Opinión

Ventosidades como negocio: La psicopatología detrás del "shock"

Esta semana me han llamado de Telecinco para hablar de un tema, para un servidor, realmente exótico. Cuando me lo han dicho no daba crédito. Obviamente no estaba al día y pronto me he puesto las pilas. Se trataba del hecho que ocurre en las redes, donde ciertos Influencers y personajillos de medio pelo ganan una fortuna vendiendo sus ventosidades.
photo_camera José Carlos Fuertes Rocañín

Esta semana me han llamado de Telecinco para hablar de un tema, para un servidor, realmente exótico. Cuando me lo han dicho no daba crédito. Obviamente no estaba al día y pronto me he puesto las pilas. Se trataba del hecho que ocurre en las redes, donde ciertos Influencers y personajillos de medio pelo ganan una fortuna vendiendo sus ventosidades.

El caso de Influencers como Stephanie Matto, que alcanzó la fama (y las urgencias médicas) vendiendo sus gases en frascos, no es solo una anécdota bizarra; es un síntoma de la psicopatología de la llamada economía digital. Para entenderlo, debemos analizar las dos caras de la moneda.

Por un lado está el consumidor que se mueve entre el fetiche y el pensamiento mágico, el éxito de este "producto" reside en la existencia en el comprador de parafilias específicas. Así tenemos la Eproctofilia o Excitación sexual derivada de las flatulencias y Olfactofilia o placer obtenido a través de olores corporales. 

Más allá del fetiche, existe un pensamiento mágico. El comprador busca poseer una "parte biológica" de su ídolo, es por lo tanto un coleccionismo patológico que intenta materializar un vínculo parasocial unidireccional.

Por el otro lado estaría el creador, y ante este nos podemos preguntar: ¿Negocio o trastorno? Aunque no se puede diagnosticar sin un estudio clínico, la conducta de estos creadores, Influencers, personajes o individuos, me sugiere la existencia en ellos de rasgos de personalidad complejos e incluso enfermizos.

Se puede hablar de que los creadores de estos “hitos digitales” tienen un maquiavelismo y un narcisismo evidentes. Su capacidad de superar o ignorar el asco instintivo y el estigma social en favor de un beneficio económico extremo es ilimitada. Es decir, estamos ante una deshumanización funcional, donde el individuo deja de verse como humano y se percibe como una "máquina de producción", priorizando la fama incluso sobre su propia salud (conductas autodestructivas).

Las plataformas digitales actúan como un caldo de cultivo para estas conductas de riesgo. La explicación psiquiátrica para ello es compleja. Por un lado estaría en la existencia de un incentivo perverso, donde algoritmo premia lo disruptivo. De esta forma, si el creador termina en el hospital por una dieta extrema de frijoles y huevos mejor, el "drama" genera más clics, haciendo que enfermar sea rentable. Por otro lado, el creador pierde el juicio de realidad al ser jaleado por una audiencia específica, creyendo que su conducta es "revolucionaria" solo porque los números suben, podríamos hablar de una conducta obsesivo-compulsiva que le puede llevar a enfermar.

Citando al filósofo Byung-Chul Han, estamos ante la máxima expresión de la "sociedad del rendimiento". El individuo se explota a sí mismo voluntariamente. Es la versión digital de las fábricas del siglo XIX, con la diferencia de que aquí el obrero y el capataz son la misma persona.

En conclusión, en la "Economía de la Transgresión", la infamia es tan lucrativa como la fama. El creador se convierte en el mártir de su propia marca, rompiendo la última barrera de la intimidad biológica. La pregunta queda abierta: ¿cuánta humanidad estamos dispuestos a vender antes de que el costo sea irreparable?