La ficción en el periodismo
Jordi Évole acaba de explicar en un artículo su versión de Operación Palace, el programa emitido hace dos semanas en La Sexta que novelaba todo lo relativo al golpe militar conocido como 23 F, pero dejando en el aire la pregunta de si una mentira no puede explicar una verdad. Para él, el programa ha sido polémico porque arriesgó al optar por este formato entre el documental y el relato ficcionado. Pero, si se mira desde cierta distancia, se ha probado otra vez la dificultad con que conviven la ficción y el periodismo.
Da igual que antes hubieran ensayado una fórmula similar Orson Welles en el programa radiofónico La guerra de los mundos (1938) o William Karel en el documental televisivo Operación Luna (2002). Por cierto, ninguno de los dos era periodista, sino directores de cine. Además, el programa de Welles era uno más de una serie dirigida a dramatizar relatos muy conocidos, este de H.G. Wells. Y Karel jugaba con una idea sobre la que se había especulado bastante: la posibilidad de que la llegada a la luna no hubiera sido real; él la presentó como una producción cinematográfica rodada por Kubrick y urdida bajo el mandato de Nixon.
Es posible que algunos consideren la idea de que nunca hubo alunizaje, una burla difícil de soportar. De lo que no cabe duda es de que millones de españoles tienen lo sucedido aquel 23 F en su imaginario y en su corazón. La mayoría ha vivido estos treinta años, incluyo ahí sus fidelidades políticas y hasta una parte de sus principios morales, apoyados en lo que les contaron entonces medios de comunicación y periodistas de credibilidad reconocida y, sobre todo, lo que sentenciaron los jueces tras los procesos penales respectivos.
Es cierto que la novela o el cine se han acercado con frecuencia al periodismo, como prueban Tom Wolfe o Capote, por citar dos casos. Ha sido así, entre otras razones, porque éste les da una fuerza de realidad, una sensación de vida, que compensa o da valor a la historia imaginada. Sin embargo, quizá Évole debió pensar que al revés no sucede lo mismo. El periodismo necesita algo más que verosimilitud o verdad poética: vive de su capacidad para comunicar lo que realmente pasa; es decir, de los hechos.
Para justificar la broma, Évole aduce que Alcaraz y Rojas Marcos – ambos vivieron desde sus escaños de diputados aquellas horas–, han creído llegado el momento de desdramatizar aquel golpe de Estado. No sé si la mayoría de los españoles comparte esta opinión, pero la cartela final del documental ficcionado justificaba la opción por este formato en la imposibilidad de obtener información oficial veraz – está aún clasificada –, al tiempo que abría la posibilidad de que esta teatralización fuera más verdad que la conocida hasta ahora a través del periodismo.
Es decir, se ha mezclado la desdramatización humorística del 23 F – juegos fílmicos incluidos como la explicación del descuelgue de los guardias civiles por las ventanas del Congreso – con la denuncia periodística de que los poderosos quizá nos han engañado al historiar aquellos hechos. Apunta Bajtin que la risa puede liberar del poder que impone miedo, pero dudo de que este sea el caso de esta pequeña burla. Más bien, creo que, como dice el coloquial soplar y sorber a la vez no puede ser, han mezclado ingredientes que en la noticia conviven mal.
El periodismo de denuncia, el que ha encumbrado a Évole estos años, implica un respeto reverencial a los hechos y una distancia que asegure la neutralidad del punto de vista. Y la ficción o teatralización de lo sucedido juega más con la imaginación y la empatía emocional que con el análisis distante y comprensivo. Los datos de audiencia, la fuerza del debate suscitado, las reacciones activadas, sugieren que Évole ha conseguido con Operación Palace sus objetivos comerciales. Algo así puede decirse también de su entrevista con el cesado-dimitido Pedro J. Ramírez este domingo pasado.
Me queda la duda de si este nuevo periodismo del que un día se autollamó Follonero no está jugando con el fuego de su futuro al sacrificar una parte del estilo periodístico que ha hecho de Salvados un referente para muchos españoles. Quien tenga dudas del cambio puede comparar las cómodas preguntas que realizó al ex director de El Mundo y la complacencia mutua durante toda la entrevista – demasiado ego suelto por allí – con su actitud incisiva, crítica hasta el extremo, con los poderosos políticos valencianos, como Juan Cotino y Carlos Fabra.
En todo caso, queda probado hasta qué punto ha cambiado la relación de las audiencias con la televisión o la radio. Durante décadas se ha usado la alarma social que causó el programa de Welles - los oyentes salieron a la calle creyendo que la invasión de los marcianos era real - para afirmar que los medios de comunicación aseguraban la persuasión. Ahora, la apuesta de Évole ha servido para que cada espectador negocie el significado de lo que ha visto quedándose con la broma teatralizada, la denuncia de la información que no se desclasifica o con la posible verdad de lo que supuestamente es una mentira. O con la convicción de que la ficción no sustituye al periodismo ni lo transciende.