triquiñuela: sus resultados se publicaron poco después de que IU y Podemos acordaran ir juntos, lo que hacía imposible saber su valor electoral; sin embargo, sumó prácticamente los votos previos de los dos y les atribuyó no menos de veinte diputados procedentes de los restos de otras tantas provincias, lo que dio una idea más que falsa de lo que podía pasar. Las extensiones mediáticas de Moncloa se encargaron de convertir en creencia el sorpasso y de alentar incluso una subida peligrosa para el PP.

Iglesias y su gente pudieron pensar entonces que dos cojos difícilmente se convierten en un atleta al juntarlos. Podemos venía desgastado de todo el proceso postelectoral – debate de investidura y rueda de prensa tras la visita al Rey, incluidas – e IU seguía siendo un partido de nicho tan seguro como limitado, es decir, muy fieles, pero pocos. Sin embargo, se hizo creer que la asociación los había convertido, a la vez, en una fuerza transversal consistente y capaz de arrasar entre el electorado socialista – como si IU fuera atractiva para ese electorado, cuando siempre han sido agua y aceite –. En la calle no pasaba eso – les hubiera bastado escuchar a Cayo Lara diciendo que le iba a costar votar a Unidos Podemos o la escasísima participación en las votaciones para el acuerdo –, pero  lo decían los titulares de los medios, las redes sociales, las encuestas,… y se lo creyeron.

Alguien tenía especial interés en formular el debate electoral como un combate a dos entre PP y Unidos Podemos, dejando al PSOE en tierra de nadie, lo más irrelevante posible. Miren a Arriola y encontrarán al padre del invento. El arcoíris social tenía muchos más colores y matices, pero a las dos esquinas del ring electoral les iba bien el juego y lo jugaron. Los inventores con toda la astucia de quien domina la trastienda; los engatusados con la convicción y la ingenuidad de alguien a quien le han vendido un burro y lo ha comprado convencido. Si Don Quijote enloqueció leyendo libros de caballerías hasta confundir molinos de viento con ejércitos, la dirección de Podemos perdió el norte con la morfina mediática – encuestas incluidas – llegando a pensar que ser la sonrisa del país era la forma de convencer a un electorado socialmente muy castigado por la desigualdad y los recortes.

Todo resultó aun más evidente con el Brexit. Estaba en el calendario electoral y, por tanto, los partidos deberían haber hecho simulaciones de los efectos que para ellos podían tener las dos opciones. Al PP le iban bien las dos: si ganaba el orden establecido, quedaban reforzados; si triunfaba el populismo, el viernes negro activaría mucho más la estrategia del miedo que ya tenían en marcha – por algo se habían inventado lo del combate a dos, con Iglesias como rival comunista -. Para Unidos Podemos las dos opciones tenían riesgos, en especial la segunda, porque visualizaba de forma inmediata el riesgo económico de los populismos y, además, los presentaba como el posible caballo de Troya para la unidad de España – referéndum en Cataluña, País Vasco y Galicia que organizarían ellos y podían perderse, como Cameron – .

Como necesitamos comprender la realidad, por desconocida, compleja o contradictoria que esta sea, Unidos Podemos parece buscar ahora la explicación a la supuesta abstención del millón doscientos mil votantes de IU y Podemos en el 20 D. Es probable que tengan la tentación de culpar al Brexit de la pasividad de ese supuesto electorado suyo.  Esta hipótesis los tranquilizará porque diluye algo su responsabilidad. Con todo, probablemente, estarán más cerca de la certeza sobre lo que ha pasado si miran a lo que son sus orígenes y en qué se han convertido – han perdido cientos de miles de votos en los famosos ayuntamientos del cambio, como Zaragoza – y, también, si empiezan aceptando que los han engañado, que la política no se aprende ni en los libros ni en las aulas, ni se reduce a marketing y comunicación.