La humilde vicepresidenta
Quienes vieran el debate televisivo del lunes con representantes de los cuatro partidos a los que las encuestas predicen más escaños se sorprenderían al comprobar que, una y otra vez, la representante del Partido Popular, Soraya Sáenz de Santamaría, parecía estar en una comparecencia parlamentaria o en una rueda de prensa del Consejo de Ministros más que en un debate electoral. Varias veces repitió expresiones como “este Gobierno” hasta que, en el momento más convulso por el tema de la corrupción, se le escapó un "¡yo no soy candidata! ¡solo una humilde vicepresidenta!".
No sé si algún lector recordará un debate entre Chirac y Mitterrand, ambos como candidatos a la Presidencia de Francia, pese a que uno era Primer Ministro y otro Presidente. Para que esa desigualdad de rango y lo que implicaba en términos de persuasión en el espectador no le perjudicara, Chirac avisó con toda delicadeza e ironía a Mitterrand de que no se protegiera con el rango y el tono presidencial porque allí solo eran dos candidatos electorales, a lo que este contestó con toda seriedad: “Por supuesto, señor Primer Ministro”.
Es difícil adivinar si el PP ensayó esa misma estrategia como forma salvar la dificultad de un debate que, al final, vieron más de nueve millones de españoles. Cabe pensar que sí. De hecho, Sáenz de Santamaría acudió vestida como quien va a un acto oficial, contestó desde una posición de superioridad a sus interlocutores –en algún caso, hasta displicente–, alardeó de datos e informaciones que conoce en función de sus responsabilidades de gobierno y se convirtió sin rubor en la voz del Gobierno de todos los españoles en un debate en el que representaba al PP.
Se ha relacionado este posicionamiento de la vicepresidenta con las dificultades que tiene dentro de su partido, sobre todo por los recelos que suscita en la cúpula del aparato de Génova y en algunos ministros o presidentes autonómicos que aspiran a la sucesión de Rajoy. Tengo la sensación de que la lógica de esa estrategia tuvo poco que ver con estos motivos internos del PP. Más bien, alguien pensó, Moragas o Arriola –son los que mandan–, que ponerse el traje de vicepresidenta era la mejor manera de blindarse ante los “tomahawk” que podían lanzar los dos partidos emergentes.
La decisión de no llevar a Rajoy tenía enorme riesgo, pero la de dejar el hueco –como en el debate del lunes 30– aseguraba mayor daño. Como el PP está tirando de seriedad y experiencia en su argumentario electoral, Sáenz de Santamaría podía representar y transmitir bien esos dos atributos. Además, no está mezclada de forma directa con la corrupción orgánica del PP, porque no ha tenido responsabilidades dentro del partido.
Era previsible, como finalmente sucedió, que las mayores dificultades llegaran con las palabras recortes y corrupción. La primera la salvó con cierta facilidad, porque su batería de datos y su solidez argumental le permitieron salir con arañazos, pero sin heridas. Y eso que la realidad de millones de españoles hablaba una y otra vez contra sus palabras. Pero en la segunda se quedó clavada para sorpresa de cualquier telespectador. Lejos de reaccionar como una miembro del PP, se protegió tras la conducta que se espera de una vicepresidenta de Gobierno.
Ese error revalorizó la ausencia de Rajoy. Le estaban segando los pies –email a Bárcenas, cobro de sobres en negro, eliminación de pruebas en la sede del partido– y su segunda, su sustituta, apenas se atrevió a decirle a Pedro Sánchez que no era cierta la listad de delitos por los que está imputado el PP. En lo demás, silbó mirando a la luna. Comparto la idea de que el castigo electoral al Partido Popular no va a llegar tanto por la política económica y social –que también– como por la corrupción en tantas comunidades autónomas y, no se olvide, por la diletante respuesta que han ido dando a cada casa propio cuando se producía.
Por eso, en este asunto Sáenz de Santamaría duplicó a Rajoy, hizo lo mismo que su Jefe estos cuatro años: mirar para otro lado, como si aquello de lo que no se habla no existiera. Tengo la impresión de que la vicepresidenta no se adaptó a las exigencias de un debate televisado más que en las réplicas e, incluso, que estuvo prepotente y escasamente tolerante con las frecuentes interrupciones. Pero, sobre todo, no se puso el traje de candidata del PP ni cuando echaban aceite hirviendo sobre la cara de su partido.