Los tranquilizantes: fármacos que matan
Justo cuando escribo estas líneas, he estado haciendo una entrevista para Aragón Radio sobre el notable incremento del consumo de ansiolíticos entre los mas jóvenes. Los datos que nos daba el presentador del programa eran elocuentes y preocupantes al haberse producido un incremento en España del 57% en 12 años, tomándose este tipo de fármacos 4 veces más que en Alemania.
La evidencia epidemiológica y clínica nos dice que se ha incrementado el consumo no sólo de tranquilizantes, sino de todos los psicofármacos en general. Y todo ello obedece, a mi entender, a dos razones esenciales. En primer lugar a la “inmadurez social” existente que condiciona el que muchas personas no soporten la adversidad ni toleren la frustración, y, en consecuencia, busquen calmar “como sea” cualquier malestar que sufran. El otro motivo es, sin duda, que ahora se diagnostican con mas precisión trastornos que hasta hace no mucho tiempo eran incluidos en otros epígrafes, mucho más ambiguos y claramente inadecuados, denominados genéricamente “patología psicosomática o funcional”.
Pero al margen de los datos, lo cierto es que la psiquiatría y sus tratamientos son percibidos por una gran parte de la población como drogas peligrosas que dañan la salud, crean adicción y cuyo consumo se debe evitar a toda costa. Todo ello es comprensible, ya que el ciudadano medio no tiene por qué saber farmacología, ni mucho menos entender el mecanismo de actuación de los medicamentos, ni conocer sus efectos secundarios o contraindicaciones; para eso estamos los médicos.
Lo grave y alarmante es que personas que parecen tener cierto peso intelectual como Peter Gøtzsche (Næstved, Dinamarca, 1949), profesor de Diseño y Análisis de Ensayos Clínicos de la Universidad de Copenhague, preconicen y escriban que los "psicofármacos" matan y que pese al consenso que despiertan entre los psiquiatras, “están haciendo más daño que bien”. Estas afirmaciones, además de peligrosas, son carentes de rigor clínico. Por muy profesor sueco que sea quien lo dice y experto en ensayos clínicos, no lo es de medicina asistencial y, mucho menos, en psiquiatría.
Este personaje hace una serie de afirmaciones brutales y dañinas, y lo malo no es solo lo que dice, sino el protagonismo tan desmedido que se le ha dado en algunos medios informativos, sin calibrar bien las consecuencias de ello. Tal como se expone en el artículo que hemos leído del periódico “El País”, critica y cuestiona el tratamiento psiquiátrico lanzando supuestas verdades absolutas, descalificando a la psiquiatría y a los psiquiatras sin dar ningún argumento de peso, negando la evidencia clínica y confundiéndola con creencias.
El citado “profesor”, en un alarde de sinceridad, reconoce que no ha tratado nunca pacientes psiquiátricos y que tampoco ha estudiado la enfermedad mental, ni tiene formación asistencial ni clínica. Pero eso sí, nos dice que “sabe leer” y que con eso le sobra para poder aseverar lo que afirma. Además, como es de Copenhague y ha escrito un libro, no hace falta más para ser “expertísimo” en la materia.
Los que estamos todos los días peleando con el sufrimiento y alienación que producen las enfermedades mentales, en verdad, no nos preocupan estas opiniones. Pero, en cambio, sí nos inquieta el impacto que pueden hacer en muchos enfermos y en sus familias, al fomentar su desconfianza sobre la ciencia medica y conseguir una disminución de la adherencia terapéutica, y en suma un aumento de las recaídas y del dolor del enfermo y de sus familias.
El experto sueco me recuerda mucho las corrientes antipsiquiátricas que aparecieron en los años 80. Estas preconizaban que la enfermedad mental no existía, que era solo fruto de una presión de la sociedad y de una incomprensión del enfermo, y que este no era tal, sino mucho más sano que los sanos. Nos decían que los delirios no eran sino mecanismos de defensa de las personas frente al machaque de su entorno. Nos decían que las madres producían la enfermedad de la esquizofrenia al proteger en exceso a sus hijos. Nos decían que los hospitales psiquiátricos eran solo “trasteros” para “almacenar” a los supuestos enfermos, y que la mejor y terapia era darles el alta a todos y, a vivir que son dos días.
Los psicofármacos son, en opinión de la inmensa mayoría de los profesionales de la salud mental, útiles y seguros si se emplean adecuadamente, como ocurre siempre en medicina y en la vida en general. Descalificar la mayor revolución terapéutica comparable al descubrimiento de la penicilina es no solo osado, sino algo más grave. Es sectarismo, falacia deliberada y servir a intereses espurios.
Hay miles de trabajos de investigación en Europa y Norteamérica que lo atestiguan. Cientos de miles de profesionales que lo comprueban cada día. Y millones de enfermos que se benefician de ello y lo agradecen. Los datos hablan pero no solo los del profesor sueco, los de los demás también, y lo malo es que no coinciden con sus inquietantes y peculiares apreciaciones.